miércoles, 28 de octubre de 2015

Adentro

Van Gogheando con los pies en el agua y la mirada en el cielo
buscando una estrella en la noche estrellada




martes, 29 de septiembre de 2015

Alas y anzuelos

El Porteño era un viejo de barba larga y sobretodo eterno. Siempre se sentaba a pescar en la parte vieja de la rambla, allí, cerca del puerto. Solo. Lejos de todo. Dándole la espalda a la ciudad.
Cuando lo veía, no podía resistir la tentación de sentarme a una distancia respetuosa a mirar el sube y baja del lengue, hipnotizado por el movimiento y el brillo de los anzuelos.
En silencio.
Hasta que un día, el viejo empezó a hablar. No sabía si conmigo, o con él, pero dejé de mirar el agua y empecé a escuchar lo que decían sus frases cortas, espaciadas.
Es difícil de creer, pero la mujer alada existe, muchachito, y tenés que saber a qué atenerte si algún día conocés alguna.
Apretó la caña larga bajo una pierna y sacó un paquete de tabaco del bolsillo. Se limpió las manos con un trapo y con total parsimonia empezó a armar un cigarrillo. Antes de ponerlo entre sus labios, sacó unas hebras que habían quedado fuera y al fin lo encendió. Dio una pitada profunda saboreando el humo y mientras lo expulsaba por la nariz, miró el cielo.
Lentamente, la caña volvió a su continuo y rítmico sube y baja esperando despertar la curiosidad de algún pez.
Esa mujer puede ser que un día te elija, que te permita elevarse con ella. Si lo hace, será porque sabe que vos también podés volar. Con una tos confundida con suspiro y sin sacar su mirada del horizonte, golpeó cuidadosamente el cigarrillo. La ceniza cayó lentamente al agua, dando volteretas.
Si te atrevés a tamaño desafío, no trates de volar más alto que ella.
Ni te retrases.
No suele mirar atrás. Solo se deja acompañar. Quedáte junto a ella. Pero no la pierdas de vista, porque después ninguna, pero ninguna otra te parecerá suficiente.

Recordé esta historia al pasar por allí. Visto desde lo alto, no parecía el mismo sitio. Una playa de contenedores se había llevado el agua, la rambla y la magia del lugar.
Ya estaba cansado, pero seguí aleteando.







A MD

sábado, 5 de septiembre de 2015

El pez

Villa Mentiuntur era rara. Perdida en un valle pequeño y rodeada de montes, sus calles se habían construido formando un espiral que terminaba en la parte más baja donde estaba la Plaza del Correo. Nadie se explicaba el por qué de ese nombre, ya que no había correo y la estatua que había en su centro, era un recordatorio a las víctimas de la guerra de Espangleto y aunque esa guerra ni ninguna otra había afectado al país, nunca nadie osó poner en duda todo el coraje que reflejaba la imagen ecuestre del Soldado que señalaba un punto en el suelo. Exactamente, al desagüe.
Más allá, directamente bajo la Cruz del Este, un faro que era solo visible desde las partes más altas, protegía la costa.
El lugar era hermoso, paradisíaco. De casas coloridas; lleno de árboles y flores naranjas. Los pobladores de sonrisas francas y felicidad pintada, se caracterizaban por no hacer preguntas. Solo las necesarias e imprescindibles para convivir.
Era enero cuando comenzaron las lluvias.
Al principio, indecisas. Refrescantes. Después y sin parar durante cuatro días, un diluvio inundó la villa..
Cuando al fin la inclemencia cesó, una noticia insólita que se encargó de propagar El Periodista, alarmó a todos.
Un pez gigantesco tapó el desagüe.
Los pobladores, más que incrédulos, intrigados, hacían enormes filas tratando de llegar como pudieran a la plaza.
Era verdad. Allí estaba el pez más grande jamás visto a los pies del monumento al Soldado. Verde, con escamas del tamaño de platos y ojos tristes que miraban sin ver, de vez en cuando golpeaba la cola contra el agua, empapando aún más, a todos.
—Es un Medenmendero…— dijo El Ictiólogo— macho. Pensé que estaba extinto…
—Los Medenmenderos, son de la orden de los sirénidos y no son peces. Son mamíferos— Corrigió La Maestra.
—¡Hay que sacarlo cuanto antes! ¡Todo peligra!— gritó El Alcalde, que también era El Ingeniero.
Todos se preocuparon por esas palabras y sin hacer preguntas, como era usual, con el agua a la altura del pecho, unieron esfuerzos para remover al pez. Ni las cuerdas, ni las palancas, ni las palabras cariñosas del Ambientalista, ni siquiera los rezos del Cura, pudieron moverlo.
De pronto un murmullo desvió las miradas. Todos abrían paso a lo que parecía un ser de otro planeta. Era El Ingeniero que venía enfundado en un traje de buzo, seguramente maldiciendo la falta de sol que hiciera brillar la escafandra y hacer así su entrada más apoteótica.
¡Voy a destapar el desagüe…!— gritó acercando la boca a la ventanita redonda esperando los hurras.
—Ya es tarde…— sentenció El Viejo— El agua ya hizo su efecto. Todo terminó…
Haciendo caso omiso, el ahora Valiente, Ingeniero y Alcalde, se sumergió.
A medida que los minutos iban pasando, el nerviosismo se iba apoderando de todos. Al fin, los voluntarios que soplaban por la manguera para darle oxígeno al sumergido, se detuvieron. Cuando de pronto, el agua comenzó a bajar formando un remolino que arrastraba todo.
Los frentes de las casas que eran de cartón. La cruz de la iglesia que parecía de oro, mostró que solo era madera mal pintada; las flores, de plástico. Todo se iba por el desagüe sin que nadie pudiera hacer nada por impedirlo. Solo un decorado. Papeles pintados. Telones.
Pronto comenzaron los primeros gritos interrogadores. Las acusaciones. Los empujones y algún golpe perdido. Lentamente, los pobladores de la Villa Mentiuntur abandonaban el lugar tratando de no mirar la desolación, la nada en que se había convertido todo. Todos.
Fui el único que se quedó.
Aún vivo aquí.
Adopté al pez que era lo único verdadero. O él me adoptó a mí.
Por las noches miro al cielo buscando las estrellas que forman la cruz y me quedo esperando.


