viernes, 20 de febrero de 2015

Cinco minutos más los descuentos

Siempre pensé que el sonido de los tapones pegando contra el piso nos daba un tono afeminado. Me imaginaba que éramos un batallón de putas de piernas musculosas y peludas que iban a entrar a una orgía en la que tal vez, nos rompieran el orto.
O no. Nunca se sabía.
La luz que entraba por la boca del túnel, jugaba con los peinados raros de los que iban adelante y marcaba el camino en penumbra cómo un útero en el que nacíamos domingo tras domingo.
Enfrente de nosotros, el líder del campeonato. Sueldos al día, concentración con TV cable, autos último modelo.

Nosotros peleando el descenso. Casi que jugando por la camiseta.
La cancha llena. Todos esperando la goleada. Festejando por adelantado. Rugiendo.
Una papita.
Movieron.
Yo soy un cinco, cinco. A la antigua. Fierrero, duro y aguantador. De los que chamuyan a los rivales. Como a este diez que se me venía con la globa atada. Es chiquito. Joven y muy habilidoso.
Lo esperé parado. Con las piernas abiertas y el lomo agachado. Seguro que se la sacaba. El botija encaró para la derecha y me tiré. Con todo. No había llegado al pasto, que el muy hijo de puta ya se me había ido por la izquierda.
Gol.
—¡Dije que siempre amaga pa’ un lado y se va pal’ otro! —me gritaba el DT, como un desaforado casi adentro de la cancha.


En la vida, sí. Me la pasaban por los caños. Me la jopeaban. Tardaba en caer sintiendo el olor a cuero que me pasaba por la cara. Me estiraba, trataba de que mi cabeza se alargara y así, aunque sea, poder peinarla. Pero no. Caía cuan largo era golpeando mi espalda contra el piso.
Una y otra vez.
Siempre me comía los amagues. Los del amor. Los de que todo parecía mejorar. Los del pase a Italia… Me los comía todos. En dos panes.
Acá no.

Me arrimé a la línea de cal y mientras tomaba agua le dije mirándolo a los ojos: No me grités más. Si no te gusta, sacáme. Pero los grititos, metételos en el culo.
La siguiente que me crucé con el pendejo la toqué afuera. Lo dejé sin pelota con total limpieza. Gil, le dije. Me miró y una sonrisita sobradora se le dibujó en la cara.
Eso me calentaba más que si me putearan. O me escupieran.
Sacaron el “oubal” y la pidió. Como un desesperado. Levantó la cabeza y encaró para donde estaba yo haciendo firuletes. Eludió al jás derecho que se le había cruzado y a Marito, el ocho, lo dejó parado. Se entre paró en la carrera y sin saber cómo, me pasó como una flecha. Gil, escuché mientras pasaba.
Lo corrí y lo corrí y con lo último que me quedaba, le encajé un guadañazo de atrás.
Voló afuera de la cancha junto con un zapato y la canillera. Se quedó dando vueltas en el suelo mientras gritaba como una nena. Enseguida levanté el brazo reconociendo la falta.
Amarilla.
Me arrimé hacia el herido y mientras le tocaba la cabeza en señal de disculpa, le dije bajito que la próxima le iba a partir la gamba en cuatro. El muy idiota me insultó a los gritos.
Amarilla.
Rengueando, corrió como un loco a increpar al árbitro.
Doble amarilla. Pa’ fuera. Le gritó el hombre de negro.


Una vez me encontré con un periodista en una librería. El tipo me miró sorprendido. No pensé que fueras lector, me dijo. ¿No pensaste que fuera lector o que supiera leer? Solo pensé, mientras lo saludaba con un gesto.
Nunca había estado muy seguro de qué hubiera sido mejor. ¿Ser un tipo duro en la vida? ¿O un señorito en la cancha?
¿No comerme una afuera y ponérsela de rabona en la cabeza al nueve? No sé. Eso sonaba a mentira. A mentira linda. Pero mentira.


Gol.
Empatamos al final del primer tiempo.
La segunda mitad empezó pareja. Con los dos como esperando.


Cuando empezaba un partido, siempre me hacía pensar en el amanecer. Esa hora en que sin importar qué pasó ayer, espero esperanzado lo que va a venir. Me imagino cosas. Un ligero cosquilleo en la barriga me hace sentir bien.
Después, a medida que las horas van pasando, caigo en lo de siempre. En la misma mierda de siempre y me pregunto en cuánto falta para el otro día para pensar que va a ser diferente.


Con un jugador menos, ya no eran tan superiores a nosotros. Con algún cambio ofensivo, podríamos ganar.
Faltaban pocos minutos y seguíamos en la misma. Miré para afuera. Al banco. Cuando el DT me miró, encogí los hombros y abrí los brazos. ¿Y…? le grité.
Eso pareció hacerlo reaccionar. Miró a los suplentes y dos se levantaron muy rápido.
Faltaban cinco más los descuentos cuando miré el reloj. Si metíamos, les podíamos ganar. Eso me dio fuerzas. Me llenó de entusiasmo y empecé a arengar a mis compañeros cada vez con más ganas.
Sacó a los dos delanteros.
¡Hay que cuidar el empate! Terminó gritando a todo pulmón.
En el vestuario estaban todos felices. Se abrazaban y cantaban como si fuéramos campeones.
Fui el primero en salir. El periodista de la librería esperaba con un micrófono en la mano.
“Estoy harto de cuidar el empate. En la cancha y en la vida. Estoy podrido de la cobardía, de ese “triunfo” que parece ser el no perder. Me tienen los huevos caídos los cobardes que no se juegan por nada…” podría haber declarado.
“Dejamos todo en la cancha y estoy feliz por el club y mis compañeros” dije mientras me iba apurado para mi casa.
A la puta soledad de mi casa.




miércoles, 18 de febrero de 2015

Novelitas presenta: George & Rita una historia de elpuntosobrelai



Era un atardecer como cualquier otro, lleno de bullicio y gente caminando sin rumbo fijo. La Avenida Lexington era el mejor lugar para perder el tiempo. Yo lo hacía sentado en el “Café Americano de Rick”, a la hora en que los comercios cerraban. Me gustaba sentarme frente a la ventana, mirar pasar a los transeúntes e imaginarme sus vidas.
Entonces,  ella entró.
Sus ojos verdes delineados en negro resaltaban en el cutis pálido, casi blanco. Pero más lo hacía la camelia escarlata que parecía brotar de su pelo negro, largo y rizado.
Rita.
De todos los cafés del mundo, ella aparece en el mío, pensé.
Le había dicho adiós a su pueblo para perseguir sus sueños. Dentro de su bolso llevaba unos zapatos de claqué, y me imaginé siendo su sombra al compás de The shorty George. El piano de Sam comenzó a tocar y ella, iluminada sobre un escenario de cuento, hacía repiquetear los tacones rozando apenas la tarima, la falda revoloteando alrededor de sus piernas de bailarina, la flor roja girando en el vuelo de sus brazos. Era ritmo parando el mundo, suspendiendo el tiempo, acelerando mi corazón.

