lunes, 30 de octubre de 2017

Cuentos de Calma Chicha presenta: Óxido



La claridad que precede al amanecer me guiaba por el camino cubierto de pinocha. Su olor inconfundible me hacía recordar aquellos veranos adolescentes tan intensos. Tan deseados. Mientras caminaba por el sendero entre las dunas, entendí cuánto extrañaba este frescor de brisa marina. Cuánto había tardado en volver.
En la arena blanda de la playa alguien había instalado un columpio y el cuadro que formaban sus caños enmarcaba nubes y trozos de mar que, incansablemente, dejaba espuma en la orilla y volvía por más. 
El asiento de madera estaba casi destrozado; me senté sin poder resistir la tentación.
Arriba.
Abajo.
Atrás.
Adelante.
El metal abandonado se quejaba a cada movimiento. Sonaba tan parecido a aquella vieja y desvencijada bicicleta de nuestra vecina…
—¿Me presta la bici, Doña Eulalia? —preguntaba respetuosamente cada día, sabedor de su mal carácter.
—¿Sabés andar? —contestaba siempre ella.
—No…
—Aprendé. Mientras, ni lo sueñes —repetía ella, terminando con sequedad la conversación.
A pesar que conocía su respuesta, no podía evitar enojarme, desearle que se le quemara la comida o que se fuera al infierno de los malos vecinos. Algo que castigara su egoísmo.
Esa tarde y a pesar de la charla anterior, esperé la quietud de la hora de la siesta para, como un ladrón, atreverme a sacarla con cuidado.
Todavía recuerdo la calcomanía con los colores de Italia, lo que me tenía que estirar para hacer llegar la punta de mis pies a los pedales y, sobre todo, los golpes. No encontraba la forma de dar dos pedaleadas seguidas sin caerme.
Hasta aquella mañana gloriosa en la que apenas despertarme me dije: ¡Sé andar en bicicleta!
Quedó grabada en mi memoria la expresión de Doña Eulalia cuando con total seguridad y seguro de no fallar, respondí a su repetida pregunta, que sí. Que sabía.
Ese verano terminó muy rápido.
Ahora, luego de tanto tiempo, comprendo que todo pasa muy rápido.
Empujé la hamaca con fuerza y comencé a desandar el camino.
El quejido de las cadenas se escuchaba cada vez más lento y lejano mientras el sol acariciaba las copas de los pinos.



miércoles, 4 de octubre de 2017

En El Mincho de ocho a nueve



Un bar donde desayunar. Solo era eso. No tenía nada que lo destacase del resto, excepto su ventanal que daba a una plaza que amenazaba con florecer. Casi nunca conseguía sentarme en la mesa que estaba a su lado y verla entera, pero trataba de ubicarme lo más cerca posible para que la brisa perfumada de primavera me acariciara aunque fuera a retazos.

Ese gran trozo de vidrio, semejaba a la pantalla de un cine por donde pasaban personas o imágenes contando historias. Ficticias, reales. Grises o en color. Es igual.

Para iniciar el día solo necesitaba eso y un espresso o tal vez dos, y servilletas, muchas servilletas en las que hacer garabatos.

Nada más.

Una de esas mañanas, la vi parada entre la luz plateada del ventanal y mi mesa. Fueron solo un par de segundos en los que su silueta se desnudó a través del vestido tan lleno de flores como lo estaría la plaza, los que tuve para admirarla. Las piernas ligeramente separadas, un brazo apoyado en la cintura y el otro sosteniendo su bolso y una carpeta que se adivinaba llena de problemas. Seguramente busca a alguien o alguna mesa que la conforme, pensé, pero por su conversación con el mozo comprendí que era una clienta habitual en la que nunca había reparado. Con el correr de los días, empecé a hacerlo.

En ocasiones, la espiaba escondido detrás de las páginas deportivas del diario. En otras, solo tras el humo de la taza de café.

Fue un jueves cuando al entrar, la mesa tan deseada me recibió vacía. El sonido de los pocillos, el aroma del café recién hecho y la tibieza de la mañana, ¿qué más…? Una sonrisa tan tonta como invisible me llenó la cara, hasta que una carpeta conocida se apoyó con fuerza sobre la mesa.

—Yo también siempre quise sentarme aquí, así que si no te molesta, voy a hacerlo… —espetó la chica de la silueta

—¿Y si me molesta…?

—Voy a hacerlo igual —sentenció mientras lo hacía.

Nos reímos como si nos conociéramos.

Sin saber cómo, miles de flores comenzaron a cubrir la plaza mientras hablábamos.

Desde ese día compartimos mesa. La que nos tocara.

Yo ya no garateaba en las servilletas. Ella, no hurgaba entre sus papeles.

