lunes, 15 de septiembre de 2014

olvidos

Me dijeron que hace unas noches me emborraché. Que había empezado a tomar tranquilo, como todos.
Me dijeron que luego me puse locuaz. Alegre. Que hacía bromas y que todos nos reíamos.
Me dijeron que luego empecé a cantar, que me subí a bailar sobre una mesa y que subí a una mina conmigo.
Me dijeron que muy pronto se bajó y que yo ni siquiera me di cuenta.
Me dijeron que me tuvieron que ayudar a bajar, que me puse muy pesado y que estuve sentado en una silla con la vista perdida y callado por mucho rato.
Me dijeron que me tuvieron que sacarme el cigarrillo de los labios porque ya me estaba quemando y que cuando me levanté, me abrazaba con todos y decía que los quería.
Me dijeron que mientras lloraba decía muchas cosas que nadie entendía y que para salir tuvieron que esquivar los charcos de mis vómitos.
Me dijeron que me trajeron a casa y que me caí en la puerta.
No me acuerdo de nada.

Solo el motivo por el cual me emborraché.

martes, 9 de septiembre de 2014


Otros quebrachos. La canción y el que la versiona.

Quebracho


Las campanas suenan fuerte

Los fieles en procesiones

Y vos sin agua bendita

Sin saber de concesiones

Caminás por calles perdidas

en las que el sol no calienta

Tomando elíxir del pico

milagreando en callejones

Las luces del centro se prenden

pero igual todos te ignoran

Vomitando tristezas, rezando a algún ángel

de esos que miran y lloran

buscando un albergue,

una covacha, una guarida

donde pasar sin miedo

lo que te quede de vida

abrazado al perro; a la botella

tus abrigos más preciados. Recordás con una sonrisa 

Los tiempos que son pasado

aquellos llenos de amigos, de familia.

Acompañado.

El sol te agarra sin rumbo,

Sin esplendor ni horizonte.

Y no sos vos, es la vida

La que camina sin norte.

Sin presente ni pasado.