Una voz me preguntó si quería otro whisky, y salí de la ensoñación. Los ojos ya no eran tan verdes y la flor del pelo era una burda imitación en tela sujeta a una diadema, como parte del uniforme de camarera, lo mismo que su sonrisa mecánica. Los zapatos de claqué solo eran mocasines cómodos para pasar muchas horas de pie. No, gracias, ya me iba. Dejé el dinero sobre la mesa y me marché.


Rita cerraba esa noche el Café. Antes de apagar las luces, sacó sus zapatos de claqué e imaginó que el hombre de los ojos grises era su sombra al compás de The shorty George…


Amaneceres, despertares y noches oscuras

Vivir en el campo puede hacer cambiar la perspectiva de muchas cosas. La soledad, el cambio de horarios y las rutinas, al principio, se sienten. Muy pronto comenzamos a aprender, más por nuestros errores que por los aciertos.
Yo trato de sacarle el mayor provecho al tambo. Uno de mis planes a futuro es empezar a hacer quesos. De varios tipos. Pero para eso, falta.
En la otra parte del terreno, Mercedes, se dedica a las flores. Planta amapolas. Amapolas blancas y azules. Después de preparar el suelo, había esparcido las semillas de forma caprichosa. Dibujando en la tierra curvas que se perdían entre ellas, una y otra vez.
En el centro, la casa y, unos metros más allá, una elevación semejante a una colina. Pero una colina de juguete, pequeña y caprichosa. Casi como ella.
La llamamos El Observatorio.

Hacía mucho calor y entré en la casa. Por una ventana la pude ver caminando entre las curvas floridas. Su capelina roja resaltaba entre las flores.
Preparé una limonada. Le agregué hojas de menta y mucho hielo. Serví dos vasos y fui hacia ella.
Estaba de espaldas con los brazos en jarra mirando unas hierbas que crecían donde no debían. Las piernas levemente separadas, terminaban en sus botas y comenzaban en su culo orgulloso y desafiante solo cubierto por unos jeans cortados. Cuando me escuchó, se dio la vuelta y una sonrisa se dibujó en su cara al descubrir que la admiraba. El sudor le había pegado la camiseta a la piel y sus pezones me miraban desafiantes.
Esa tarde subimos al observatorio.



Frente a nosotros el sol iba pintando el cielo de rojos, naranjas y amarillos. Detrás nuestro, todos los tonos del azul hacían el contrapunto. Pasamos horas charlando mientras miles de estrellas se desperezaban encima.
—Ahora vuelvo —me dijo.
Puse mis manos detrás de la cabeza y me dediqué a mirar el cielo mientras la esperaba.
Alfa Centauro, las Tres Marías, La Cruz del Sur señalando decidida el punto cardinal...
Sentí un ruido y vi su silueta trepar por la colina. Se recortaba entre las pinceladas del lienzo de flores. Dije su nombre para guiarla en la oscuridad. Traía una manta sobre sus hombros y una botella y dos copas en las manos.
Sirvió en las copas el vino tinto y se acostó a mi lado. Bajo la manta que la cubría, su cuerpo desnudo decía el mío. Nos besamos. Muy pronto se subió encima de mí y su luna apareció en mi horizonte. La besé y lamí como si ella fuera la de Méliès y yo la nave que invadía ese sitio tan deseado.
Las estrellas nos rodeaban, parecíamos flotar entre ellas. Algunas nos rozaban dejando sobre nosotros su rastro efímero. Intangible. Nos iluminaban con su brillo y nos hacían parte de su universo. El tiempo se detuvo hasta que nuestros gritos terminantes nos volvieron a la realidad. A la exquisita realidad.
Nos quedamos allí, abrazados, por no sé cuánto tiempo.

Al fin decidimos volver a la casa.
En el camino, unos metros antes de llegar, se detuvo como si hubiera recordado algo y me dijo:
—Esta noche debemos poner el despertador.
La miré sorprendido por esas palabras.
—Es que se murió el gallo…










El peor...


Nubes grises, frutas rojas

Clavelina se había desencantado de la vida. De la gente que la rodeaba. Un día se retó a sí misma a construir su mundo. Uno propio, sin patrones explotadores ni galanes de pacotilla. Ya había experimentado lo necesario para considerarse “experta en ciudades de mierda y relaciones estúpidas” y sin pensarlo demasiado y dispuesta a olvidarse de todo, vendió todas sus posesiones. Compró una cabaña perdida en el medio de un bosque y una vaca. Pintó la casa de colores vibrantes y a la res un clavel para recordar su nombre.
Segismundo no conocía ninguna ciudad. Pero quería hacerlo. Unos tipos que lo levantaron en la carretera cuando se dirigía a cumplir su sueño, después de muchas preguntas, le habían ofrecido  un trabajo. “Es temporal” dijeron. Solo cuidar unas plantas tan raras como ellos.
Nunca volvieron.
La soledad le trajo manías. Setenta y un pasos hasta el aljibe. Quinientos tres hasta el río… Se perdía en la cuenta cuando iba hasta la plantación a buscar esas flores que le gustaba quemar en la estufa. Cuando lo hacía, se reía y gritaba canciones olvidadas.
Una mañana, subió al chinchorro al Cachirulo. Un perro que apareció de la nada y se quedó con él. Remó hasta el otro lado del río dispuesto a dar un paseo.
Allí se encontró con Clavelina que paseaba a la vaca. Después de la sorpresa, la conversación se dio natural. Él preguntaba sobre la ciudad. Ella, sobre los quehaceres del campo.
Él soñaba con ver rascacielos. Ella, con comer algún postre con frutas.
Como todas las tardes, Segismundo se sentó a esperar el atardecer. Unas nubes que parecían una muralla se recortaban en el azul oscuro del cielo.
Son nubes, se dijo.

Agarró un balde y caminó los seiscientos once pasos que lo separaban de las frutillas.

Leticia

Cientos de bombitas delineaban la tienda haciéndola visible desde el pueblo. Hileras de banderines multicolores marcaban el camino hacia la entrada que tenía forma de payaso. El circo había llegado pleno de alegría y colores  vibrantes.
Excepto la ropa de Leonardo.
El traje, la pajarita que colgaba larga y el sombrero fedora, eran negros. La camisa blanca era lo único que cortaba su aparente oscuridad.  Cantaba en los entreactos de las funciones y en su repertorio, no faltaban baladas en francés. Estaba seguro que hacerlo en ese idioma era elegante y seductor.
Lo entusiasmaba llegar a un pueblo nuevo y pensar que podría cautivar alguna chica. Tal vez enamorarla  y al fin, cambiar de vida.
Leticia deseaba lo mismo, pero ya estaba enamorada. Cada noche escondida entre bambalinas, suspiraba en silencio escuchándolo cantar. Leonardo no solo le gustaba. Era el único que no la miraba como un fenómeno. Que la trataba como una mujer.
—Si tuviera valor…— pensaba la mujer barbuda mirándose al espejo.