En su charla había confianza, intimidad y palabras bonitas que se confundían con las imágenes llenas de colores que se mezclaban en el trozo de la rama del árbol que veía a su espalda.

Le encantaba hablar y a mí escucharla aunque casi no supiera nada de mí. Aunque no demostrara demasiado interés en saberlo.

Un lunes, luego de contarme su pésimo fin de semana, apoyó su mano sobre la mía:

—Sos un gran amigo… —Comenzó a decir.

Ya no pude seguir escuchando. Contra el ventanal, una nube casi negra hacía explotar rayos que amenazaban golpear las mesas. Los relámpagos jugaban con las siluetas de los comensales que parecían no darse cuenta de semejante debacle y el viento hacía volar servilletas sin garabatos, documentos y las flores de la plaza que pronto cubrieron el suelo del lugar.

Luego de eso, el bar no fue el mismo aun siéndolo. Sus paredes seguían vacías, las mesas baratas y las sillas, incómodas. El ventanal, el bendito o maldito ventanal, solo se convirtió en un vidrio sucio en el que se leía el nombre del bar escrito al revés.

Tarde o temprano, sucede. Siempre sucede. Después de todo, El Mincho no era más que un bar donde desayunar.



De despedidas, borracheras y funerales



Llueve. Siempre llueve sobre mí. A veces suave, otras, demasiado fuerte. Como hoy.
Siempre duelen las despedidas, pero más, mucho más, cuando son inesperadas. Repentinas. Sin tiempo a nada. Cuando pienso en las palabras que debieron salir y sin embargo ahora se ahogan entre tanta agua. Llueve y pienso que tal vez soy yo el hacedor de lluvia.

Sin saber cómo, me encontré parado frente al bar y sentí la necesidad de entrar.
Saludé al cantinero y luego de algunas copas, me dijo:
—Esos señores dicen que les gustaría tomar algo contigo.
Miré hacia donde señalaba. Estaban en la mesa del fondo, la del rincón. Uno era pelado y vestía un traje negro, antiguo. Una corbata muy fina, rodeaba su cuello flaco y sus ojos parecían muy grandes detrás de los lentes. El otro era más grueso, aparentaba más edad de la que seguramente tenía, pero lo que más llamó mi atención era su mirada irónica, rodeada de una barba descuidada y arrugas, muchas arrugas.
—¿Quiénes son?
Un encogimiento de hombros fue toda la repuesta.
Me acerqué despacio, seguro de que se habían equivocado de persona. Ambos sonrieron al verme llegar y el flaco se incorporó a medias y me tendió la mano.
—Soy Juan Carlos— me dijo— y él es Hank. Sentáte y acompañanos— Mientras me servía de lo poco que iba quedando en la botella y cambiando su mirada entre los vasos y yo, hablaba—Nos gustó eso de Hacedor de lluvia y Siempre llueve sobre mí. A veces suave, otras, demasiado fuerte. Como hoy… y todo lo que sigue. Aunque, personalmente, preferiría que fueran un poco más descriptivos esos párrafos, con algún adjetivo más… ¿Qué tal algo así? Creía ver su imagen en los charcos mansos que pronto las gotas desdibujaban sin piedad…
 —No— interrumpió el otro— le falta carácter, tal vez un: La muy hija de puta decidió morirse sin pensar en nada más que ella, sin importarle un carajo qué podía sentir yo… Porque escribís sobre la muerte de una mujer, ¿no?
—Esperen un poco— interrumpí—No escribo nada. ¿Cómo saben eso…? Solo pensaba…
—¡Vamos! Nadie piensa así si no va a escribirlo…
—¿Sabés qué estoy pensando, Hank? Que tal vez no hable de una muerte. Puede ser que se esté refiriendo a un abandono y estoy de acuerdo contigo con que es una mujer. Una que creo que lo dejó.
—Entonces, con más razón tiene que incluir eso de La muy hija de puta. Si lo dejó así, lo es.
—No sabemos eso;  en realidad sabemos poco, pero se puede describir el vacío, la bronca y la impotencia sin necesidad de la palabrota…
—Es cierto, solo que vos, usarías cien palabras para decir lo mismo que yo, en tres— dijo riéndose y prendiendo un cigarrillo— Pedí otra botella…
La discusión transcurría entre opiniones y ejemplos de sus viejas historias, risas, cigarrillos y brindis.
Me levanté sin decir nada y volví a la barra. Sabía quiénes eran y en otro momento me habría parecido maravilloso que compartiéramos la borrachera.
Al rato, miré hacia la mesa y ya no estaban, pero aun podía escucharlos discutir de qué forma mejorar mis palabras sin preguntarme nada.
Pedí la del estribo. ¿Qué les importaba si se fue o se murió? ¿No es lo mismo?
Es un funeral. Con flores o sin ellas.