jueves, 28 de agosto de 2014

Globos

El apartamento donde vivo, es muy antiguo. Está en el segundo piso y no tiene ascensor. Los peldaños de mármol blanco están gastados justo allí, dónde se apoyan los pies. Los que conducen desde la entrada hasta el primer piso lo están mucho más que los que llevan a la azotea. Esos están inmaculados, impertérritos en su soledad.
La primera vez que entré a él, me deprimió ver el estado de abandono que tenía. Las paredes estaban descascaradas, los pisos parecían los de un establo y el techo estaba tan alto que me hacía sentir un enano. Ya me iba cuando la mujer que lo alquilaba, abrió la ventana. Los postigones chirriaron con el movimiento e inmediatamente la luz de la mañana invadió el lugar. Lo que se veía a través de ella parecía un paisaje suburbano pintado por Gauguin. El celeste del cielo contrastaba con los verdes de la plaza. Una plaza chica pero hermosa. Llena de flores, caminitos de piedra y una fuente.
Una plaza con forma de mujer.
Me quedé con el lugar solo por su ventana, por la vista. Era verano y siempre la tenía abierta. Si no me quedaba horas mirando a la calle, me divertía escuchando sus sonidos y por la noche, el perfume de las flores desveladas me ayudaba a dormirme con una sonrisa apurada, deseando que el amanecer llegara pronto.
Cada mañana, cuando el sol empezaba a iluminar los jacarandás y a acortar sus sombras, aparecía su figura caminando lento, con ese vaivén que a veces parecía una danza bailada al ritmo cadencioso de un saxo.
La vendedora de globos.
Llevaba tantos, que eran como una nube que la cubría. Que la acompañaba protegiéndola, quién sabe de qué. Los globos brillaban y parecían pelearse para que la luz resaltara sus colores vibrantes.
Nunca la vi hablar con nadie, solo parecía hacerlo con los querubines de la fuente donde se detenía. Luego, se inclinaba sobre el agua y desde la distancia, podía ver los reflejos jugando con su cara. Al rato, se iba seguida por la sombra de sus globos y por mi mirada.
Muchas noches soñaba con sus ojos tristes y su sonrisa alegre. Soñaba que estábamos tan cerca que nuestra visión se nublaba y su aliento me invadía y que su lengua tibia jugaba con mis labios que esperaban pacientes y que cada globo era un deseo que explotaba llenando el lugar de colores y volvía a aparecer más brillante que antes. Entonces, mis manos se llenaban de ella y moríamos ahogados en saliva y en jugos arcoíris y renacíamos para volver a empezar.
Una mañana bajé a la plaza caminando entre sus piernas dispuesto a encontrarla. Me senté en el banco de su monte de Venus, el cercano a la fuente. Llegó puntual mirando las flores y pisando con cuidado algunas hojas que se empeñaban en caer, casi deslizándose debajo de sus globos eternos. La miré mientras esperaba que su mirada dejara de nadar en el agua quieta y me acerqué dispuesto a hablarle.
Nos miramos por unos instantes indecisos y solo se me ocurrió pedirle unos globos.
¿Azul lealtad, destructor de lo negativo? ¿Verde armonía esperanzadora? ¿Naranja alegría de verano? ¿O rojo pasión peligrosa y ardiente…? ¿Cuáles querés…? Me preguntó con una sonrisa pintada en sus ojos abismo.
Cuando llegué a casa, desde la ventana vi su sombra perderse por el pecho firme, el de mi mano izquierda. Até uno a la cabecera de mi cama y dejé que el resto y mi cobardía se perdieran arrastrados por la brisa fresca. Los globos volaron haciendo piruetas. La cobardía quedó allí, estancada, negándose a volar.
La vendedora de globos llega cada noche de mis noches. Lúdica, ardiente, lejana. Cercana y apretada como un abrazo. Transparente y opaca a la vez. Sabedora de mi pasado. Adivinadora de mi futuro incierto. Pitonisa irreversible de mis noches mojadas. Y cada vez se marcha volando tras sus globos irreverentes y concisos dejando una sonrisa fugaz o una mirada interrogadora. Fabricante de mis sueños y de mis miedos.
Y me despierto en medio de la madrugada a veces sobresaltado, a veces feliz y miro el techo alto y allí están, brillando por la luz anaranjada que entra de la calle y siento su pierna desnuda apoyada sobre la mía y su brazo suave acariciando mi pecho agitado y temo mirar al costado. Y descubrir que tal vez es un sueño.
Solo un sueño.