Esa noche Leonardo realizó su mejor actuación. No necesitó recorrer la platea con la mirada buscando alguna mujer que le diera una esperanza. En la tercera fila, una belleza de ojos rasgados y prometedores,  le sonreía cantando con él en silencio.
Apenas terminar su actuación, arrancó un ramo de flores de la cabeza de un pony  y corriendo, fue a buscar a la chica.

El tono anaranjado que se filtraba por la tela de la carpa, creaba en el camerino de Leticia una atmósfera agobiante. Vestidos y zapatos caídos por doquier y su caja de maquillaje desparramada sobre la mesa, aumentaban esa sensación.

Una gota de sangre cerca de la navaja y la palabra “adiós” escrita con labial en el espejo, enmarcaban los pelos de la barba que descansaban en la pileta del baño.


lunes, 29 de diciembre de 2014

Bailar a las doce

Margarita, trata de acomodarse en su cama. Quiere dormir y despertarse cuando todo haya pasado. Hacía ya un tiempo que no podía darse el lujo de comprar esas pastillas que casi le hacían perder el sentido. Ahora, el mejor sedante es un whisky brasilero que consigue muy barato en la feria del barrio.
Hace mucho calor. Demasiado. El sudor que brota de su cuerpo humedece las sábanas.
Enciende un cigarrillo y como siempre, la primera pitada la hace toser. Busca el cenicero que está repleto de colillas bordadas de rojo intenso. El verlo tan lleno la hace sentir culpable y se levanta a vaciarlo. El cuarto de la pensión es muy pequeño y el espejo de pie, parece agrandarlo. Siempre trata de evitar mirarse, pero hoy sin saber muy bien el motivo, lo enfrenta.
Acerca su cara buscando un lugar entre las manchas. Siempre le había llamado la atención como su piel, tan blanca, contrastaba con el rojo de sus labios y la claridad del celeste de sus ojos. Se acomoda los bucles de su pelo. Las canas están ganando la batalla al rubio artificial que ella misma se aplica. Se saca la enagua de seda que está muy gastada y abre los brazos. De ellos cuelga demasiada carne. Su ropa interior es beige y está llena de encajes y cintas y pequeñas flores bordadas. Es casi tan barroca como ella misma. Agarra la carne de su cintura que apenas le permite ver la bombacha y tira de ella, como queriendo arrancarla.


Se sirve un vaso de whisky y lentamente se saca el sostén.
—Hacelo así, despacio, y mirame mientras lo hacés…
Sus tetas quedan apoyadas sobre la barriga. Las levanta a su antigua posición, a la que tenían cuando todavía era una niña pero de cuerpo exuberante.
—¡Mamá, me duele!
—¡Sos muy pequeña, y no podés andar por ahí despertando la lujuria ajena…! ¿Querés ser el hazmerreír de la escuela? ¿Qué todos se burlen de vos? ¡Vas a llevar la faja aunque te duela!
Mirarse el culo le costó más. Solo podía ver una parte. Una parte que era tres veces más grande de lo que hubiera querido y estaba cubierta de estrías, pozos y arrugas. Maldijo al tiempo mientras apuraba la bebida.
—¿Estás seguro que no me va a doler…?
—Claro que no. Pero si te duele, decíme y te la saco…
¡Mentiroso! Dijo en voz alta mientras sonreía y recordaba el provecho que le sacó a eso cuando trabajaba en los quilombos del bajo.
—¿Cuánto vale tu culito?
—¡Eso duele y la tenés muy grande! Mentía mientras luego de pensar un poco daba la tarifa que variaba según el cliente.
Se sirve otra copa y enciende un cigarrillo mientras mira la pared. Entre las golondrinas de yeso, tres clavos esperan que algo vuelva a colgar de ellos.
Del fondo de un cajón de la cómoda, saca tres fotografías. Los marcos son pequeños, delicados. Con arabescos en las esquinas. Observa las imágenes como si las viera por primera vez. Con curiosidad silenciosa.

La primera es de sus padres. Él, sentado en una silla con su mirada adusta de siempre y un bigote de milico de cuartel con ínfulas de general. Todavía recordaba la dureza de sus palabras cuando la echó de la casa.
—Ya tuviste de novio al loquito ese, y ahora te venís con uno que puede ser tu abuelo. Eso es cosa de yira barata. Esta es una casa decente. Así que si querés estar con ese, juntá tus cosas y tomáte los vientos. Le había dicho sin siquiera mirarla.
Ella, su madre, parada detrás, sumisa. Como su mejor lugarteniente, no había osado abrir la boca para tratar de defenderla. Simplemente corrió a esconderse a la cocina.
En la siguiente, ella y Alberto sonreían al salir de la iglesia. De la casi vacía iglesia. No recordaba lo lindo que le quedaba el vestido de novia. Blanco, con mucho tul y azahares. Y Alberto. La sonrisa de Alberto…
Se había casado con él por despecho. Para tratar de olvidar. Alberto había sido un gran hombre que había arriesgado mucho por estar con ella. Siempre la había hecho sentir muy mal el no haberse enamorado de él. El haberlo usado como excusa. Nunca supo si él lo sospechó.

Una mañana de otoño, a los pocos meses de haberse casado, el corazón le dijo basta.
Después de eso, la ruina. El periplo interminable tratando de sobrevivir.
En la última, un jovencito de camiseta blanca y jopo de gomina, posaba con la mirada perdida sobre una moto.
Juan era huérfano y un tiro al aire. Ese era el hombre al que se había entregado. El que fue todo en su vida. Su primer amante. Su único amor.
Se había enamorado de su soledad y su pose a lo James Dean. Pasear en su moto y hacer el amor en el campo, como en alguna de esas películas italianas de franja verde que tanto lo excitaban era cosa de todos los días. Pero la enamorada era ella. Solo ella. Y le costó entenderlo. La ausencia del catorce de febrero, el olvido de su cumpleaños, sus interminables ausencias por “trabajo”. Al fin, Margarita, tomó una decisión. Se iba a separar de él. Estaba harta de su falta de interés, de ser la que peleaba por mantener la relación.
Ya había preparado su discurso cuando golpearon a la puerta, la abrió estando segura que era Juan.
Era un policía.