Esperando no sé qué.




viernes, 26 de junio de 2015

Historias usadas

Las imágenes prismáticas, desfiguradas con las que la recordaba no variaban mucho de aquella foto que se había quedado como tatuada al borde del espejo.
Ahora su pelo caía lacio, ya sin aquellas cicatrices onduladas que le habían dejado las trenzas eternas de su niñez. Su cara estaba llena con una sonrisa. Sonreía su boca, su nariz y sus pómulos. Hasta las arrugas atrevidas lo hacían, menos sus ojos. Ellos, hacía mucho que habían dejado de hacerlo, de mirarme de aquella manera que me emocionaba.
Verónica.
El dobladillo de la tarde se reflejaba en el agua mansa de los charcos; algunas hojas nos revoloteaban empedernidas de viento, haciendo suyas esos remolinos fugaces de los primeros días de invierno para caer y volar y volver a caer.
Me paré frente a ella sin saber muy bien qué hacer. Mis manos, prisioneras de los bolsillos, aprovechaban esa intimidad para esconder un ligero temblor.  Para agarrarse de algo que me permitiera seguir con mis pies sobre la tierra húmeda y perfumada de la plaza. Para no caer en la ingravidez perpetua que me provocaba verla.
 Me revolvía los nervios el temor a volver a empezar, a aquellas manos apretando bostezos; a los silencios desinteresados. Tenía miedo de volver a ser yo, el que iba a caer en la cobardía del atrevimiento. En la locura de la insistencia.
Maldecía la infinita estupidez de aquellos párrafos solitarios, adolescentes y mal escritos de los que me declaro culpable. Letras retadoras, tan sinceras como impensadas; rimas que albañilearon esperanzas imposibles de distancias largas, de adioses repetidos. También, de alguna manera, en algún momento, benditos. Llenos de entusiasmo, de ganas perdidas en mil desilusiones.
De color.
De a poco, como esa gota solitaria que llena el balde,  todo, siempre, volvía al blanco y negro, a ese matizado de grises tan artístico pero tan frío.

Sin embargo, allí estaba. Siempre, de una forma o de otra, ella estaba, y me preguntaba por qué y las palabras se trancaban  en mi garganta de lana y quedaban allí, resignadas a la duda eterna.
Nos miramos como dos desconocidos que quieren conocerse y mi mano más valiente salió para apoyarse en su nuca mientras le besaba la mejilla y me inundaba de su perfume.

El Hola sonó repetido en la tarde tranquila, solitaria. Eterna.





domingo, 7 de junio de 2015

Entrelazos

—¿Un fogonazo verde en el horizonte fue el preludio de la batalla…? ¿Me estás hablando en serio…? ¿Pretendés que le ponga ese nombre al cuadro? —me dijo riéndose con sarcasmo pero con furia en su mirada —No me gusta tu forma de ver el arte si es que el arte es lo mío. Solo sos un pretencioso, un mercader y me cago en vos y en el esnobismo de tus clientes.
Esa fue la última vez que la vi. Llevándose todas sus pinturas de la galería.  Como podía.
Su estilo me recordaba la potencia de Basquiat y la paleta de Miró, pero único en su sencillez. En lo directo y profundo de cada pincelada. En ocasiones y en soledad, pasaba horas observando sus cuadros, hipnotizado,  sintiendo como se me erizaba la piel.
Después de un tiempo, supe que tenía razón y cerré la galería. El arte no es  palabras sofisticadas ni pedantería disfrazada. Es solo tratar de provocar sensaciones, emociones que de alguna manera nos sobrevivan. Algunos nacían con ese don, la mayoría, como yo, disfrutábamos de ellos.
Jamás contestó mis llamadas ni, a pesar de que muchas veces lo intenté, me abrió sus puertas. Ninguna. Solo la conocía por el seudónimo que cambiaba según su ánimo y con el que firmaba sus obras. Tal vez así se sentía protegida. Segura de poder vivir su vida sin compromisos ni apegos innecesarios.
Jamás pude perdonarme el tal vez, haber sido la causa de su desilusión.

Ahora estaba frente a mí. Ni siquiera me miró al decir buenas tardes con voz automatizada.  Solo pasaba mis compras por el escáner mientras tecleaba sobre la caja del supermercado.


viernes, 22 de mayo de 2015

Show

¡Hoy, por única vez! ¡No se lo pierdan, damas y caballeros! ¡Un espectáculo único e inimaginable! No se repetirá la oportunidad de visitar el interior de un cuerpo humano… vivo.