domingo, 24 de agosto de 2014

El último dandy

La noche se despertaba con un bostezo de nubes grises, amenazantes. El viento que trepaba por la escollera y recorría la calle Sarandí  de punta a punta, traía olor a temporal. La Ciudad Vieja, lentamente, se iba vistiendo de soledad.
Corté por la Plaza Zabala, una vuelta aquí, otra más allá y llegué a la rambla. A la portuaria. A la que tiene olor a salitre mezclado con aceite, a esa donde los mástiles y las grúas parecen clavarse en el cielo. El tiempo me había cambiado algunas costumbres, pero el camino era el mismo.
Buscaba la iglesia. La verdadera. El lugar en que los hombres se confiesan si tener que arrodillarse a pedir perdón. 
El boliche se llamaba “El perro que fuma”. 
Era un lugar muy chico donde el tiempo se había estancado. El mismo mostrador, las mismas mesas. La misma mugre. No, la misma, no. La suciedad se renovaba día a día. Se pegaba contra la grasa que volaba de los chorizos al vino blanco formando capas que si alguien se atrevía a cortar, revelaría la verdadera edad del lugar. Las paredes revestidas de madera torneada y en un tiempo lustrosa, estaban atiborradas de fotografías, algunas enmarcadas, otras, simplemente clavadas con tachuelas que lentamente contagiaban su óxido al papel.
Entré y pedí lo mismo de siempre. A mi lado, sentado un taburete por medio, la cabeza de un hombre, apenas sobresalía de entre unos hombros flacos y huesudos. Los codos apoyados en la barra y la espalda muy arqueada formaban una “S” casi perfecta con las piernas que parecían anudadas al asiento. Sus dedos jugueteaban con una caja de cigarrillos con desidia. Frente a él, un vaso gritaba que lo volvieran a llenar. El Ramón.
El Ramón había sido un dandy. Un jailaife.
De muy joven se había chocado con la muerte de sus padres y con toda la guita que le dejaron. Tanta que no precisó laburar. Nunca. Alguna vez había intentado algún negocio. Una sastrería, pero de las buenas. Un biógrafo y parte de un teatro. Las fundió a todas.
Las mejores pilchas, los autos más caros y viajes a Europa en transatlántico eran cosas de todos los días
Cuentan los viejos que en la sastrería conoció a Leguizamo y por su intermedio, a El Mago. Se hicieron amigos y pronto Carlitos le contagió su gusto por los pingos y la noche.
Arrabaleaba las madrugadas de piringundín en piringundín. Escabiando lo que le pusieran adelante. Rascaba un poco la guitarra y de vez en cuando, se cantaba unos tangos con aquella voz de caño que les encantaba a las minas. Cada noche se iba con alguna. Cualquiera. Desde la yira más barata hasta las de nariz para arriba de alta sociedad que caían como pejerreyes, encandiladas por su labia y el misterio, que sin querer, su propio entorno le había creado.
Amigos, futuro. Amores de película. Parecía que no había penas ni olvidos. Que nada malo podía pasar. Ya de adulto conoció a la Nelly, una pendeja con el culo lleno de papelitos y un par de tetas que parecían tener vida propia. La Nelly le borró de un plumazo todos los berretines. Él, que decía que nunca iba a caer en las garras de ninguna ninfa, con ella, se encajetó tanto, que la minita hizo con él lo que quiso.
De repente, las promesas se empezaron a perder entre excusas. Los corazones que aparecían sobre vidrios empañados se transformaron en dibujos tan huecos como las palabras. En una costumbre insulsa.
Hasta que la Nelly se fue. Así, sin aviso, cautivada por un galancito más joven y con más guita que él.
 La fiesta se le había terminado, y las últimas bombitas de colores se perdían entre los reflejos de la madrugada temprana. Fue el final de aquel cielo lleno de ángeles y santos de mirada perdida y sonrisa piadosa que el Ramón creía que nunca lo iban a dejar de a pie.
Después de eso, la bohemia. El desinterés.
Se juntó con poetas muertos de hambre, pintores prontos para el exilio y cantores de tango. A todos los ayudó con sus proyectos sin importar cuánto costaran.
De a poco se fue alejando de sus lugares habituales. Hasta que desapareció por años metido quién sabe en qué agujero, tal vez pensando en lo que tuvo.
Ahora, reenganchado en noventa y nueve y casi sin equipaje, viene todas las noches a mamarse hasta las patas, acá, o en El Hacha, o en El Yacaré. En el primer bar que encuentre en su periplo interminable.
Le mandé una copa. Me miró y antes de tomársela de un buche, dijo con la lengua atragantada: La penúltima.
Lentamente desanudó sus pies y se levantó. Al pasar murmuró un hasta mañana. El bolichero le preguntó si estaba bien. El viejo se detuvo y sin mirarlo le hizo el cuatro. Tembloroso, inestable, pero un cuatro al fin.
Afuera, el cielo tronaba dispuesto a descargarse de un momento a otro. El Ramón ni siquiera miró hacia arriba al salir. No había ningún motivo para hacerlo.

El último santo hacía tiempo que ya había caído.


Fotografía de Flo Alvarez Rojas.

lunes, 14 de julio de 2014

Lluvia



Acá estoy. Sentado en el cordón de la vereda mirando una foto. 
Hablandole.
Otra vez esperando que pare de llover. Siempre llueve sobre mí, pero el agua ya no me moja, o mejor dicho, ya no me importa que me moje. Estoy demasiado acostumbrado a que lo haga. Siempre lo hizo y nunca lo pude evitar. O no supe cómo hacerlo.