Juan había tenido un accidente con la moto y ella era la única a quién avisar.
Al llegar al lugar, el cuerpo del muchacho estaba cubierto por una frazada marrón con rayas verdes. Recuerda sus gritos desesperados y las lágrimas que se negaban a salir. La impotencia ante lo inevitable. Ese “tal vez se habría arreglado todo si hablábamos” sigue flotando en el aire.
A unos metros del lugar, otro cuerpo estaba igual de cubierto. Las piernas de una mujer asomaban por un costado.
La imagen nunca se borró de sus retinas, igual que la furia que subió de sus entrañas. Igual que el sudor frío que le cubrió la piel en segundos. Las mismas sensaciones que aún sentía cada vez que lo recordaba.
El muy hijo de puta se había muerto pensando que podía jugar con ella. El muy hijo de puta se había muerto sin escuchar todo lo que tenía para decirle.
El muy hijo de puta se había muerto...



Afuera, una sucesión de explosiones,  anuncian la medianoche. Por la ventanita ve pasar falsas estrellas fugaces cargadas de mentiras y estúpidos deseos de felicidad.
Le da un trago muy largo a la botella y mirando las fotografías estira su mano en señal de brindis.
—Dónde quiera que estén… maldita sea su Navidad.
Margarita pone su canción preferida. Esa que le da paz.
Y baila.





lunes, 8 de diciembre de 2014

A 4 días luz de casa

Ground control to Major Tom  
Take your protein pills and put your helmet on.  
Ground Control to Major Tom  
Ten, nine, eight, seven, six…  
Commencing countdown, engines on.  
Five, four, three...  
Check ignition and may God's love be with you.  
Two, one, liftoff.*

Después de la adrenalina de la cuenta regresiva y el empuje de los cohetes que por un momento había alterado mi anatomía, todo había terminado.
El vértigo, el cosquilleo en el estómago. La emoción. Eran solo recuerdos lejanos.
Mientras orbitaba la Tierra, pensaba en ubicar mi casa, oculta por la distancia y unas nubes de tormenta donde explotaban relámpagos. Uno tras otro.
La imagen de aquellos desayunos de verano, cuando el sol recién comenzaba a entibiar y ella aparecía con su albornoz entreabierto apenas cubriendo su desnudez, insistían en perdurar.
Después del despegue, la interminable monotonía de días sin noche. De noches sin día. El conocer cada sonido y saber diferenciarlo.
Rutina. Puta rutina.
A los doscientos seis días de viaje, mientras flotaba por la nave revisando los instrumentos, comencé a ensayar una coreografía con algunas canciones viejas. Parecía divertido. Me sentía un personaje de alguna película de héroes estelares. Era solo un intento de distracción estúpido. Inútil.
Lo hice hasta que perdí de vista al sol. A partir de eso, lo único que me mantenía atento, era tratar de dirigir a Bartók y recordar cada cadencia. Cada golpe. Cada acorde monocorde de una música que odiaba.

Afuera, el vacío lleno de estrellas me hacia estremecer. Adentro era peor.
Momentos de preguntas de mil respuestas. De ninguna correcta. Acertada.
¿A qué distancia se empieza a olvidar?

Después de mucho o de poco, vi a lo lejos por la ventana de estribor que una luz brillante, esplendorosa, hacía mi mismo camino. Pensé en un cometa. En los restos de un satélite perdido.
Era una nave. De metal bruñido, resplandeciente. Alguien tan solo como yo. Tal vez alguien a quien preguntar.
A quien responder.
Cambié a control manual y puse rumbo hacia el punto de luz como si fuera un faro. Como si fuera el único en la infinita inmensidad del universo.
—Control de tierra a mayor Tom. ¿Puede oírme mayor Tom?
La voz sonaba a lata y era tediosa.
—Mayor Tom, su rumbo cambió. Retómelo inmediatamente. De lo contrario se perderá en…
Extrañamente, todo parecía volver a tener sentido.
Cerré la comunicación y fui tras el brillo. Sin siquiera saber si alguna vez podría alcanzarlo.


* David Bowie. Space Oditty




miércoles, 8 de octubre de 2014

¡Chau, Novelitas...!

Es muy común escuchar la frase: El fin de un ciclo.
Es real. Los ciclos se cumplen. Se terminan y Novelitas cumplió el suyo.
Aquí hay muchas historias. De todo tipo. Y lo que narran, es eso. Lo que pasó en un ciclo.
Las historias van a seguir aquí esperando que alguien quiera leerlas.
Gracias a todos los escritores, o apasionados, o los que tenían algo que decir, que colaboraron con sus historias para hacer de este lugar un sitio que quise mucho.
¡Son los mejores!
Y gracias. Eternas gracias a todos los que se tomaron la molestia de entrar a leer.
¡Son más mejores!
Queda un último relato escrito un tiempo atrás.

Abrazos y más gracias.



Cuentos de Calma Chicha, presenta: Cuadernos de popesía
El panamá volador
Única escena.


Era un sombrero panamá. Clásico.
 De color beige claro con una cinta negra a su alrededor.
 Estaba seguro que esa cinta tenía un nombre. Nunca lo supe.
Ni tampoco el motivo de su nombre
Y volaba.
Por momentos tranquilo, como planeando.
 Subía. Bajaba.
Giraba en el aire como haciendo una demostración de sus habilidades.
 Como tratando de explicar que podía dársele otro uso.
Contrastaba con el azul del cielo y nos cegaba
cuando dejaba al sol ponerse a su espalda.
Quedaba precioso en su cabeza.
Cuando se lo probó, comenzó a hacer caras chistosas
imitando a un gangster
o a una estrella de cine.
Le daba un aspecto que no sabría definir pero que me encantaba.
Hasta que el viento se lo arrancó
como por arte de birlibirloque.

La tarde estaba terminando. El verano, no.
Recién comenzaba. 
La playa era un buen lugar para caminar sin apuro.
A paso lento.
Contando, escuchando. Riendo.
Dejando a la magia hacer su trabajo.
Nos habíamos encontrado temprano.
El saber de ese plan no me había dejado dormir imaginándola.
Deseando encontrarla. Tenerla cerca.
Conquistarla.

Levantó los brazos con rapidez. Pero no fue suficiente.
Sus manos quedaron vacías tratando de retener lo que le habían robado
y en su boca la sonrisa que tanto me gustaba,
se transformó en una “O”
Perfecta.
Llena de asombro.

Cuando la vi llegar,
todo pasó a ser parte de un segundo plano.
Siempre que estaba con ella me pasaba. Eran días inolvidables
llenos de sensaciones, de colores vibrantes.
De risas, de roces provocados
De miradas tímidas
Estábamos escribiendo un guión.
Una trama.
Deliciosa.
Excitante
Para una escena que no quería que terminara.

