miércoles, 3 de febrero de 2016

Respuesta a Carta de una Madre



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Querida Madre:

Todos los que se hicieron cruces llamándome asesino con palabras veladas solo son unos hipócritas. Unos cobardes que sentados cómodamente detrás de su escritorio frente a su máquina de escribir buscan nuevos enemigos. Nuevos motivos para odiar.

Patriotas de pacotilla.

Sé, que muchos hubieran querido estar en mi lugar, haber dado la orden de apretar ese botón. Más de los que te imaginas. Muchos más de los que dicen que maté, pero ni siquiera se atreven a comentarlo. A decirlo.

¿O es que tú no te sentiste orgullosa de mí? De tu hijo: el héroe. El que de un plumazo había terminado la guerra.

¿Qué pensabas que había lanzado sobre ellos?

Qué fácil es condenar desde casa. Lejos. A salvo. Sin ver los cuerpos mutilados de tus amigos. Sin sentir el olor de su sangre y de su mierda. Sin escuchar sus gritos ni verlos llorar frente a la foto de alguien a quien no volverían a ver.

¿Sabes, madre? Todavía recuerdo cada detalle de ese vuelo. El frío de la altitud y el sudor del miedo. La lentitud del reloj. El silencio de la tripulación y luego, sus gritos de alegría y sorpresa mezclados con insultos hacia los que estaban debajo de ese hongo majestuoso que no paraba de crecer pintado de grises, rojos y naranjas.

El placer que nacía en mis entrañas.

Y sí, madre, lo volvería a hacer. Y volvería a ponerle tu nombre.

Porque te amo.

Tu hijo, Paul Tibbets.

lunes, 25 de enero de 2016

Revisitando Casablanca



El viento que unas cuadras más abajo, del lado de la rambla donde salía el sol, hacía sentir su enojo, llegaba calmo, como si en el camino hubiera pensado mejor las cosas, traía olores lejanos que Samuel sentía como caricias. A mar de fondo y tempestades; a peces vivos y a peces muertos. A cielo cubierto de nubes y a aceite quemado y combustible listo para hacerlo.

A bizcochos calientes, a tuco recién hecho.

A puerto, mar y ciudad.

Allí estaba el Casa Blanca.





Sus dedos gruesos, dibujaban arabescos en el aire. Golpeaban secos, terminantes. Se elevaban lentamente y se detenían de improviso. Dirigían violines, bandoneón y contrabajo que obedecían cada uno de sus gestos ciegamente mientras él acariciaba las teclas blancas y negras de su piano.

De vez en cuando, sorbía un café muy cargado sin notar que se enfriaba y con su mano libre, escribía en un pentagrama dibujado con un lápiz azul sobre una servilleta de bordes troquelados y el nombre Casa Blanca escrito con letras doradas, la música que sonaba en su cabeza. Solo en ella.



Tirás monedas

de espalda a la fuente

pidiendo deseos

Que sabés, no se cumplirán



La lluvia te moja

Te pega, te ahoga

Y sentís de repente

Que nada es verdad



Junás el espejo

Y ves a un gilastro

De suelas gastadas

De arrugas marcadas



Que sigue esperando

Sonriendo y cantando

De veras llorando

Alguna señal



El telón se cierra

Las luces se apagan

La noche te traga

Sin sentir piedad…



La noche había sido solo una más. De tejes y manejes; de amoríos casuales y curdas con nombre. De amistad. De soledad.

Había cantado su tango. Al fin se había decidido a hacerlo y los aplausos habían sido una buena señal, pero al decir la última estrofa, comprendió su error.

—Me encantó, Samuel, pero por favor, no la vuelvas a tocar…

Eso fue todo. No fue necesaria una disculpa, una explicación.



Cuando Samuel cerró la puerta, Ricardo estaba sentado en la barra con la cabeza tragada por los hombros, bajó del taburete en el que había pasado horas casi sin hablar y se acercó a la ventana. La noche había terminado llevándose cada una de las estrellas, a la luna y a esa luz amarillenta y giratoria que parecía haber dejado algo de su vida reflejando rayos y chispas ámbares, turquesas y añiles sobre las paredes, los cuadros mal pintados y los vasos a medio llenar. Recuerdos de lugares imprecisos y palabras cegadoras casi perdidos. Siempre encontrados.

—Antes de que todo pasara, ¿dónde estabas…? ¿Recordás quién eras?

Un tren que no se detiene; una playa de sol eterno y noches sin luna.

Un sombrero que vuela perdido

Una mirada. Una sola mirada.



El humo del cigarrillo cubrió sus ojos y en su cabeza, los primeros acordes del tango, sonaron con claridad. Ricardo, lentamente y casi sin darse cuenta, se sacó la ropa y así, desnudo, comenzó a bailar. Con pasos torpes, inventando firuletes. Sosteniéndola con firmeza, los dedos mezclados en su pelo, saboreando su aroma. Sintiendo su mano en la espalda. Acariciadora. De uñas rasgando.

Se detuvo unos instantes de ojos cerrados, de cabeza gacha.

De lucidez cruel.

