Ramiro entra al cabaret con una mano en el bolsillo y aire de ganador. Se siente fuerte, invencible. Una sensación nueva que le agrada. El interior del lugar huele a humo de cigarro y alcohol. La música suena fuerte y hay muy poca luz. Sobre una tarima unas chicas se quitan la ropa lenta y calculadamente. Una de ellas, mirándolo fijamente, le dedica con un gesto la última prenda. Con disimulo, el muchacho le muestra un grueso fajo de billetes. La joven se le acerca gateando y muy quedamente le dice: Esperáme afuera.
Sale del lugar con una sonrisa en los labios. Se detiene frente al auto, y cuando está por abrir la puerta, es sorprendido por la luz de los focos de varios vehículos que se encienden simultáneamente.
—¡Policía! ¡Entregáte y no te va a pasar nada! —Ladra una voz deformada por un megáfono.
Mira a su alrededor y comprende que no hay marcha atrás. Súbitamente recuerda las palabras que dijo su madre esa mañana al despedirlo. Debes creer en el milagro de la Navidad. Frase que escuchaba desde niño, todos los años por esta fecha. Y por primera vez, tontamente la creyó. Sin dudarlo lleva una mano a la cintura y saca el revólver. No llega a usarlo. Varios agujeros de bala arruinan su camisa preferida.
La noche anterior Ramiro, no había podido dormir. Estaba nervioso. A primera hora de la tarde tendría una última entrevista por un trabajo. Un trabajo de verdad. Por la noche hacía la limpieza en un supermercado, y por la tarde, estudiaba. Quería salir a como diera lugar de la pobreza en que vivían, él y su madre. Sus pruebas fueron las mejores. Sólo es una breve entrevista personal, y el trabajo es suyo. Le había dicho una voz en el teléfono. Era diciembre, mes que Ramiro odiaba. Nunca habían podido pasar una nochebuena cómo soñaba su madre, con buenos regalos y una cena apetitosa. Y, por qué no, hasta una sidra para brindar. Eso se acabó— pensó el joven—. Ahora, con mi sueldo podremos darnos hermosos regalos, comer lo que queramos y hasta mudarnos a un barrio respetable.
Abrió el ropero, y sin dudarlo tomó la camisa blanca. La miró, y le sonrió. Sos la única que me hace sentir gente, por lo menos de la cintura para arriba, murmuró. Ramiro tenía una pierna más larga que la otra y usaba una bota ortopédica. Al caminar su rodilla iba hacia un lado y su pié hacia otro, por lo que el mote de el Pata Loca lo acompañaba desde su infancia.
Puntualmente llegó a la oficina y se presentó a la recepcionista. Casi inmediatamente, una de las puertas se abre, y un hombre elegantemente vestido lo invita a pasar con una sonrisa. Su semblante cambia al ver venir al Pata Loca moviendo todo su cuerpo para dar un paso, como en una carrera de patín. La puerta, tajante, irrespetuosa, se cierra en su cara. Sorprendido, mira a la chica que tampoco comprende lo sucedido. Inmediatamente, el teléfono suena en el escritorio y la secretaria escucha atentamente. Luego de eso una lluvia de tontas excusas empapó al joven: Que lo sentimos… que el puesto ya está ocupado…que un terrible malentendido… que lo tendremos en cuenta para el futuro… Nada consuela al Pata Loca, que furioso comienza a gritar. ¡¿Es por qué soy un rengo de mierda que no combina con el color de la alfombra?! ¡Hijos de puta!
Desesperanzado, y sumido en sus pensamientos, deambula por horas cómo un autómata. De pronto Ramiro se da cuenta que hace rato está parado frente a la vidriera de una armería. Acomoda su camisa y se peina con los dedos antes de entrar. Se interesa por un revólver Colt Phyton pavonado. Majestuoso, irreverente. El armero aprueba su elección, y comienza a explicarle las bondades del arma.
—¿Es muy pesado? —Interrumpe — ¿Puedo sostenerlo?
Apenas lo tiene en la mano, golpea con el arma la cara del dependiente que cae malherido. Rápidamente pasa al otro lado y toma una caja de balas. Con tranquilidad, camina hacia un auto que se está estacionando. Sin mediar palabra apunta al conductor, sube, y sale a toda velocidad del lugar.
Luego de eso, un torbellino del que ya no puede salir. El asalto a dos gasolineras y una licorería, señalan el camino que, a sangre y fuego, va dejando a sus espaldas.