Comenzamos a correr detrás de él.
Al principio, preocupados por atraparlo,
luego,
cuando las risas provocadas por vernos correr tras el sombrero
se adueñaron de la tarde,
 todo se transformó en un juego divertido y provocador.
 Inolvidable.
Como era previsible,
el sombrero terminó su vuelo en el mar poniendo proa a quién sabe qué destino.
Como era previsible nos quedamos allí,
Sobre la arena, esperando el atardecer.
Iniciando un paseo por un universo nuevo
Escribiendo una escena a cada instante
Igual de deliciosa.
Solo deseando
Solo esperando
Que el temido “corten”
no llegara jamás.




martes, 7 de octubre de 2014

Cuadernos de popesía, presenta: Demasiadas noches

Muchas noches me cuesta dormirme
y prendo la tele y la apago
o la computadora y escribo
Muchas noches me cuesta dormirme
Y trato de entender por qué gira el mundo
o por qué ese perro ladra
o cualquier otra estupidez
y prendo un cigarrillo que me hace toser
y lo apago
y prendo otro
Muchas noches me cuesta dormirme
pensando cosas en que no quiero pensar
o en proyectos que se amontonan
o en cortarme el pelo
en siempre tratar de levantarme con el pie derecho
o a propósito, con el izquierdo
qué más da
Muchas noches me cuesta dormirme
planeando hacer una pulsera
como un talismán
que me cambie la racha
o la cabeza
Muchas noches me cuesta dormirme
y me imagino tomando unas virundelas
con gente que hable pavadas
o cosas serias
sin importar qué.
Muchas noches me cuesta dormirme
y me imagino durmiendo
con los hombros flojos
con la cabeza en blanco
Imaginando otro día
Otra cara
Muchas noches me cuesta dormirme
y prendo la tele y la apago
o la computadora y escribo

como ahora.


lunes, 6 de octubre de 2014

Mi Memoria Un relato de Maite Moreno

El cielo azul se pierde entre las tres montañas. El valle parece un gran campo de golf. Las casitas rurales y chalets recién construidos son como recortables pegados en aquel paisaje. La suave brisa apacigua el calor. Y el placer de poseer un pedazo de tierra; me lleva  a creerme una  Scarlett O´Hara. La ocurrencia me arranca una sonora carcajada; a pesar de que las circunstancias me obligan a vender aquel terreno.
Observo el balado hecho por mi abuelo. Lo hizo apilando pedruscos de distintos tamaños y formas hasta conseguir el ajuste perfecto. Era el modo de  poner los límites de las fincas. Siempre soñé con construir allí una casita para regalar a mis hijos. Felices recuerdos. No pudo ser, los sueños, a veces, sueños son.
Los restos de a casa han sido invadidos por una amalgama de plantas silvestres. Mi abuela tenía plantas de malvas olorosas, como ella las llamaba, delante de la casa. Le gustaba el aroma que desprendían y siempre llevaba en el bolsillo unas cuantas que estrujaba de vez en cuando con las manos. De niña sonsacaba a mi madre información sobre su padre, para ir modelando la imagen del abuelo que nunca conocí:
—Mamá ¿Cómo era el abuelo?
—Papá era un hombre muy fuerte, y muy rubio, tenía unas manos muy grandes… Qué  joven era, 47 años, cuando nos quedamos sin él—Y en este punto la voz de mi madre adquiría matices de niña—.Un día mamá, muy nerviosa, me ordeno que  recogiera a mis hermanos y me escondiera con ellos. No regreses hasta que oigas que te llamo ¿Entiendes? Me asusté y comencé a llorar, solo era una niña de siete años. Me limpió las lágrimas, me beso. Muy hablo en susurros pidiéndome que no tuviera miedo. Es como jugar al escondite. Llorando comencé a buscar. Al pequeño, un bebé, lo cargué en brazos. Decidí ir por el camino de los prados, pero a lo lejos divisé las cabezas de unos caballos y sobre ellos varios guardias civiles. Aterrorizada, sin saber muy bien el por qué, decidí que nos esconderíamos en el horreo, era lo más a mano que teníamos y además estaba pegado a la casa. Todavía no sé como pudimos subir a él. Una vez adentro nos acurrucamos entre el maíz. Desde allí, entre las rendijas de los tablones, podía controlar lo que  sucedía. Mis padres esperaban a aquellos hombres en la puerta de entrada, y podía  oírlos.
—Escápate—Le suplicó mi madre.
—Yo no he hecho nada y no tengo por qué  esconderme—Contestó mi padre.
—¡A ellos le da igual, vienen a por ti!— Alzó la voz desesperada.
—No buscan a labradores que viven honradamente y ayudan a los vecinos—Y con estas palabras cortó la conversación. Mi madre ocultó el rostro con sus manos.
En el horreo, sentí como el silencio ahogaba el crujir de las hojas secas del maíz. Mis hermanos aterrorizados me observaban. Puse mi dedo sobre mis labios. Miraron al bebé, dormía.
El sonido de las herraduras de los caballos sobre el camino y el roce de las capas ásperas de los guardias sobre los animales, borro la voz del día. Se apearon muy  cerca del horreo. Sentí que me asfixiaba. Sus cuerpos desprendían olor a sudor rancio y a humedad. Fueron directamente a por mi padre. Lo sujetaron por los brazos y lo introdujeron en la cuadra.  Mi madre daba patadas a los que estaban en la puerta para que la dejasen entrar. Le dieron un empujón y cayó al suelo, allí se quedó llorando desesperada.
Mi boca se secó, abracé a mis hermanos y ajustamos nuestros cuerpos hasta que nos transformamos en un fardo de maíz. Con el miedo quedamos dormidos. Despertamos con la voz de mi madre,  voceaba una y otra vez nuestros nombres. Se llevó las manos a la cabeza cuando nos vio y nos abrazó tan fuerte que nos hizo daño, pero nadie se quejó. 
Al llegar a este punto de la historia, a mi madre se le ahogaban las palabras. Yo la abrazaba y la besaba, pero  mi curiosidad era más fuerte.  
—¿Y qué le hicieron al abuelo?
Ella, me miraba y sacudía la cabeza; después suspiraba, acariciaba mi mejilla diciéndome:
—Fue en otro tiempo, un tiempo de guerra, ahora ya pasó. Ya te lo conté muchas veces. Lo retuvieron mucho tiempo en la cuadra y él no llevaba puesto nada de abrigo; pasó frio y pillo una pulmonía. Murió a los pocos días. Y de esta manera ponía fin a la historia y a mis preguntas.
Pero crecí y descubrí la verdad. Falleció por la gravedad de aquella paliza; y de otra que le propinaron unos días después. Mi abuelo no quiso descubrir los lugares en donde se  escondían los vecinos que se habían ido a las montañas a causa de la guerra.
Mi abuela viuda y con cuatro hijos trabajó duramente. Pero esto lo hicieron miles de mujeres. Ella jamás  habló de su dolor, de su rabia. De la herida que le quedó en el alma para siempre. De la impotencia de no poder devolver los mismos golpes que le propinaron a su marido. De la impunidad de aquel acto. Ella jamás se quejó. Mi abuela, me regaló historias para que me durmiese. Muchos besos sonoros. Despertares con aroma del chocolate recién hecho. La firmeza de su mano sosteniendo la mía por el camino empedrado hasta su casa. Las risas, cuando, yo, niña de ciudad, imitaba los mugidos de la vaca del vecino durante el parto. Y un inmenso amor por mí.