Hoy es distinto.

Sigo sentado aquí, a la intemperie, pero solo porque quiero hacerlo. Porque debía hacerlo. Pero hoy el agua está helada y se filtra sin piedad por entre mi ropa y me moja como nunca. Me congela. Aniquila mis ganas, mis ilusiones. Mi voluntad.

Es invierno. Un invierno largo. Uno de esos que no le adivinás un final. De esos que te hacen ver el verano como a un imposible.

Un invierno tan triste como un final. Como un adiós que no querés dar. Como una verdad que no querés escuchar. O que no querés decir. Reconocer.

Miro al cielo y ruego que pare. Que por fin, pare.

Y desde arriba me contestan con un trueno esplendoroso que ilumina la oscuridad de la noche y desnuda mi soledad.

Mi puta soledad.

viernes, 11 de julio de 2014

Azul, amarilla o roja

Miré por la ventana de la cocina. No faltaba mucho para el atardecer. Algunos rayos de sol todavía se filtraban entre las ramas de los árboles y entraban en mi casa como líneas de luz que cortaban la negrura y terminaban clavadas en el piso. El humo de mi cigarrillo jugaba con ellas formando extraños arabescos que me divertía mirar.
Era temprano. Tenía unas horas para preparar la cena antes que ella llegara. Habíamos estado separados un tiempo. Tal vez mucho. Tal vez poco. Sin ella, las horas pasaban muy lentamente, sin embargo los días desaparecían uno tras otro sin dar respiro. Eran tiempos de días vacíos, raros.
Me puse otro cigarrillo en la boca e hice girar la rueda del encendedor una y otra vez. Nada. Bajé la mano y repetí el intento. Solo una leve chispa insuficiente para prender el fuego. Sonreí ante la metáfora.
Al fin pude vencer mi orgullo y la invité a cenar. Ella venció el suyo y aceptó. Ya veríamos qué pasaba después.
Debía tratar de que fuera una velada lo más agradable posible y mientras miraba todo los alimentos sobre la isla de la cocina, me preguntaba por dónde empezar.
Decidí hacerlo poniendo música. Bossa Nova. Una compañía ideal para cocinar.
Al fin elegí empezar por el final. El postre. Frutillas bañadas en chocolate.
Mientras picaba la tableta puse a calentar agua. Tomé otra cacerola y la puse encima de la que tenía agua. Eché el chocolate y mientras lo revolvía de vez en cuando, vi cómo se iba fundiendo lentamente. Le agregué un poco de manteca para que brillara. Solo un poco. Apagué el fuego y comencé a bañar las frutillas una por una. Estaban realmente tentadoras…
La fruta estaba en sus labios como esperando. La sostuvo entre sus diente y sospechaba el movimiento de su lengua lamiendo el chocolate. El calor comenzó a derretir el dulce que manchó la comisura de sus labios. Me acerqué y con la punta de la lengua, limpié a su alrededor casi sin rozarlos. Ella soltó la fruta para buscar mi boca, al hacerlo, cayó dejando una línea amarronada entre sus pechos. Bajé a su escote e hice lo mismo. Vi como su piel se erizaba…
Las ostras. Ahora venían las ostras.
Aproveché el agua caliente y las dejé allí unos minutos. El suficiente para que se abrieran ligeramente. Mezclé jugo de limón con ciboulette fresco picado y una pizca de sal.
…no pude resistir la tentación y la abrí ayudado por los pulgares de ambas manos. Me entretuve mirándola. Sin prisa, comencé a lamerla cuidadosamente con unos precisos movimientos de la lengua, hasta que desapareció en mi boca que buscaba con avidez todos sus sabores. Me acariciaba la cabeza y revolvía mi pelo, me empujaba contra ella dirigiéndome…
Ya tenía la entrada y el postre. Como plato principal nada mejor que una carne mechada con jamón, queso y algunas hierbas, y por qué no, un toque de estragón y un poco de piel de naranja rallada. Piqué todo y lo molí en un mortero.
Desgrasé un poco la carne y eché por encima un poco de sal y un poco de pimienta.
Faltaba algo. Aceite…
…dejé caer un largo hilo sobre ella y lentamente comencé a esparcirlo. Mis manos se deslizaban suavemente lubricadas por todo su cuerpo. Mis dedos encontraron un hueco y allí se entretuvieron…
Ya estaba el relleno en la pulpa. La metí en el horno y mientras se cocinaba, fui a ducharme.
Me encanta que me laves el pelo susurraba bajo el agua con su espalda pegada contra mi pecho.
Mientras me vestía miraba a mi alrededor. Cada movimiento que hiciera, cada palabra que dijera. Cada pensamiento. Ella estaba en todo.
...quedate conmigo