Al fin, detiene el auto frente a un cabaret. Pero antes de salir del vehículo, comienza a escribir en su teléfono y envía el mensaje que simplemente dice: Feliz Navidad.
jueves, 20 de junio de 2013
viernes, 31 de mayo de 2013
300 segundos de paz
La inmensa figura de Margarita dibuja una rara contorsión sobre su cama. Está pintando la uñas de su pie, y para separar los dedos utiliza un cigarrillo al que de vez en cuando le da una pitada. Sus labios pintados de rojo intenso bordan las colillas, que llenan el cenicero. Ahora, en su vejez, sabía que muchos se reían de ella a sus espaldas. Estaba desmedidamente gorda. Eso sumado al exagerado colorete que agregaba a sus, ya de por sí, arreboladas mejillas, no le permitían pasar desapercibida. Pero no siempre había sido así. En la adolescencia, su cuerpo exuberante y la belleza de sus inocentes rasgos la hicieron prontamente el centro de todas las miradas masculinas. El ganador entre tantos pretendientes fue Alberto, un acaudalado comerciante íntimo amigo de su padre. No sirvieron ni ruegos ni enojos, su familia rechazó terminantemente la relación. Cuando ella cumplió la mayoría, se casaron. Desde ese momento, todo fue muy rápido: el definitivo adiós a su familia; la felicidad de su nueva vida; la casa con jardín y la muerte de Alberto.
Margarita quedamente comienza a tararear una canción. Apaga el cigarrillo y selecciona un tema de su único disco. Se para en el medio del cuarto, inclina la cabeza hacia atrás, acomoda los bucles de su pelo y separa una pierna. Lentamente comienza la música y con ella el movimiento. Con suavidad, desliza las manos por su cuerpo y comienza a bailar con increíble delicadeza. Gira, vuela. La melodía la posee, y desde sus entrañas fluyen emociones contenidas. Su piel se eriza y un cosquilleo detrás de sus ojos anuncia una lágrima.
La música termina, y vuelve a quedar vacía. Por unos momentos no recordó que las deudas de su marido la arruinaron. Ni cómo vendía su cuerpo por alcohol en bares de mala muerte. Lentamente vuelve a su cama, enciende un cigarrillo y comienza a pintar las uñas de su otro pie.
Enlace para quien quiera escuchar lo que baila Margarita.
http://www.youtube.com/watch?v=CtIWZrBgxeg
Margarita quedamente comienza a tararear una canción. Apaga el cigarrillo y selecciona un tema de su único disco. Se para en el medio del cuarto, inclina la cabeza hacia atrás, acomoda los bucles de su pelo y separa una pierna. Lentamente comienza la música y con ella el movimiento. Con suavidad, desliza las manos por su cuerpo y comienza a bailar con increíble delicadeza. Gira, vuela. La melodía la posee, y desde sus entrañas fluyen emociones contenidas. Su piel se eriza y un cosquilleo detrás de sus ojos anuncia una lágrima.
La música termina, y vuelve a quedar vacía. Por unos momentos no recordó que las deudas de su marido la arruinaron. Ni cómo vendía su cuerpo por alcohol en bares de mala muerte. Lentamente vuelve a su cama, enciende un cigarrillo y comienza a pintar las uñas de su otro pie.
Enlace para quien quiera escuchar lo que baila Margarita.
http://www.youtube.com/watch?v=CtIWZrBgxeg
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| Ilustración: Rosario Tj |
Resaca de favores
Como todos los días, Juan llegó a la playa cuando aún era noche. Muy pronto el horizonte comenzaría a pintarse de amarillo, anunciando la llegada del día. Clavó la tabla en la arena, e inició una veloz corrida para calentar los músculos. Lentamente la claridad comenzó a reflejarse en los charcos, que como hojas pintadas por un artista, imitaban los colores del cielo. En uno de ellos había un pez atrapado por el reflujo. Se detuvo, lo tomó con ambas manos para que no se le escurriera, y lo arrojó al mar. Un mar demasiado tranquilo para su propósito. Más allá, en la rompiente, había mar de fondo. En un rato se formarían buenas olas. Sin dudarlo se metió al agua, se acostó sobre la tabla y comenzó a remar con sus brazos. No tardó mucho en llegar y se sentó a esperar la ola correcta. Al fin llegó. La onda redondeada y superior que las demás le indicaron que esa era. La acompaño con todas sus fuerzas, y en el momento preciso, se paró y buscó el equilibrio, inmediatamente estuvo en la cresta. Debía salir de allí. Hizo un rápido giro a la izquierda para escapar, volviendo a trepar la ola en sentido contrario. Luego a la derecha para retomarla. Estaba feliz. Sin embargo, un mal movimiento lo hizo volar por los aires. Cayó hacia adelante, y toda la fuerza del mar lo arrastró al fondo con violencia. En la caída algo lo golpeó en la cabeza, provocándole una herida que lo dejó atontado. Un torbellino de fuerza incontrolable lo manejaba como una marioneta. Flotando entre el azul y el negro, vio una silueta dirigiéndose como una flecha hacia él. Sabía que estaba sangrando, y pensó en un tiburón. En pocos instantes quedaron cara a cara, mirándose. Entre asustado y sorprendido quiso reaccionar, pero mareado por el golpe y casi ahogado, se entregó a su destino con la tranquilidad de los que reconocen lo inevitable.