El eco de unos disparos sobresaltan mis recuerdos. Son los cazadores, que no deben de estar muy lejos. Las malvas olorosas se agitan. La brisa es ahora más intensa y fría. Scarlett O´Hara no vendió su plantación. Yo tampoco venderé mi memoria.

Maite Moreno

martes, 30 de septiembre de 2014

El Jardín de los jazmines

1. Ana y sus sueños

El jardín de los jazmines era un sitio pequeño y acogedor oculto en el fondo de la casa de Ana por el macizo que con los años había formado la Dama de la Noche.
Las noches de verano, cuando terminaban esos chaparrones indecisos y el cielo se abría, Ana iba corriendo a sentarse junto al charco que se formaba allí. Le gustaba sentarse frente a él y llamarlo La laguna de las estrellas perdidas.
A veces, dejaba que una hoja se deslizara sobre el agua y le gustaba pensar que era un barco volador que atravesaba el cielo saltando de estrella en estrella conducido por un Señor Smee joven, valiente; de esos que quieren llevarse el mundo por delante persiguiendo un sueño
Pero Ana fue creciendo y convirtiéndose en una joven hermosa y lentamente otras cosas ocuparon su cabeza y su tiempo.
El liceo, las clases de francés. Amistades de alcurnia. Planear cuidadosamente el viaje de estudios que sus padres le habían asegurado cuando al fin cumpliera los dieciocho. Claro que para eso todavía faltaba bastante, pero el entusiasmo y la ilusión de tamaña aventura llenaban muchos vacíos de sus días.

2. Daniel y sus sueños

Daniel entró al liceo con el aire ganador de siempre, pero dudando si debía estar allí.
Unos meses atrás, no tuvo otra solución que abandonar los estudios para dedicarse a trabajar, ya no era un chiquilín y sabía que en su casa hacía falta otra entrada de plata, pero el baile de fin de año lo atraía. Era una forma, seguramente la última, de estar con sus compañeros de curso.
Con un enorme sacrificio, se había comprado unos vaqueros de esos que se gastan y una camiseta a rayas. Eso lo hacía sentir confiado, sabía que no iba a desentonar con el resto de los asistentes. Una de las contras de vivir en la casa más humilde de un barrio acomodado donde él, a veces, se sentía como sapo de otro pozo.
No se olvidaba de su casa de paredes descascaradas y flores de plástico. No podía. Solo quería alguna vez, llegar a ser alguien en la vida. Poder darles a sus hijos todo lo que a él la había faltado.
Y empezaba por tener una actitud ganadora. A mal tiempo, buena cara solía decir su padre y él, había adoptado ese dicho como una consigna. Como una excusa para tener algo que vencer.

3. El baile del liceo

Era el primer baile al que Ana asistía. Estaba feliz rodeada de sus amigas esperando entusiasmada el momento de que algún galancito la condujera  al patio del liceo donde estaba la pista y comenzar a bailar. Eso la iba a hacer sentir adulta y por qué no, deseada. 
Cuando Ana lo vio tan alto y despeinado, mirando a su alrededor con descuido y con aquella camiseta blanca  con rayas celestes, fue como si Robert Mitchum hubiera saltado de la pantalla pero en colores. No pensó en nada más. Ese era el que esperaba. El que se había ido del liceo antes de que pudiera conocerlo y que ahora volvía, tal vez conduciendo el barco estelar.
Sus miradas se encontraron y una sonrisa brotó natural, inesperada. La música pareció enmudecer y el “¿bailás?” detrás de la mano extendida fue solo una pregunta que los dos sabían innecesaria pero que disfrazaban en una duda, de esas que la formalidad pide.
El "sí", se dibujó tímido en su boquita pintada y esa noche la pasaron bailando, cada vez más apretados, sintiendo sus corazones palpitar entremezclados.
El beso llegó cuidadoso, como el primer sorbo a una taza de café, ya cuando el baile terminaba y los dos se preguntaban por qué el tiempo pasa tan rápido. Tan inclemente.
El amor se desvistió con ellos. Tímido, inexperto, un par de meses después, cuando las hojas empezaban a caerse. En el sofá de la casa de él. Allí, abrazados, desnudos por primera vez, supieron que a pesar de las diferencias, iban a ser inseparables.
Agradecidos de que el amor los haya hecho encontrarse aquella noche de diciembre en el patio del liceo.

4. Despedida

—¡¿Estás loca?! ¡¿Vos con ese muerto de hambre?!
El viaje de estudios que se adelanta.
Los gritos, las lágrimas.
La despedida y los juramentos.
Los voy a volver.
Los no te voy a olvidar…

5. Reencuentro

Daniel vio que llegaba un auto a cargar combustible. Uno de esos nuevos, relucientes. Uno de esos que alguna vez soñó tener.  Brevemente miró a su interior. Otra rubia. Seguramente teñida. Manos cuidadas, de esas que no saben de complicaciones. Piernas entreabiertas, bien torneadas asomando con generosidad por la pollera rebelde. Había aprendido que por más que estirara sus brazos, eran inalcanzables. Mucho más que  esos autos.
No miró más.
Llénelo, dijo con voz acostumbrada a dar órdenes.
Ella se sacó los lentes y movió el espejo para arreglar su pelo.
Él, le limpiaba el parabrisas mientras el surtidor hacía su trabajo.
Mientras la espuma se abría como un telón, un muñequito de un viejo con barba blanca y camiseta a rayas que colgaba del espejo, hizo que él mirara más allá. Sus miradas se cruzaron. Fue solo un instante. Eterno. Removedor.
De reconocimiento impensado. Como si alguien hubiera abierto el libro de los recuerdos y de pronto todo el pasado golpeara allí, donde más duele.
Daniel caminó los kilómetros que lo separaban de la puerta del auto con paso cansino. Sus oídos no escuchaban. Sus ojos no veían y su boca no era capaz de emitir palabra. Solo su estómago parecía estar vivo.
Y el puño que lo apretaba.
La mano que paga.
El breve roce de sus dedos.
El vehículo que arranca como escapando y Daniel, solo en medio de su desierto con un brazo a medio levantar, intentando un saludo a la nada.
El viento traía olor a nafta, a aceite. A realidad.