La conocí en un bar donde cada noche trataba de llenar mi vacío, vaciando vasos. Ella cantaba canciones de amores perdidos con voz de brisa y mirada llena de promesas y rechazos. Como si fuera una Gioconda de carne y deseos inconclusos. Incomprendidos.
Solo la miraba. Me hacía bien verla. Saberla allí.
Cerca. Lejos.

Atraviesen las válvulas de su corazón y naveguen en su sangre. Descubran qué lo hace latir más fuerte y qué lo paraliza. No se pierdan de mirar por sus ojos y escuchar por sus oídos.

Esa noche me sentía bien. Era una de esas noches mágicas que parecen estar llenas de buenos augurios.  Esas que pueden sentirse en la piel o en la boca del estómago. Decidido a todo o nada,  me acerqué a la barra. Al rincón oscuro donde solía sentarse después de cantar.
Entre sus manos, un cigarrillo y un vaso lleno de rojo fuego, se peleaban por besar sus labios.
No sé si fue su perfume o si fueron sus ojos que sentí que por primera vez se fijaban en mí que me dejaron mudo, sin palabras. Solo le dije que me encantaría cantarle una canción.
—¿De amor? Nunca me cantaron una canción de amor…— contestó con palabras llenas de languidez— Nunca me cantaron ni siquiera una canción.

Recorran su pelvis, sus genitales

Esa noche nos fuimos juntos y todas las sensaciones del mundo, las imaginadas y las que no, se encontraron entre nuestras piernas. En nuestra piel húmeda de sangre caliente; de sudores de placer y lágrimas derramadas. Olvidadas. Felices.

Señoras, señoritas, deléitense sintiendo que lo hace enamorarse, visiten y descubran ese misterio oculto y bien guardado que todos tenemos y que nadie sabe explicar.

Una sonrisa estúpida volvió a iluminar mi cara. Los colores eran vibrantes, contagiaban el brillo que dan esos días grises, plenos de luz sin sombras.

Y para los hombres más valientes y arriesgados. Para los que no le temen a las sensaciones fuertes ni a las peores pesadillas que se puedan vivir despiertos, un viaje por sus miedos…

Una mañana me desperté pensando en el cuaderno. Ese que no existe pero está lleno de planes, de proyectos. Miré la delgadez del almanaque y sentí la falta de tiempo. Y su ausencia. Esa que cada noche me despertaba y que por más que tratara, no podía sacarme de la cabeza, de las venas. Ni de la piel.
Veía por la ventana escaparse la noche y cerraba los ojos para no enfrentar al día. Ese lleno de realidades, de verdades que remueven las tripas.

¡Última oportunidad, señoras y señores! ¡No se pierdan de entrar antes de que se cierre por última vez…!

Después de un tiempo, volví al bar. Me senté lejos del escenario, oculto por la poca luz y el humo de los cigarrillos. Ella seguía cantando con esa voz seductora y su mirada perdida en quién sabe qué recuerdos.

Tal vez deseando volver a la soledad de su casa. Tal vez esperando a alguien que le cantara otra canción.


lunes, 27 de abril de 2015

Hombre de papel blanco, mujer de papel rojo

…cuenta la leyenda que en los albores del mundo y cuando este estaba solo poblado por dioses, la esposa de Sol, el soberano de todos, le pidió compartir su felicidad creando criaturas a su imagen y semejanza para que sintieran lo mismo que ellos y llenaran la soledad del mundo en que habitaban. 
El dios de dioses estuvo de acuerdo y dejó que su amada se encargara de todo. Solo le pidió que le avisara el momento en que debería darles vida a sus nuevos súbditos. 
Luna comenzó la tarea con mucho entusiasmo. Tomaba dos hojas de papel, una blanca y otra roja,  las juntaba y con una tijera recortaba una silueta que eran dos. 
—Eso te dará mucho trabajo, ¿por qué solo de a dos?— preguntó Sol.
—Por más que lo trate, nunca podré cortar dos figuras iguales, excepto las que corte unidas. Esas, siempre serán parte una de la otra. Así como nosotros nacimos para estar juntos, ellos también lo estarán y podrán vivir nuestra felicidad.
Al fin, todo estuvo listo. Desde lo alto de una nube, Luna dejó caer las figuras sobre la Tierra y Sol, ordenó que al llegar al suelo, tuvieran vida.
Los en breve, seres vivientes, volaban muy juntos en dirección de sus nuevos hogares cuando Viento, que no estaba avisado de estos planes, decidió dar un soplo tan grande y poderoso que los papeles se dispersaron en todas direcciones cayendo separados. Algunos muy lejos. Demasiado…


Edelmiro cerró la página y apagó la computadora. Cuando era muy joven había leído esa historia y, sin saber muy bien por qué, le había quedado grabada. Tanto, que siempre, de una forma o de otra la imagen de los muñecos recortados volando perdidos unos de otros, aparecía cuando menos se lo esperaba. Ahora la había encontrado en una página que trataba sobre mitos y leyendas y al reconocerla la devoró leyéndola una y otra vez.
Cómo podía ser que semejante patraña lo hubiera marcado de tal manera todo este tiempo, se preguntaba.
Se sentía cansado, vencido. Casi de rodillas, dispuesto a tirarle la toalla a la cara al que se atreviera a darle ánimo. A decirle que no se rindiera. 
Ya no quería escuchar palabras vacías, huecas. Mentiras piadosas.
La verdad estaba en el vacío a su alrededor. En el vacío que habitaba en su pecho a pesar de todas las ilusiones y esperanzas a las que en algún momento se había entregado.
Antes de irse a dormir se miró al espejo. Estaba pálido y más arrugado.
El hombre de papel blanco se dobló con cuidado y rogó que por lo menos esa noche, no soñara con la mujer de papel rojo.