—Cuando lo encontré pensé que estaba ahogado —explicaba el bañista al paramédico—, lo di vuelta y abrió los ojos. ¡Eso me asustó! Miró a su alrededor, como buscando a alguien, y me dijo:
—¿Dónde está? ¿La viste? ¡Era una sirena!
—Cuando lo encontré pensé que estaba ahogado —explicaba el bañista al paramédico—, lo di vuelta y abrió los ojos. ¡Eso me asustó! Miró a su alrededor, como buscando a alguien, y me dijo:
—¿Dónde está? ¿La viste? ¡Era una sirena!
sábado, 11 de mayo de 2013
martes, 23 de abril de 2013
Pasajero en tránsito
Al recobrar la consciencia Facundo, estaba envuelto en la
más profunda oscuridad. Trató de moverse pero ningún
miembro respondió. Intentó gritar, de emitir algún sonido. No pudo. No sentía
la presión de nada que lo inmovilizara,
que lo amordazara. En realidad, no sentía nada que lo conectara con su cuerpo. Su
mente, que era lo único que parecía funcionar, no comprendía la situación. Por
unos eternos instantes el pánico se apoderó de él y deseó vanamente, lanzar un
alarido. Rendido a la impotencia fue tratando
de recordar, y de pronto, como en una nebulosa,
se vio disparando impiadosamente a todo lo que se moviera y huyendo por
el lugar equivocado. Volvió a sentir en su estómago el miedo y la furia de
saberse atrapado, la desazón de
reconocer el error que le costaría muy caro.
Vio su mano envolviendo el revólver, y la bala que salió de él. Pero
sobre todo, recordaba con increíble exactitud
la munición que vino en respuesta. Un fogonazo, y el plomo girando sobre
sí mismo abriéndose camino furioso hacia su pecho con increíble lentitud,
exasperante lentitud.
¡Paf!
El golpe del proyectil contra su cuerpo; el ardor en la piel;
el dolor de la carne desgarrada; el sonido de la costilla haciéndose añicos. La
bala, insatisfecha, siguiendo su devastador camino destrozando el ventrículo
derecho, las arterias pulmonares y la válvula mitral para terminarlo, agotada,
en el pulmón. Y él inexplicablemente,
viendo como en una película toda la trayectoria de la munición en su cuerpo e
identificando por su nombre los órganos afectados. No llegó a sentir su cuerpo chocando contra el
piso. Eso fue todo, estaba muerto. Lo aceptaba. Lo comprendía. Y se preguntaba
si todos podrían recordar y entender con tanta claridad el último instante de
su vida. No vio su propio cuerpo caído, ni una luz que le indicara el camino.
Solo oscuridad, y un silencio ensordecedor.
Con el paso del tiempo sintió cómo las puertas de la percepción
se abrían lenta, pero indefectiblemente,
llevándolo a un estadio superior de su mente donde seguramente encontrarían
respuesta muchas preguntas, donde las palabras serían reconocidas en su
verdadero significado; la relación entre lo infinito y lo finito. El concepto
anulando al precepto. Comprendió la inexorable verdad: él sería su propio juez
y jurado.
Imágenes de su vida
comenzaron a desfilar por su mente, pero no tan rápidamente como decía el mito
popular. No. Pasaban lentas, acompañadas de aromas, de sensaciones tangibles.
Sentía el mismo dolor, el mismo miedo; el mismo dudoso placer.
Volvió a vivir la muerte de su madre, cuando solo era un
niño. Se vio golpeando a su padre con saña mientras dormía, y robando los
ahorros de sus abuelos que le habían dado cobijo luego de ese incidente. Aquel
marinero borracho, al que apuñaló a la salida de un bar del puerto para
robarlo. Se llamaba Kurt y lo había sacado del tugurio con engaños. Su mano
cubierta de sangre y tripas por la violencia del ataque y el miedo, que se fue
tan rápido como el poco dinero que robó. Ese fue el primero de una interminable
lista. ¿Cuántos años tenía? ¿Quince? ¿Dieciséis? Los demás solo eran caras
anónimas, a algunos los había matado por necesidad, a otros por placer.
Supo por qué ¿su alma?, ¿su espíritu?, estaba allí. Él mismo
se dictó sentencia. Pero se preguntaba cómo sería. Dónde sería. Blanco y negro.