—Ni siquiera tenemos un París…

miércoles, 28 de octubre de 2015

Adentro

Van Gogheando con los pies en el agua y la mirada en el cielo
buscando una estrella en la noche estrellada




martes, 29 de septiembre de 2015

Alas y anzuelos

El Porteño era un viejo de barba larga y sobretodo eterno. Siempre se sentaba a pescar en la parte vieja de la rambla, allí, cerca del puerto. Solo. Lejos de todo. Dándole la espalda a la ciudad.
Cuando lo veía, no podía resistir la tentación de sentarme a una distancia respetuosa a mirar el sube y baja del lengue, hipnotizado por el movimiento y el brillo de los anzuelos.
En silencio.
Hasta que un día, el viejo empezó a hablar. No sabía si conmigo, o con él, pero dejé de mirar el agua y empecé a escuchar lo que decían sus frases cortas, espaciadas.
Es difícil de creer, pero la mujer alada existe, muchachito, y tenés que saber a qué atenerte si algún día conocés alguna.
Apretó la caña larga bajo una pierna y sacó un paquete de tabaco del bolsillo. Se limpió las manos con un trapo y con total parsimonia empezó a armar un cigarrillo. Antes de ponerlo entre sus labios, sacó unas hebras que habían quedado fuera y al fin lo encendió. Dio una pitada profunda saboreando el humo y mientras lo expulsaba por la nariz, miró el cielo.
Lentamente, la caña volvió a su continuo y rítmico sube y baja esperando despertar la curiosidad de algún pez.
Esa mujer puede ser que un día te elija, que te permita elevarse con ella. Si lo hace, será porque sabe que vos también podés volar. Con una tos confundida con suspiro y sin sacar su mirada del horizonte, golpeó cuidadosamente el cigarrillo. La ceniza cayó lentamente al agua, dando volteretas.
Si te atrevés a tamaño desafío, no trates de volar más alto que ella.
Ni te retrases.
No suele mirar atrás. Solo se deja acompañar. Quedáte junto a ella. Pero no la pierdas de vista, porque después ninguna, pero ninguna otra te parecerá suficiente.

Recordé esta historia al pasar por allí. Visto desde lo alto, no parecía el mismo sitio. Una playa de contenedores se había llevado el agua, la rambla y la magia del lugar.
Ya estaba cansado, pero seguí aleteando.







A MD

sábado, 5 de septiembre de 2015

El pez

Villa Mentiuntur era rara. Perdida en un valle pequeño y rodeada de montes, sus calles se habían construido formando un espiral que terminaba en la parte más baja donde estaba la Plaza del Correo. Nadie se explicaba el por qué de ese nombre, ya que no había correo y la estatua que había en su centro, era un recordatorio a las víctimas de la guerra de Espangleto y aunque esa guerra ni ninguna otra había afectado al país, nunca nadie osó poner en duda todo el coraje que reflejaba la imagen ecuestre del Soldado que señalaba un punto en el suelo. Exactamente, al desagüe.
Más allá, directamente bajo la Cruz del Este, un faro que era solo visible desde las partes más altas, protegía la costa.
El lugar era hermoso, paradisíaco. De casas coloridas; lleno de árboles y flores naranjas. Los pobladores de sonrisas francas y felicidad pintada, se caracterizaban por no hacer preguntas. Solo las necesarias e imprescindibles para convivir.
Era enero cuando comenzaron las lluvias.
Al principio, indecisas. Refrescantes. Después y sin parar durante cuatro días, un diluvio inundó la villa..
Cuando al fin la inclemencia cesó, una noticia insólita que se encargó de propagar El Periodista, alarmó a todos.
Un pez gigantesco tapó el desagüe.
Los pobladores, más que incrédulos, intrigados, hacían enormes filas tratando de llegar como pudieran a la plaza.
Era verdad. Allí estaba el pez más grande jamás visto a los pies del monumento al Soldado. Verde, con escamas del tamaño de platos y ojos tristes que miraban sin ver, de vez en cuando golpeaba la cola contra el agua, empapando aún más, a todos.
—Es un Medenmendero…— dijo El Ictiólogo— macho. Pensé que estaba extinto…
—Los Medenmenderos, son de la orden de los sirénidos y no son peces. Son mamíferos— Corrigió La Maestra.
—¡Hay que sacarlo cuanto antes! ¡Todo peligra!— gritó El Alcalde, que también era El Ingeniero.
Todos se preocuparon por esas palabras y sin hacer preguntas, como era usual, con el agua a la altura del pecho, unieron esfuerzos para remover al pez. Ni las cuerdas, ni las palancas, ni las palabras cariñosas del Ambientalista, ni siquiera los rezos del Cura, pudieron moverlo.
De pronto un murmullo desvió las miradas. Todos abrían paso a lo que parecía un ser de otro planeta. Era El Ingeniero que venía enfundado en un traje de buzo, seguramente maldiciendo la falta de sol que hiciera brillar la escafandra y hacer así su entrada más apoteótica.
¡Voy a destapar el desagüe…!— gritó acercando la boca a la ventanita redonda esperando los hurras.
—Ya es tarde…— sentenció El Viejo— El agua ya hizo su efecto. Todo terminó…
Haciendo caso omiso, el ahora Valiente, Ingeniero y Alcalde, se sumergió.
A medida que los minutos iban pasando, el nerviosismo se iba apoderando de todos. Al fin, los voluntarios que soplaban por la manguera para darle oxígeno al sumergido, se detuvieron. Cuando de pronto, el agua comenzó a bajar formando un remolino que arrastraba todo.
Los frentes de las casas que eran de cartón. La cruz de la iglesia que parecía de oro, mostró que solo era madera mal pintada; las flores, de plástico. Todo se iba por el desagüe sin que nadie pudiera hacer nada por impedirlo. Solo un decorado. Papeles pintados. Telones.
Pronto comenzaron los primeros gritos interrogadores. Las acusaciones. Los empujones y algún golpe perdido. Lentamente, los pobladores de la Villa Mentiuntur abandonaban el lugar tratando de no mirar la desolación, la nada en que se había convertido todo. Todos.
Fui el único que se quedó.
Aún vivo aquí.
Adopté al pez que era lo único verdadero. O él me adoptó a mí.
Por las noches miro al cielo buscando las estrellas que forman la cruz y me quedo esperando.


Esperando no sé qué.