miércoles, 15 de noviembre de 2017

El vuelo de la mariposa



El barrio es pequeño y tranquilo. Está en una zona alejada de la ciudad y se llega por un camino breve, bordeado de árboles bajos y tupidos; unos metros antes de entrar en él, un cartel al borde da la calle anuncia: “El Edén: La paz asegurada”. 
Las casas pintadas de colores apastelados, parecen competir entre ellas por su prolijidad y la delicadeza de sus detalles simples, algunas tienen tejas rojizas que se mimetizan con las hojas de los arces, y las otras, de techo azul, parecen perderse en el cielo límpido de la mañana.
Las calles serpentean respetando un diseño de curvas suaves. Solo desde lo alto es posible descubrir su simetría y admirar en su totalidad el colorido con que están vestidos los jardines.
Una mujer charla animadamente con su vecina sin siquiera pensar en el shhhk, shhhk, innecesario de la escoba que mueve una y otra vez por el mismo lugar.
En algún sitio, las estrofas de “Corazón contento” comienzan a escucharse opacando el monótono crrrii, crrrii, crrrii, que hacen los triciclos de unos niños dando vueltas por la plazoleta. La canción parece venir de una casa pintada en los tonos del rosa que en su patio trasero tiene una fuente con un querubín de piedra mojándose los pies. Las ventanas abiertas le dan paso a la brisa que agita levemente las cortinas de la cocina inmaculada en la que el aroma a café recién hecho invade el lugar y en la que una radio canta alegremente:
 “…Tu eres como el sol de la mañana
que entra por mi ventana
que entra por mi ventana
Tu eres de mi vida la alegría
Sos mi sueño en la noche
sos la luz de mi día
Tengo el corazón contento…”

La sala está decorada con algunos cuadros y fotografías familiares, unos sillones de cuero colocados alrededor de la chimenea y en el centro, una mesa sobre la que hay dos tazas de café y un jarrón lleno de flores blancas.
¡Chac! ¡Chac! ¡Chac…!
El sonido que viene desde detrás de uno de los sofás parece seguir el ritmo de la melodía. Solo se ve la mano ensangrentada que empuña un cuchillo y que sube, baja y vuelve a subir.
¡Chac! ¡Chac! ¡Chac…!
La sangre y trozos de tripa comienzan a empapar la alfombra y salpican la pared.
Desde el ventanal se ve un colibrí libando con movimientos nerviosos las flores. Rápidamente emprende el vuelo esquivando una cerca, da un par de vueltas alrededor de un árbol de castañas y sigue hasta un jardín vecino.
Al fin, la música cesa.
Unas cuadras más lejos,  el clik, clik de la tijera de un jardinero que recorta un arbusto se calla y el pie, que mueve al ritmo de la canción, se interrumpe esperando otra.
Los pájaros dibujan sombras repentinas sobre el asfalto al escuchar la detonación seca del disparo.
Por unos instantes todo parece detenerse y el silencio se adueña del lugar. Solo por unos instantes… Inmediatamente vuelven los crrrii, los shhhk y los clik.
En el silencio, hasta parece posible escuchar el leve flap, flap de las alas de la mariposa.




lunes, 30 de octubre de 2017

Cuentos de Calma Chicha presenta: Óxido



La claridad que precede al amanecer me guiaba por el camino cubierto de pinocha. Su olor inconfundible me hacía recordar aquellos veranos adolescentes tan intensos. Tan deseados. Mientras caminaba por el sendero entre las dunas, entendí cuánto extrañaba este frescor de brisa marina. Cuánto había tardado en volver.
En la arena blanda de la playa alguien había instalado un columpio y el cuadro que formaban sus caños enmarcaba nubes y trozos de mar que, incansablemente, dejaba espuma en la orilla y volvía por más. 
El asiento de madera estaba casi destrozado; me senté sin poder resistir la tentación.
Arriba.
Abajo.
Atrás.
Adelante.
El metal abandonado se quejaba a cada movimiento. Sonaba tan parecido a aquella vieja y desvencijada bicicleta de nuestra vecina…
—¿Me presta la bici, Doña Eulalia? —preguntaba respetuosamente cada día, sabedor de su mal carácter.
—¿Sabés andar? —contestaba siempre ella.
—No…
—Aprendé. Mientras, ni lo sueñes —repetía ella, terminando con sequedad la conversación.
A pesar que conocía su respuesta, no podía evitar enojarme, desearle que se le quemara la comida o que se fuera al infierno de los malos vecinos. Algo que castigara su egoísmo.
Esa tarde y a pesar de la charla anterior, esperé la quietud de la hora de la siesta para, como un ladrón, atreverme a sacarla con cuidado.
Todavía recuerdo la calcomanía con los colores de Italia, lo que me tenía que estirar para hacer llegar la punta de mis pies a los pedales y, sobre todo, los golpes. No encontraba la forma de dar dos pedaleadas seguidas sin caerme.
Hasta aquella mañana gloriosa en la que apenas despertarme me dije: ¡Sé andar en bicicleta!
Quedó grabada en mi memoria la expresión de Doña Eulalia cuando con total seguridad y seguro de no fallar, respondí a su repetida pregunta, que sí. Que sabía.
Ese verano terminó muy rápido.
Ahora, luego de tanto tiempo, comprendo que todo pasa muy rápido.
Empujé la hamaca con fuerza y comencé a desandar el camino.
El quejido de las cadenas se escuchaba cada vez más lento y lejano mientras el sol acariciaba las copas de los pinos.