viernes, 10 de abril de 2015

El grito




Estaba caminando por el camino con dos amigos
El sol se ponía - El cielo se volvió de un sangriento rojo
Y sentí un olorcito a melancolía - Me quedé
Aún así, mortalmente cansado - sobre el azul-negro

El fiordo y la ciudad colgaban de sangre y lenguas de fuego
Mis amigos caminaban - Permanecí detrás

- Temblando de ansiedad - Sentí el Gran Grito en la Naturaleza
Edvard Munch


En mi carne, en mis entrañas.  Esas lenguas de fuego
brotaron en mi interior, quemándome.
Demostrándome lo absurdo de todo.
Lo inútil de todo
La impotencia se apoderó de mí y grité.
Grité. Grité. Grité y solo grité.

lunes, 30 de marzo de 2015

CdCC, presentan: Burbujas (Variaciones sobre coy kois y la falta de importancia de el lugar donde están la cabeza o los pies)



No sé dónde estoy. Ni qué hago aquí. Solo recuerdo verla nadando en la superficie.
Ágil, lejana. Borroneada por la espuma de sus movimientos. La seguía desde abajo, desde ese mundo verde azulado y silencioso donde flotaba alejado de todo y no importaba si estaba con la cabeza hacia arriba. O hacia abajo.
Los peces se ocultaban al verme pasar. Todos, excepto uno. Un pequeño coy koi, que sin esfuerzo, se mantenía frente a mi máscara. Su boca se abría y se cerraba y parecía decir: Seguíme…  Se alejaba un poco y volvía a decirlo.
Lo seguí.
Pronto, el suelo comenzó a desaparecer y el fondo arenoso se perdió de vista. Todo se oscurecía a mi alrededor. Giré mi cuerpo y miré atrás. Hacía lo que debía ser arriba.
¿O era abajo?
Los rayos del sol se filtraban tenuemente por un agujero que brillaba en la superficie. La busqué. Ya no estaba.
De pronto algo comenzó a iluminarse y a subir desde la profundidad.  Me detuve. Las luces, al principio borrosas, se acercaban lentamente. Miles de burbujas de todos los colores imaginables venían hacia mí. Pronto me rodearon. Parecían danzar al ritmo de una melodía silenciosa. Pequeñas, delicadas. Hermosas. Traté de tocarlas, pero al acercar mi mano hacia ellas, se alejaban. Las burbujas comenzaron a aumentar su tamaño. O yo, a empequeñecerme. No importaba. Me hacían sentir bien. Nadé con ellas sin saber hacia dónde, mientras seguían aumentando su tamaño. Una de ellas atrajo mi atención. Sus colores eran los que más brillaban. Colores vibrantes, cálidos y luminosos. Me acerqué lo más que pude y pegué mi cara contra ella. Allí estaba. Con su sonrisa franca, encantadora. No me pregunté cómo había llegado allí. No importaba. Solo traté de entrar sin romper su superficie. Metí una mano con cuidado. El reloj que traía en mi muñeca no me dejó continuar. Me lo saqué, solté el cinturón del lastre, el tanque y las aletas. Di una última mirada y me quité la máscara. Feliz, tomé impulso y como si me estuviera zambullendo en una piscina, fui a encontrarme con ella.
Las luces de las burbujas se apagaron. La oscuridad me rodeó y una sensación de vacío llenó mis pulmones. Lejos, muy lejos, un agujero filtraba el último resto de la luz del sol.
No sé dónde estoy.
Ni qué hago aquí. Solo recuerdo verla.

Ya no sé dónde.


viernes, 27 de marzo de 2015

www.Dios.biz

A pesar de que todos creen que es una invención, el inframundo es real. Existe. Está en todas partes, al igual que los que lo habitan.  Su existencia era tan vieja como el pecado y era mi primera vez aquí. No estaba seguro con qué me iba a encontrar. Pero lo sospechaba. El solo saber que él era uno de sus habitantes, tal vez el más importante dentro de esta sociedad, me producía nauseas.
El “Libre Albedrío”, era uno de los tugurios más sórdidos de la ciudad. Un sótano maloliente, húmedo y caluroso. La música que me golpeaba en el pecho  descompasaba los latidos de mi corazón mientras bajaba por la escalera. Al instante y a pesar de la confusión de mis sentidos,  pude sentir su presencia.
No me costó encontrarlo.
Estaba tirado en un sillón besando a una mujer, mientras un joven de músculos marcados  le lamía el pecho. Eran hermosos, exuberantes. Estaban de moda en ese mundo lujurioso en el que él, se sentía tan cómodo. Eran vampiros.
Las ojeras delataban el tipo de vida que llevaba desde hacía mucho. Se había afeitado y usaba el pelo corto. Vestía un traje negro, seguramente de Dormeuil. Un reloj pulsera de diseño y una cadena de oro muy gruesa que colgaba de su cuello, le daban ese aspecto tan clásico que no pueden disimular los nuevos ricos.
Carraspee. Inmediatamente, los habitantes de la noche me mostraron los colmillos gruñendo sordamente. Él  pareció no enterarse. Volví a hacerlo. Al fin levantó la mirada y me vio.