Todavía no te vayas 
Apoyá tu cabeza en mi hombro
y dejame que te abrace
Que te cuide
Que te susurre al oído
canciones que no puedo cantar
palabras que puedo inventar
Dejame que te mire a los ojos sin hablar 
dejame que te abrace
que te sienta cerca
y cuando el sueño te venza 
me voy a ir en silencio
igual que como llegué
igual que como voy
a imaginarte en cada reflejo
a escucharte en cada canción
Donde estés
donde esté…
Apagué la música y miré el reloj. Supe que no iba a venir. Dentro de mí había algo que hacía horas me lo anunciaba. No me sorprendía. Ya nada me sorprendía. Así había sido nuestra relación. Idas y venidas. Emociones y sorpresas. Holas y adioses. Una verdadera montaña rusa de sensaciones. Pero, ¿cuánto se puede soportar? ¿Hasta cuándo se puede esperar? Tal vez prefería que no lo hiciera. Qué no viniera. Tal vez así podría recuperar mi yo perdido quién sabe cuándo. Volver a pensar en mí. Empezar de cero o quedarme así. O tal vez no. Tal vez eso implicaba demasiado que perder.
Solo me preguntaba a qué hacerle caso. ¿Al libre albedrío?, ¿a la razón?, ¿a la emoción?
Uno me decía que la olvidara, que no se podía soportar tanto. Que seguir intentando era una pérdida de tiempo. El segundo aseguraba que debía enojarme pedir explicaciones. Culparla. El tercero, sin embargo, me gritaba que fuera a buscarla, que la abrazara. Qué le dijera que nada importaba… Que no la perdiera.
Abrí un cajón, saqué tres servilletas de distinto color y las puse sobre la mesa.
Prendí otro cigarrillo y serví dos copas del champán que había enfriado para que tomáramos juntos. Levanté la copa al aire y brindé con un acompañante imaginario. Ese que siempre me escucha pero que nunca opina. Ni siquiera cuando se lo pido a los gritos. Cuando se lo imploro.
El sabor suavemente dulce, suavemente ácido del vino, no era suficiente. Fui al freezer, y saqué una botella de vodka. La miré con cariño. Era ella la que me iba a acompañar el resto de la noche. Cuando estaba a punto de abrirla, sonó el timbre. Abrí con la botella todavía en la mano.
El mío con naranja fue lo primero que dijo mirando la botella y sonriendo como solo ella sabía hacerlo.
La miré entrar en silencio mientras balanceaba su vestido de flores.
Sobre la mesa, las servilletas esperaban.


domingo, 6 de julio de 2014

31 de junio

Ni la música, ni la película, ni los ronquidos del vecino de asiento podían hacer olvidar a Aditi las palabras de su padre. Me importan tres carajos que ya no se estile. Vas a hacer lo que prometí cuando naciste. Te guste, o no.
No estaba dispuesta a abdicar de sus ideas.
Ya no.
Todavía era noche.
La valija en la mano y el boleto de avión
Un abrazo, las lágrimas de su madre y un silencioso adiós.
El taxi cruzando el pueblo. El río Gurupur.
El arrepentimiento y el miedo se soltaron junto con el cinturón.