Pero Daniel  sentía otro. Sentía el aroma de los jazmines de verano mezclado con promesas y cosas que pudieron ser.



lunes, 29 de septiembre de 2014

La ventana

Daniel había nacido en un ranchito solitario en el medio de la nada. Los recuerdos de su infancia no eran muchos, pero uno de ellos dominaba su memoria y aún lo emocionaba: la llegada del hombre a la luna. La escuela, que era la poseedora del único televisor de la zona, se había vestido de gala para presenciar el evento. La increíble noticia de que se iba a poder ver la hazaña en el mismo momento que estaba ocurriendo era difícil de entender, no solo para los niños. El aparato estaba colocado frente al pizarrón de la única clase. La maestra había copiado un diagrama de un diario y escrito los detalles con caligrafía clara y tizas de diferentes colores. Todos habían sido puntuales, y en la escuela se juntó tanta gente como en la kermesse de fin de año. Cuando comenzó la transmisión, el asombro se dibujó en las caras de todos y Daniel, que era el más entusiasmado, al ver el módulo descendiendo sobre esa tierra gris y árida, se acercó a la ventana y se puso a mirar el cielo tratando de distinguir la nave.

 Daniel miró hacia abajo. El tránsito estaba en el apogeo de la hora pico y algunos conductores golpeaban las bocinas con furia. La gente en las paradas se dejaba engullir por los ómnibus empujándose unos a otros. Cuando el olor de la ciudad comenzó a invadir su oficina, cerró la ventana y con sus manos en los bolsillos, elevó la mirada. Los edificios que parecían llegar al cielo, actuaban como un telón de cemento y vidrio. Daniel no extrañaba los veranos en el arroyo, ni la pelea de las semillas por llegar al sol, ni el perfume de los tilos. 
No. 
Extrañaba profundamente el abrir la ventana y poder ver la luna.

lunes, 15 de septiembre de 2014

olvidos

Me dijeron que hace unas noches me emborraché. Que había empezado a tomar tranquilo, como todos.
Me dijeron que luego me puse locuaz. Alegre. Que hacía bromas y que todos nos reíamos.
Me dijeron que luego empecé a cantar, que me subí a bailar sobre una mesa y que subí a una mina conmigo.
Me dijeron que muy pronto se bajó y que yo ni siquiera me di cuenta.
Me dijeron que me tuvieron que ayudar a bajar, que me puse muy pesado y que estuve sentado en una silla con la vista perdida y callado por mucho rato.
Me dijeron que me tuvieron que sacarme el cigarrillo de los labios porque ya me estaba quemando y que cuando me levanté, me abrazaba con todos y decía que los quería.
Me dijeron que mientras lloraba decía muchas cosas que nadie entendía y que para salir tuvieron que esquivar los charcos de mis vómitos.
Me dijeron que me trajeron a casa y que me caí en la puerta.
No me acuerdo de nada.

Solo el motivo por el cual me emborraché.

martes, 9 de septiembre de 2014


Otros quebrachos. La canción y el que la versiona.

Quebracho


Las campanas suenan fuerte

Los fieles en procesiones

Y vos sin agua bendita

Sin saber de concesiones

Caminás por calles perdidas

en las que el sol no calienta

Tomando elíxir del pico

milagreando en callejones

Las luces del centro se prenden

pero igual todos te ignoran

Vomitando tristezas, rezando a algún ángel

de esos que miran y lloran

buscando un albergue,

una covacha, una guarida

donde pasar sin miedo

lo que te quede de vida

abrazado al perro; a la botella

tus abrigos más preciados. Recordás con una sonrisa 

Los tiempos que son pasado

aquellos llenos de amigos, de familia.

Acompañado.

El sol te agarra sin rumbo,

Sin esplendor ni horizonte.

Y no sos vos, es la vida

La que camina sin norte.

Sin presente ni pasado.


jueves, 28 de agosto de 2014

Globos

El apartamento donde vivo, es muy antiguo. Está en el segundo piso y no tiene ascensor. Los peldaños de mármol blanco están gastados justo allí, dónde se apoyan los pies. Los que conducen desde la entrada hasta el primer piso lo están mucho más que los que llevan a la azotea. Esos están inmaculados, impertérritos en su soledad.
La primera vez que entré a él, me deprimió ver el estado de abandono que tenía. Las paredes estaban descascaradas, los pisos parecían los de un establo y el techo estaba tan alto que me hacía sentir un enano. Ya me iba cuando la mujer que lo alquilaba, abrió la ventana. Los postigones chirriaron con el movimiento e inmediatamente la luz de la mañana invadió el lugar. Lo que se veía a través de ella parecía un paisaje suburbano pintado por Gauguin. El celeste del cielo contrastaba con los verdes de la plaza. Una plaza chica pero hermosa. Llena de flores, caminitos de piedra y una fuente.
Una plaza con forma de mujer.
Me quedé con el lugar solo por su ventana, por la vista. Era verano y siempre la tenía abierta. Si no me quedaba horas mirando a la calle, me divertía escuchando sus sonidos y por la noche, el perfume de las flores desveladas me ayudaba a dormirme con una sonrisa apurada, deseando que el amanecer llegara pronto.
Cada mañana, cuando el sol empezaba a iluminar los jacarandás y a acortar sus sombras, aparecía su figura caminando lento, con ese vaivén que a veces parecía una danza bailada al ritmo cadencioso de un saxo.
La vendedora de globos.
Llevaba tantos, que eran como una nube que la cubría. Que la acompañaba protegiéndola, quién sabe de qué. Los globos brillaban y parecían pelearse para que la luz resaltara sus colores vibrantes.
Nunca la vi hablar con nadie, solo parecía hacerlo con los querubines de la fuente donde se detenía. Luego, se inclinaba sobre el agua y desde la distancia, podía ver los reflejos jugando con su cara. Al rato, se iba seguida por la sombra de sus globos y por mi mirada.
Muchas noches soñaba con sus ojos tristes y su sonrisa alegre. Soñaba que estábamos tan cerca que nuestra visión se nublaba y su aliento me invadía y que su lengua tibia jugaba con mis labios que esperaban pacientes y que cada globo era un deseo que explotaba llenando el lugar de colores y volvía a aparecer más brillante que antes. Entonces, mis manos se llenaban de ella y moríamos ahogados en saliva y en jugos arcoíris y renacíamos para volver a empezar.
Una mañana bajé a la plaza caminando entre sus piernas dispuesto a encontrarla. Me senté en el banco de su monte de Venus, el cercano a la fuente. Llegó puntual mirando las flores y pisando con cuidado algunas hojas que se empeñaban en caer, casi deslizándose debajo de sus globos eternos. La miré mientras esperaba que su mirada dejara de nadar en el agua quieta y me acerqué dispuesto a hablarle.
Nos miramos por unos instantes indecisos y solo se me ocurrió pedirle unos globos.
¿Azul lealtad, destructor de lo negativo? ¿Verde armonía esperanzadora? ¿Naranja alegría de verano? ¿O rojo pasión peligrosa y ardiente…? ¿Cuáles querés…? Me preguntó con una sonrisa pintada en sus ojos abismo.
Cuando llegué a casa, desde la ventana vi su sombra perderse por el pecho firme, el de mi mano izquierda. Até uno a la cabecera de mi cama y dejé que el resto y mi cobardía se perdieran arrastrados por la brisa fresca. Los globos volaron haciendo piruetas. La cobardía quedó allí, estancada, negándose a volar.
La vendedora de globos llega cada noche de mis noches. Lúdica, ardiente, lejana. Cercana y apretada como un abrazo. Transparente y opaca a la vez. Sabedora de mi pasado. Adivinadora de mi futuro incierto. Pitonisa irreversible de mis noches mojadas. Y cada vez se marcha volando tras sus globos irreverentes y concisos dejando una sonrisa fugaz o una mirada interrogadora. Fabricante de mis sueños y de mis miedos.
Y me despierto en medio de la madrugada a veces sobresaltado, a veces feliz y miro el techo alto y allí están, brillando por la luz anaranjada que entra de la calle y siento su pierna desnuda apoyada sobre la mía y su brazo suave acariciando mi pecho agitado y temo mirar al costado. Y descubrir que tal vez es un sueño.
Solo un sueño.