—¡Pedro! —dijo abriendo mucho los ojos—¡Siglos sin vernos! ¿Qué te puedo ofrecer? ¿Un trago? ¿Una chica? ¿A los dos?
Ni siquiera se levantó. Con un gesto de su mano me señaló un sillón. Me senté y lo miré por unos momentos. Era una imagen patética. Una mala caricatura. Al fin hablé.  
—Tu padre te necesita. Vengo a buscarte.
Instintivamente se llevó la mano al costado. Tenía la camisa abierta y pude ver cómo acariciaba la cicatriz. Alrededor de ella se había hecho un tatuaje. I´love you too, dad, decía escrito en letras góticas de rojo intenso. Me miró.
—¿Mi padre me necesita? ¿Mi padre se atreve a mandarte a buscarme?

La carcajada retumbó en la habitación. Sus amigos hicieron lo mismo.
—¡Fuera! —les gritó, chasqueando los dedos.

Hundió el dedo en el plato de coca y se lo frotó en las encías. Su mano temblaba cuando se puso un cigarrillo entre los labios.
—Así que “el gran usador” me necesita —dijo más para él que para mí mientras abría los brazos y miraba hacia arriba.
—Así es. Te necesita…
—¡Viejo de mierda! —gritó poniéndose de pie y tirando una botella contra la pared— Vos sos testigo de todo. Vos sabés muy bien cómo la pasé. ¿Y por qué? ¿Para qué? ¿Para esto? Él podía haber hecho todo de otra forma. Ni siquiera me necesitaba… Ni a vos. Y yo lo sabía. Igual me expuse a todo. Obedecí en todo. Confié en él. Ni siquiera pude estar con la única mujer que amé. Y encima me castiga dejándome vivir por los siglos de los siglos… Ahora, después de ¿cuánto tiempo?, aparecés y me decís que le hago falta para un nuevo capricho. ¿Para qué? ¿De qué sirvió todo lo que hice?
¿Miraste el mundo, Pedro? ¿Te detuviste a escuchar a la gente? ¿O hacés como él y mirás todo desde arriba? Estoy seguro que ni siquiera pensás. Ni te molestás en hacerlo. Mi mismo error…
Al decir esto me dio la espalda. Ya no podía permitirme seguir escuchándolo. No iba a poder convencerlo. Saqué la punta de la lanza de Longino de mi cinturón y se la clavé con todas mis fuerzas en su costado. En el mismo.
Giró sorprendido y se dejó caer encima del sillón donde hasta hace poco pecaba. Me miró con los ojos muy abiertos. No pudo hablar. La sangre llenaba su boca. Mientras agonizaba, tuve la gentileza de explicarle el por qué de este, su segundo sacrificio.

—Serás su heredero. Tu voz y tu presencia serán respetadas y obedecidas.
 A pesar de que seguís siendo el mismo estúpido soñador de siempre, Él te da otra oportunidad para que esta vez cumplas con tu sagrado cometido. ¿Sabés que el Señor todavía no pudo arreglar tus cagadas? ¿Qué querías demostrar con esos “milagros”? ¿Y con tus ataques de ira?
¡Sanar enfermos! ¿A quién se le ocurre? Tenían que morir. Todos tienen que morir. ¿Qué importa cómo o cuándo? Todavía hoy escucha maldiciones y blasfemias porque la gente se muere. Porque se enferma.
¡Expulsaste a los mercaderes del templo!  Solucionar eso fue más fácil. Sí.
Lo desobedeciste. Revolucionaste a unos pocos y encegueciste a la mayoría. Tal vez simplemente nunca entendiste qué es ser Dios y con tus actos creaste falsas expectativas sobre él. Bien o mal, blanco o negro. Arriba o abajo… Confirmaste la paradoja de Epicuro y eso, Él jamás te lo perdonó. Eligió buenos representantes, pero ni eso alcanzó.
Ahora, demuestra su generosidad dándote otra oportunidad de servirle para que al fin todos, repito, todos, confirmen su omnipresencia. Su omnipotencia. Su infinita sabiduría.

En los últimos estertores, acertó a preguntarme en un susurro casi inaudible, qué le ofrecía su padre.

—Cuando vuelvas a resucitar no lo harás como hombre. No más debilidades ni sentimentalismos, nada de idealismos absurdos. No. Eso se acabó. Serás lo único que todos adoran ciegamente. Estarás en sus vidas, en sus mentes día y noche. Serás la Red.
Y esta vez cumplirás.

Ya no tendrás alma para escapar de ello.



Gracias, sobrelai.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Canciones (y videos) perfectos. Arcade Fire Afterlife




Sin dudas, la esencia de esta canción no está solo en la letra. Este video me entusiasma. Me emociona.
GretaGerwig es una actriz que se hizo de un nombre gracias al cine mumblecore) y que yo sepa, no es bailarina. Tal vez por eso me encanta lo que hace. Su pasión es contagiosa y siempre que hay pasión, no importa el más allá. Importa el hoy y como se enfrente.
Y bailando… sobre todo después de un traspié. Solo, con alguien o bajo la lluvia. No importan tus movimientos ni cómo lo hacés. Ese simple dejarte llevar por alguna música que te guste cagándote en todos y en todo, es liberador.