…y las chicas de color dicen: du, du, du...
Jimmy había tomado clases de pintura cuando sus amigos se dedicaban al deporte. No se arrepentía de haberlo hecho, pero en Pendleton no había lugar para un artista. Juntó dinero y se decidió.
New York.
Con su mochila en la espalda, el entusiasmo se alejaba tras las luces de los autos.
Un camión.
Era el tercer día de viaje cuando entendió que no era fácil.
Mientras miraba el campo por la ventanilla, extrañó su cama.
Deseaba cumplir su promesa.
Y se tomó un avión.

…y las chicas de color dicen: du, du, du...
Cuando Aditi al fin llegó al JFK, no salió corriendo como la mayoría de los que allí llegaban. No.
Se sentó en la cafetería y se puso a pensar en cuantas veces había imaginado este momento.
Pensó en Jimmy. El chico de Internet. Era casualidad que la fecha coincidiera.
En cuantas veces lo habían planeado.
El abrazo. El beso tan deseado.
Pero eso solo era un recuerdo. Algo que podía haber sido.

Una ilusión.
Jimmy deambulaba por la terminal mirando todas las caras. Buscando.
Sabía que era inútil hacerlo.
Que los planes pocas veces se cumplen.


Námaste, murmuraron al salir.

martes, 1 de julio de 2014

Sinfonía



Ella camina a mi alrededor sin sacar su mirada de la mía. En sus ojos hay reto. Deseo. Sus pasos son lentos, cadenciosos. Aparentan duda. Demuestran seguridad. Me gusta esperarla, dejar que tome la iniciativa.

Al fin se acerca decidida y siento la primer caricia. Me estremezco.

Se estremece.

Me abraza y sus dedos comienzan a deslizarse por cada rincón, por cada recoveco de mi cuerpo. Por mi mástil duro que la recibe ansioso.

Murmuramos palabras mientras el crescendo nos domina.

Quiero sentir aliento de vos.

Atravesar el fuego con vos.

La pasión nos envuelve como sus piernas firmes y húmedas lo hacen con mi cuerpo sediento, desesperado.

Siento sus pechos clavados en mi, agitarse y tratar de respirar a nuestro ritmo.

Me desespero por tocarla. Por sentirla.

Un poco más. Decimos. Solo un poco más. Deseamos.

El paroxismo del placer. La comunión de dos. El fin de la más hermosa sinfonía.

Los ojos que se abren.

Silencio. Final. Aplausos de pie.

Soy solo un instrumento de su felicidad.

Solo soy su chelo.


martes, 17 de junio de 2014

Cuentos de Calma Chicha, presentan: Sudestada



Un cielo gris, casi negro domina el paisaje. Se está levantando un viento frío. De esos que al olerlos, sabés que anuncian temporal.
De esos que acobardan.
El sol, que hasta ayer estaba tibio, cada día se atreve menos a mostrarse, como si estuviera avergonzado o con pereza.
No sé.
Bajo a la playa a observar cómo se une el mar con las nubes que llegan a la orilla. La furia de las olas desparramando espuma mezclada con cielo.
Cubriendo todo.
Arrastrando todo lo que quieras que arrastre.
Sin piedad.
Bramando hasta ensordecerte: aquí estoy.
Las centellas atraviesan irreverentes el cielo buscando un sitio donde descargar su furia.
El mar crece y llega casi hasta la terraza que se forma en la duna desde donde miro su constante ir y venir. Casi sexual.
Parece interminable. Dan ganas de gritar. Basta.
Lentamente se apaga el rugido.
El agua se retira apática, prometiendo volver. Algún día.
Calma. Silencio.
Paz.
La playa parece desolada. Arrasada.
Calada hasta el tuétano.
El sol asoma y el viento se transforma en brisa acariciadora. Tibia.
La corriente solo se llevó lo superficial. Lo innecesario. Con lo demás, aunque lo intentó, no pudo.
Lejos del arcoíris, recorro la arena esquivando la resaca. Seguro que lo peor ya pasó.
Seguro que lo peor va a pasar.