miércoles, 4 de octubre de 2017

En El Mincho de ocho a nueve



Un bar donde desayunar. Solo era eso. No tenía nada que lo destacase del resto, excepto su ventanal que daba a una plaza que amenazaba con florecer. Casi nunca conseguía sentarme en la mesa que estaba a su lado y verla entera, pero trataba de ubicarme lo más cerca posible para que la brisa perfumada de primavera me acariciara aunque fuera a retazos.
Ese gran trozo de vidrio, semejaba a la pantalla de un cine por donde pasaban personas o imágenes contando historias. Ficticias, reales. Grises o en color. Es igual.
Para iniciar el día solo necesitaba eso y un espresso o tal vez dos, y servilletas, muchas servilletas en las que hacer garabatos.
Nada más.
Una de esas mañanas, la vi parada entre la luz plateada del ventanal y mi mesa. Fueron solo un par de segundos en los que su silueta se desnudó a través del vestido tan lleno de flores como lo estaría la plaza, los que tuve para admirarla. Las piernas ligeramente separadas, un brazo apoyado en la cintura y el otro sosteniendo su bolso y una carpeta que se adivinaba llena de problemas. Seguramente busca a alguien o alguna mesa que la conforme, pensé, pero por su conversación con el mozo comprendí que era una clienta habitual en la que nunca había reparado. Con el correr de los días, empecé a hacerlo.
En ocasiones, la espiaba escondido detrás de las páginas deportivas del diario. En otras, solo tras el humo de la taza de café.
Fue un jueves cuando al entrar, la mesa tan deseada me recibió vacía. El sonido de los pocillos, el aroma del café recién hecho y la tibieza de la mañana, ¿qué más…? Una sonrisa tan tonta como invisible me llenó la cara, hasta que una carpeta conocida se apoyó con fuerza sobre la mesa.
—Yo también siempre quise sentarme aquí, así que si no te molesta, voy a hacerlo… —espetó la chica de la silueta
—¿Y si me molesta…?
—Voy a hacerlo igual —sentenció mientras lo hacía.
Nos reímos como si nos conociéramos.
Sin saber cómo, miles de flores comenzaron a cubrir la plaza mientras hablábamos.
Desde ese día compartimos mesa. La que nos tocara.
Yo ya no garateaba en las servilletas. Ella, no hurgaba entre sus papeles.
En su charla había confianza, intimidad y palabras bonitas que se confundían con las imágenes llenas de colores que se mezclaban en el trozo de la rama del árbol que veía a su espalda.
Le encantaba hablar y a mí escucharla aunque casi no supiera nada de mí. Aunque no demostrara demasiado interés en saberlo.
Un lunes, luego de contarme su pésimo fin de semana, apoyó su mano sobre la mía:
—Sos un gran amigo… —Comenzó a decir.
Ya no pude seguir escuchando. En el ventanal, una nube casi negra hacía explotar rayos que amenazaban golpear las mesas. Los relámpagos jugaban con las siluetas de los comensales que parecían no darse cuenta de semejante debacle y el viento hacía volar servilletas sin garabatos, documentos y las flores de la plaza que pronto cubrieron el suelo del lugar.
Luego de eso, el bar no fue el mismo aun siéndolo. Sus paredes seguían vacías, las mesas baratas y sillas incómodas. El ventanal, el bendito o maldito ventanal, solo se convirtió en un vidrio sucio en el que se leía el nombre del bar escrito al revés.
Tarde o temprano, sucede. Siempre sucede. Después de todo El Mincho no era más que un bar donde desayunar.