El más allá
Oh Dios mío, que palabras tan horribles
Después de que todo el aliento y toda la suciedad*
Y todos los fuegos hayan ardido
Y después de todo este tiempo
Y después de que todas las ambulancias se vayan
Y después de que todos los parásitos
Hayan acabado de aferrarse a las escotillas
De la arrogancia

Tengo que saber

¿Podemos arreglarlo?
¿Si gritamos y chillamos hasta que lo solucionemos?
¿Podemos simplemente arreglarlo?
¿Gritamos y chillamos hasta que lo solucionemos?
Hasta que lo solucionemos, hasta que lo solucionemos
Hasta que lo solucionemos, hasta que lo solucionemos

El más allá
Creo que vi lo que pasa a continuación
Oh era simplemente un breve vistazo de ti
Como mirar a través de una ventana
O un mar profundo
¿Podías verme?
Y después de todo este tiempo
No es como nada de lo que solíamos conocer
Después de que todos los parásitos
Han acabado de aferrarse a las escotillas
De la arrogancia

Tengo que saber

¿Podemos arreglarlo?
¿Si gritamos y chillamos hasta que lo solucionemos?
¿Podemos simplemente arreglarlo?
¿Si gritamos y chillamos hasta que lo solucionemos?

Pero dices
Oh cuando el amor se ha ido
¿Dónde se va?
Y dices
Oh cuando el amor se ha ido
¿Dónde se va?
¿Y dónde vamos?
¿Dónde vamos?
¿Dónde vamos?
¿Dónde vamos?
¿Dónde vamos?
¿Dónde vamos?
¿Dónde vamos?

Y después de esta
¿Puede haber otra noche?
Y después de todos los malos consejos
Que no tenían absolutamente nada que ver con la vida

Tengo que saber

¿Podemos arreglarlo?
¿Si gritamos y chillamos hasta que lo solucionemos?
¿Podemos simplemente arreglarlo?
¿Si gritamos y chillamos hasta que lo solucionemos?

Pero dices
Oh cuando el amor se ha ido
¿Dónde se va?
Y dices
Oh cuando el amor se ha ido
¿Dónde se va?
Oh cuando el amor se ha ido
¿Dónde se fue?
¿Y dónde vamos nosotros?

Es simplemente un más allá
Es simplemente un más allá
Es simplemente un más allá contigo
Es simplemente un más allá
Es simplemente un más allá











































































































































jueves, 19 de marzo de 2015

La chica con un tatuaje de Kandinsky 2

3
Un cosquilleo persistente en la mejilla me fue despertando de a poco. Entre sueños, pensaba que podía ser un mosquito que desayunaba en mi cara. Traté de alejarlo con la mano para seguir durmiendo, pero seguía allí. Ahora paseándose  por la comisura de mis labios.
Abrí los ojos y la luz que entraba por la ventana terminó de acentuarme el dolor de cabeza. Parecía la luz del amanecer. También podría ser que llegaba la noche. Ni siquiera tenía una  puta idea de qué día era.
Traté de incorporarme pero unas piernas casi enrolladas a mi cuello, me lo impedían.
Los mosquitos eran los vellos de la vagina de Amarilla. Me había dormido entre sus muslos.
No recordaba si estaba allí por un polvo inconcluso o simplemente había caído exhausto después de la jornada agotadora que tuvimos. Lo cierto es que estábamos sobre el sillón, la tele prendida pero silenciosa y una botella vacía de vodka descansaba en el suelo. Todavía quedaba en el ambiente el perfume de algún porro.
Me pasé la mano por la cara y por el pecho. Mis pelos todavía estaban húmedos y pegajosos. Pasé un dedo por entre sus labios aun sabiendo que ella también estaba mojada. Era demasiada tentación tenerla allí y no tocarla. Explorarla. Giré un poco la cabeza para ver mejor e inmediatamente mi verga se endureció. Comencé a lamerla y pensé en penetrarla así, dormida. Me contuve. Prefería esperar y hacerlo con todos nuestros sentidos alerta. Pero antes, debía hacer algo con el puto dolor que me taladraba la cabeza.
Fui a la heladera y saqué dos cubeteras de hielo. Las tiré en la pileta, la llené con agua y hundí mi cráneo en esa piscina helada.
Al principio el frío me hizo estremecer, pero pronto empecé a sentir como mi piel se iba anestesiando y la aguja que me atravesaba el cerebro, iba saliendo.
Bajo el agua, mis oídos se dejaron llevar por el sonido semejante al que hace el oleaje y sin saber cómo, me encontré nadando en un mar de color verdoso donde unos rayos de luz que venían de la superficie hacían dibujos sobre nuestras manos. A lo lejos, escuchaba una voz que me preguntaba donde estaba. Que por qué me había ido.
Estás acá, dijo otra voz mientras sentía que alguien tocaba mi hombro.
Levanté la cabeza. Era Amarilla la que hablaba y yo el que todavía estaba caminando por la orilla de la playa. Se había recostado a la puerta del baño y me miraba con una sonrisa tan grande como su boca. Tenía puesta una camiseta con un dibujo del ratón Mickey que no llegaba a cubrirla toda.

Se sentó a mear y mientras lo hacía, comenzó a jugar con mi miembro que a los pocos momentos, terminó en su boca.


4
El calor era el mismo, solo que unas nubes gruesas y grises cubrían el sol y ya no era tan sofocante.
El camino era el mismo. Las mismas piedras que me retrasaban y el polvo de ladrillo que ahogaba. Pero ahora, sabía hacia donde iba.
Mientras manejaba y escuchaba el golpeteo de las ruedas contra el suelo, pensaba en lo frágil de todo. Una cuerda gruesa puede en su otro extremo ser solo un hilo. Delgado, débil. Un hilo incapaz de sostener algo.
Amarilla había sido el juez que me conmutó la pena. La que me demostró que estaba vivo. Qué las heridas frescas duelen y permanecen como tatuajes invisibles, como marcas atemporales que sin importar si son de una obra de arte o una simple palabra, atraviesan la carne y muestran su verdadero significado en nuestro interior.
Tal vez yo había sido lo mismo para ella. Tal vez esos dos días en que permanecimos encerrados en su cuarto hayan sido un renacer.