domingo, 24 de agosto de 2014

El último dandy

La noche se despertaba con un bostezo de nubes grises, amenazantes. El viento que trepaba por la escollera y recorría la calle Sarandí  de punta a punta, traía olor a temporal. La Ciudad Vieja, lentamente, se iba vistiendo de soledad.
Corté por la Plaza Zabala, una vuelta aquí, otra más allá y llegué a la rambla. A la portuaria. A la que tiene olor a salitre mezclado con aceite, a esa donde los mástiles y las grúas parecen clavarse en el cielo. El tiempo me había cambiado algunas costumbres, pero el camino era el mismo.
Buscaba la iglesia. La verdadera. El lugar en que los hombres se confiesan si tener que arrodillarse a pedir perdón. 
El boliche se llamaba “El perro que fuma”. 
Era un lugar muy chico donde el tiempo se había estancado. El mismo mostrador, las mismas mesas. La misma mugre. No, la misma, no. La suciedad se renovaba día a día. Se pegaba contra la grasa que volaba de los chorizos al vino blanco formando capas que si alguien se atrevía a cortar, revelaría la verdadera edad del lugar. Las paredes revestidas de madera torneada y en un tiempo lustrosa, estaban atiborradas de fotografías, algunas enmarcadas, otras, simplemente clavadas con tachuelas que lentamente contagiaban su óxido al papel.
Entré y pedí lo mismo de siempre. A mi lado, sentado un taburete por medio, la cabeza de un hombre, apenas sobresalía de entre unos hombros flacos y huesudos. Los codos apoyados en la barra y la espalda muy arqueada formaban una “S” casi perfecta con las piernas que parecían anudadas al asiento. Sus dedos jugueteaban con una caja de cigarrillos con desidia. Frente a él, un vaso gritaba que lo volvieran a llenar. El Ramón.
El Ramón había sido un dandy. Un jailaife.
De muy joven se había chocado con la muerte de sus padres y con toda la guita que le dejaron. Tanta que no precisó laburar. Nunca. Alguna vez había intentado algún negocio. Una sastrería, pero de las buenas. Un biógrafo y parte de un teatro. Las fundió a todas.
Las mejores pilchas, los autos más caros y viajes a Europa en transatlántico eran cosas de todos los días
Cuentan los viejos que en la sastrería conoció a Leguizamo y por su intermedio, a El Mago. Se hicieron amigos y pronto Carlitos le contagió su gusto por los pingos y la noche.
Arrabaleaba las madrugadas de piringundín en piringundín. Escabiando lo que le pusieran adelante. Rascaba un poco la guitarra y de vez en cuando, se cantaba unos tangos con aquella voz de caño que les encantaba a las minas. Cada noche se iba con alguna. Cualquiera. Desde la yira más barata hasta las de nariz para arriba de alta sociedad que caían como pejerreyes, encandiladas por su labia y el misterio, que sin querer, su propio entorno le había creado.
Amigos, futuro. Amores de película. Parecía que no había penas ni olvidos. Que nada malo podía pasar. Ya de adulto conoció a la Nelly, una pendeja con el culo lleno de papelitos y un par de tetas que parecían tener vida propia. La Nelly le borró de un plumazo todos los berretines. Él, que decía que nunca iba a caer en las garras de ninguna ninfa, con ella, se encajetó tanto, que la minita hizo con él lo que quiso.
De repente, las promesas se empezaron a perder entre excusas. Los corazones que aparecían sobre vidrios empañados se transformaron en dibujos tan huecos como las palabras. En una costumbre insulsa.
Hasta que la Nelly se fue. Así, sin aviso, cautivada por un galancito más joven y con más guita que él.
 La fiesta se le había terminado, y las últimas bombitas de colores se perdían entre los reflejos de la madrugada temprana. Fue el final de aquel cielo lleno de ángeles y santos de mirada perdida y sonrisa piadosa que el Ramón creía que nunca lo iban a dejar de a pie.
Después de eso, la bohemia. El desinterés.
Se juntó con poetas muertos de hambre, pintores prontos para el exilio y cantores de tango. A todos los ayudó con sus proyectos sin importar cuánto costaran.
De a poco se fue alejando de sus lugares habituales. Hasta que desapareció por años metido quién sabe en qué agujero, tal vez pensando en lo que tuvo.
Ahora, reenganchado en noventa y nueve y casi sin equipaje, viene todas las noches a mamarse hasta las patas, acá, o en El Hacha, o en El Yacaré. En el primer bar que encuentre en su periplo interminable.
Le mandé una copa. Me miró y antes de tomársela de un buche, dijo con la lengua atragantada: La penúltima.
Lentamente desanudó sus pies y se levantó. Al pasar murmuró un hasta mañana. El bolichero le preguntó si estaba bien. El viejo se detuvo y sin mirarlo le hizo el cuatro. Tembloroso, inestable, pero un cuatro al fin.
Afuera, el cielo tronaba dispuesto a descargarse de un momento a otro. El Ramón ni siquiera miró hacia arriba al salir. No había ningún motivo para hacerlo.

El último santo hacía tiempo que ya había caído.


Fotografía de Flo Alvarez Rojas.