Arriba y abajo. Cielo e infierno. Todo estaba muy claro. Si hubiera podido
sonreír, lo habría hecho.
¡Paf!
El llanto desconsolado; el grito primario.
—Es un varón.
—Es un varón.
sábado, 13 de abril de 2013
La Antena
Desde que tengo uso de razón, mi ángulo de visión es el
mismo. Conozco cada centímetro cuadrado del techo blanco, liso, impoluto. Lo
uso como pizarrón, hojas de libros, campo deportivo, pantalla. Las horas
transcurren lentas encerrado en una confortable y aséptica caja de cristal, algunas caras silenciosas
cubiertas con gorros y tapabocas verdes atraviesan fugazmente mi mirada matizando mis días. Al
principio, cuando era más pequeño, creí que lo que imaginaba en ese techo era
la vida. De pronto y sin previo aviso, unas raras e inesperadas sensaciones
alteraron mi estúpida rutina, y mi ritmo cardíaco. Cada vez que eso sucedía mi
entorno se revolucionaba. Percibía el movimiento, la nerviosidad, y la
infaltable jeringa clavándose en uno de los tubos que descendían hasta mí. Inmediatamente sopor, sueño. Cuando aprendí a
controlarlo, no tardé en comprender que eran sensaciones sentidas por otro. Lo
digo con toda certeza, por mi hermano. Recibidas por una antena invisible y
maravillosa, que ahuyentó para siempre mi soledad. Ya no me sentí solo,
esperaba con ansiedad sus señales, sus vivencias. Así, supe alegrarme; conocer
la ira y el placer; el desencanto y la tristeza. La impotencia de la derrota,
la alegría del triunfo. El deseo. Aún recuerdo como se nos erizaba la piel
cuando la veíamos y el momento inolvidable, lleno de emociones desconocidas e
inexplicables cuando nos besó por primera vez.
Desde hace un tiempo
todo cambió. Sus imágenes se confunden con las mías y por momentos me cuesta
diferenciarlas. Un techo parecido, caras cubiertas y un dolor silencioso que
sé, le pertenece. Al fin mi mente
aletargada hizo un click y comprendió
el real motivo de mi incomprensible existencia. Estaba aquí para salvar la vida
de mi hermano. De mi querido hermano.
Me llaman Cástor.
Tengo quince años.
Soy un clon.
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| Ilustración: Rosario |
Novelistas Invitados Damián Martínez
Con el tiempo el Turco se pudo jubilar del puerto, los primeros años
laburaba limpiando pescado, y en aquel entonces las cosas iban bastante bien.
Desde el patio puedo ver su casa y a veces lo veo a él, estos últimos días vi
que con unas varillas estaba restaurando el portón de la entrada. El viernes me
lo cruce al mediodía en la carnicería, siempre que me lo cruzo charlamos un
rato.
Cuando el Turco era chico soñaba con ser milico, pero milico era su padre y cuando tenía diez años había golpeado a su madre varias veces delante de él. Todos en la cuadra lo sabían pero igual nunca fue en cana, entonces él, con el tiempo sintió que la única manera de devolverle tanto dolor era no seguir sus pasos. El turco soñaba con ser milico. Siempre lo cuenta. Hoy en día suele decir que si el viejo se hubiese muerto antes le habría dado el tiempo. Yo siempre supe que en el puerto el Turco dejaba la vida, cada vez agarraba más horas, no creo que se haya jubilado muy mal. Hoy lo vi pintar el portón y darle cal al muro mientras escuchaba la radio, últimamente está más prolijo con su casa, siempre está haciéndole algo, dice que un día eso va quedar para Mari, con ella vive hace nueve años. Se le nublan los ojos diciendo, que es su única forma de retribuirle, todo el amor que le debe.
Cuando el Turco era chico soñaba con ser milico, pero milico era su padre y cuando tenía diez años había golpeado a su madre varias veces delante de él. Todos en la cuadra lo sabían pero igual nunca fue en cana, entonces él, con el tiempo sintió que la única manera de devolverle tanto dolor era no seguir sus pasos. El turco soñaba con ser milico. Siempre lo cuenta. Hoy en día suele decir que si el viejo se hubiese muerto antes le habría dado el tiempo. Yo siempre supe que en el puerto el Turco dejaba la vida, cada vez agarraba más horas, no creo que se haya jubilado muy mal. Hoy lo vi pintar el portón y darle cal al muro mientras escuchaba la radio, últimamente está más prolijo con su casa, siempre está haciéndole algo, dice que un día eso va quedar para Mari, con ella vive hace nueve años. Se le nublan los ojos diciendo, que es su única forma de retribuirle, todo el amor que le debe.
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