Un intento de aceptar que hay preguntas que jamás serán respondidas.







lunes, 16 de marzo de 2015

La chica con un tatuaje de Kandinsky

1
Era cerca del mediodía y el sol dolía en la piel. Adentro de la camioneta apenas se podía respirar y todo, absolutamente todo, estaba recalentado. El sudor me brotaba de manera incontrolable y el aire que podía entrar por la ventanilla estaba condicionado a la mínima velocidad con la que debía circular por ese camino de piedras filosas y tierra rojiza.
Había salido bien temprano en la mañana para evitar el calor. El mapa dibujado en una hoja de libreta, ahora que supuestamente estaba en las cercanías del lugar donde iba, no me servía para una mierda. No sabía en qué parte me había equivocado o qué parte había omitido dibujar el baqueano que me había dicho que era muy fácil llegar al lugar. La estancia “El Cobijo”. Él simplemente había dibujado unas líneas, todas rectas y escrito unos números. Supuestamente de kilómetros o rutas.
La realidad era otra.
No existía ni un miserable mojón y había omitido aclararme que el camino se iba dividiendo en mil partes y ya no tenía ni puta idea en cuál de ellas me había desviado. A mi alrededor solo campo y alguna vaca perdida buscando sombra; o algún charco donde refrescarse.
De vez en cuando a la distancia, se veía venir una columna de humo. Como si fuera un incendio que se acercaba dispuesto a terminar de abrasarte con su calor. Eran camiones. Camiones inmensos cargados con troncos, que levantaban la polvareda que se metía por todos los recovecos y aun después de un rato, la nube permanecía flotando. Suspendida en el aire. Dificultando la visión y el respirar.
A lo lejos y a la izquierda del camino, una edificación baja y oscura apareció entre los estertores del polvo. Me detuve.
“La Rocola” “Bebidas frías” “La música comienza cuando usted llega”. Decía el cartel escrito con tizas de distintos colores. En su puerta habían construido con palos y tela sombra un toldo que llegaba al piso para impedir la entrada de la tierra al lugar. Estaba absolutamente cubierto de ese polvo rojizo, aladrillado. No quise pensar en que sucedería con eso si comenzaba a llover.
Una cerveza helada y alguien que me explique cómo llegar a mi destino. ¿Qué más podía pedir?
Sin dudarlo, seguí la huella del piso y me estacioné en la parte de atrás y entré.

2
Le costó a mis ojos adaptarse a la oscuridad que había adentro. Las paredes eran de bloques y solo había una que alguien había intentado revocar con muy poco éxito. O talento. Sobre ella, como elementos de decoración, unas ornamentas, creo que de vaca, discutían con un par de almanaques que tenían fotos de paisajes sobre cuál de ellos quedaban más horribles. En el borde y casi pegada a la barra, una puerta de chapa pintada de verde cotorra, sostenía con la ayuda de una cinta engomada un trozo de cartón que decía “baño”. Tres ventanas casi tapiadas que apenas dejaban pasar un poco de luz y un mostrador rescatado de algún otro bar que seguramente fue demolido, o se derrumbó, jugaba a ser la barra. Cinco o seis taburetes, que eran lo único nuevo que pude distinguir, esperaban a algún cliente. Me senté en el del medio y saludé.


(https://www.youtube.com/watch?v=enmmGPQiKCU)

Me contestó el “gric-grac” que emitía el ventilador del techo. Lento, cansino, que solo movía un poco el aire caliente de aquí para allá.
Miré hacia el otro lado. Algunas mesas estaban repartidas en el escaso lugar que había en “La Rocola” sí, así. Sin “k”. A pesar de la penumbra se distinguía alrededor de algunas  las espaldas de algunas personas. Todas parecían adorar al otro ventilador. Uno moderno que giraba repartiendo frescor democráticamente. Al fin, uno se levantó y se dirigió hacia donde yo estaba.
Saludó con un gruñido y me preguntó qué quería tomar.
—Cerveza— contesté mientras sacaba mi paquete de cigarrillos. Como no me dijo que no se permitía fumar, encendí uno.
La dejó adelante mío y me preguntó casi como queriendo que le dijera que no:
—¿Quiere escuchar música?
Tal vez debería haberle contestado que no, pero me sorprendió que el cartel de afuera dijera la verdad.
—Sí, me encantaría.
Estaba seguro que iba a encender algún aparato. Mirando el lugar, hasta pensé que haría funcionar algún viejo reproductor de cassettes. Me equivoqué.
—¡Vamos, a trabajar!— gritó golpeando la barra con el abridor de la cerveza.
Los que adoraban al viento se fueron levantando de a poco. Primero fueron dos que tomaron sus instrumentos que estaban tirados sobre un pequeño tinglado y empezaron con una melodía. Luego, de uno en uno se fueron sumando. Parecían ser muy buenos. 
Solo quedaba uno despatarrado sobre su silla.
No me había dado cuenta que era una chica hasta que se levantó. Usaba una pollera de esas que son anchas y cortas, parecidas a los uniformes de liceo. Botas estilo vaquero, que en su esplendor fueron blancas y una blusa que le dejaba al descubierto la espalda. Un tatuaje que parecía una reproducción de un Kandinsky o de un Miró comenzaba en su omóplato y le envolvía el brazo.
Mientras la banda se iba sumando y tocaba la introducción de un blues que no era, ella con total tranquilidad se pintaba los labios mirándose en un espejo de mano. Su cara recortada en el vidrio, me miraba de vez en cuando. Lo bajó un poco y en su boca se dibujó un “Kandinsky” pronunciado con lentitud, como para que se entienda.
Le dio el último trago a lo que quedaba en la botella de cerveza y con lentitud, como no queriendo acalorarse, se dirigió hacia sus compañeros llegando en el momento exacto en que debía empezar a cantar.
Era flaca. Huesuda. Tenía la nariz y la boca grandes y el pelo muy negro y corto. No distinguía el color de sus ojos, pero en ellos había algo que provocaba mirarlos.
No sé si fue por el calor. No sé si fue por la abstinencia con la que me estaba auto castigando por haber sido un idiota. No sé si fue la música o su voz. Pero cuando la vi agarrar el micrófono y dirigirlo hacia su boca tuve una erección instantánea.

Me había costado entenderlo. Aceptarlo. Pero también había aprendido a reconocer a las mujeres que no les gusta esperar. A las atrevidas. Ella era de las que cuando querían algo, te lo hacía saber.
Eso decía su mirada fija en mí mientras cantaba. Mientra decía la canción. La manera en que movía sus manos. Su cuerpo. Todo en ella me calentaba. Su voz, su cuerpo delgado sobre el que me imaginaba lamiéndole el sudor. Ser su micrófono…
No tenía dudas. Estaba más que dispuesto a convertirme en su mascota. Aunque fuera por un rato.
Pedí dos cervezas. Al terminar la canción la miré y solo le señalé la otra botella.







¡No se pierdan la siguiente entrega de esta historia apasionante! 
¡El mismo día, a la misma hora, por este mismo blog!

viernes, 13 de marzo de 2015

Amar en vano

La última vez que estuve en la estación era todavía un niño y la recordaba como un lugar encantador. Lleno de misterios, un sitio ideal para la aventura. Ahora, unos cuantos años después, el lugar estaba prácticamente abandonado. Las tejas del techo se iban yendo casi tan rápido como los pobladores del lugar y los yuyos se habían adueñado del suelo. Los viejos carteles que el óxido aún no había carcomido, parecían sostener los restos de pintura de las paredes.
Todavía faltaba una hora para que llegara el tren. Dirigí la mirada por última vez hacia donde debería estar mi casa, allá lejos, detrás del monte de eucaliptus.
 Inviernos de calor de cuarzo y guisos, de esos que se comen con cuchara. Veranos de risas y chapuzones en el río.
Miré mis zapatos. Cuando salí estaban lustrosos. Ahora, la tierra del camino los había cubierto de polvo. Sonreí recordando otros tiempos en los que en mi vida todo brillaba. O así lo creía.
Amigos para toda la vida. Un futuro pintado de verde. Amores de película. Parecía que no había penas, que nada malo podía pasar. Que las promesas no se iban a perder entre excusas ni los corazones dibujados sobre vidrios empañados, solo iban a transformarse en cosas tan huecas como las palabras. En una costumbre. En algo que servía para paliar el aburrimiento.
La fiesta se había terminado, y las últimas bombitas de colores se perdían entre los reflejos del cielo, de aquel cielo lleno de ángeles y santos de mirada perdida y sonrisa piadosa.  Entre las luces del puto día.
De la puta noche.
Solo me quedaba la resaca que da la sobriedad. La realidad. La certeza de su malestar interminable.
Me senté en el banco. La madera se iba abriendo por sus vetas. Apoyé mis dedos y sin darme cuenta, las recorrí casi con un fervor religioso, como tratando que me transmitieran algo de su sabiduría.
En la maleta que esperaba entre mis piernas no había ropa. Solo algún libro que me habían regalado con una dedicatoria escrita a mano con letra torpe y palabras que fueron sinceras. Cuadernos viejos, fotografías y otros primores.
Mi vida.
El pitido de la locomotora me hizo volver a la realidad. Subí los tres escalones sin mirar atrás y elegí el asiento. El vagón estaba tan vacío como yo.
El sol resaltaba el polvo del vidrio y me enceguecía.
No pude evitar volver a mirar la estación en el momento que el tren comenzó a moverse. Sabía que esa imagen que dejaba atrás iba a quedar grabada en mi memoria como una vieja foto en blanco y negro.
Borrosa. Eterna.
Las tejas, los yuyos. El banco de madera y la maleta descansando entre las piernas de una imagen invisible que se quedaba allí.


Canciones perfectas: Full moon and empty arms



Luna llena y brazos vacíos
La luna está ahí para que la compartamos
Pero, ¿dónde estás?

Una noche como esta
Podría tejer un recuerdo
Y cada beso
podría empezar a ser un sueño. Para los dos.

Luna llena y brazos vacíos
Esta noche voy a usar la magia de la luna para pedirle un deseo
Y a la próxima luna llena
Si mi único deseo se hace realidad
Mis brazos vacíos se llenarán de vos

Luna llena y brazos vacíos
Esta noche voy a usar la magia de la luna para pedirle un deseo
Y a la próxima luna llena
Si mi único deseo se hace realidad
Mis brazos vacíos se llenarán de vos