sábado, 23 de diciembre de 2017

La esperadora




—Buenas tardes —suspiró, más que dijo el hombre al subir al taxi.
—Buenas tardes —contestó el conductor mirando por el espejo retrovisor —¿Adónde vamos? —preguntó al ver que el cliente solo se secaba el sudor de la frente con un pañuelo sin decir nada.
—Perdón. Es que esta locura previa a Navidad, me supera. Vamos a Roma y Trabajo, por favor.
—Ah, sí, a dos cuadras de La esperadora… —murmuró más para sí mismo que para el pasajero.
—¿Cómo soporta este tránsito, el calor y que todo el mundo esté tan apurado…?
Después de unos segundos y sin siquiera mirarlo, solo dijo:
—Tengo muchas navidades acá arriba. Se aprende.
—Disculpe que lo moleste, —dijo el hombre después de unas cuadras de silencio— pero, varias veces pregunté por qué le dicen La esperadora a ese cruce. Antes pensaba que era porque allí hubo algún comercio con ese nombre, o algo así. Algunos dicen que es solo una leyenda urbana sobre una mujer… No sé. ¿Usted lo sabe?
El conductor esta vez sí miró por el espejo. Se detuvo en un semáforo y contradiciendo al aire acondicionado, bajó la ventanilla y prendió un cigarrillo.
—Estaba tratando de dejarlo… —dijo con una sonrisa nublada.
—¿Sabe? —Continuó—Esa historia viene de por allá, los fines de los setenta. Unos años antes de que yo empezara a manejar un ómnibus. Había dejado atrás cosas muy feas, personales y estaba solo. Sin familia ni amigos —Tragó saliva y carraspeó un poco— las navidades, aunque no se crea en nada ni en nadie, es bravo pasarlas encerrado en la casa. Los que vienen a cenar con usted, son todos monstruos y los regalos que traen, se los regalo… Por aquellos años en el transporte,  en nochebuena había algunos servicios de emergencia que duraban hasta las primeras horas de la madrugada. Muy pocos, pero había y yo, siempre me ofrecía a manejar uno. Era como un paseo por una ciudad fantasma. Prendía la radio y la ponía a todo volumen, o me quedaba con el ronroneo del motor.
Solo me cruzaba con algún auto que llegaba tarde a la cena. La noche de mi primer guardia, circulaba por Roma y al llegar a Trabajo, la vi. Estaba en la parada y me hizo la seña de parar. Podría haber sido mi madre. Era flaca y muy canosa. Le abrí la puerta y ella me miró con una sonrisa que enseguida se desdibujó. Subió dos escalones y me dio un paquete. “Feliz Navidad” me dijo y se dio la vuelta volviendo a la parada a seguir esperando.
En el paquete había una porción maltratada de torta de durazno y crema.
Eso me pasó unas cuantas nochebuenas. Lo olvidaba el resto del año, pero ese día al sentarme y arrancar el bus, esperaba encontrarla. Muchos de mis compañeros la conocieron. Ellos la bautizaron “La esperadora”
Después de un tiempo, cambié de trabajo. Me hice chofer de taxi y por supuesto, me quedé con el turno de la noche. Al menos en estos días.
—¿Y no la vio más?
—Sí. De a poco se empezaron a vivir días de libertad, la gente se atrevía a salir más. Había cierta alegría contenida. Era el 83, ya sabe, les quedaba poco… Esa nochebuena, rechacé algún viaje y sin saber bien por qué, enfilé para esa esquina seguro de encontrarla. Y allí estaba, sentada en el refugio esperando. Estacioné el coche a la vuelta y me bajé. “Buenas noches”, le dije. Me miró sorprendida y nunca voy a entender cómo, pero me reconoció. “No maneja más el ómnibus… ¿Quiere un pedacito de torta?”
Me senté con ella sin pensar en la redondez del mundo, sin conocer las leyes no escritas de la casualidad y le pregunté. Le pregunté a quién esperaba…
Su hijo había manejado la misma línea del mismo ómnibus que yo, en las mismas fechas, pero en otros días. La noche que se quedó esperándolo para darle un abrazo y darle su postre, él no pasó. Y nunca más lo hizo. Era un sindicalista y se lo habían llevado.
Lo habían desaparecido.
Llámelo locura, trastorno, el pensar que un día se va a levantar y todo va a volver a ser como era… No sé, pero ella, todavía lo esperaba.
—Pero, ¿por qué habla de las casualidades?
—Porque yo estuve en el mismo cuartel que él... Apenas me dijo su nombre, lo recordé. Éramos todo lo amigos que se puede ser en un lugar así. Él era un poco menor que yo, un idealista. Un tipo lleno de esperanzas. Tontas o no. Equivocadas o acertadas. ¿A quién le importa? Pero eran de él.
Y se lo dije. Le dije que ya no lo esperara. Que ya no iba a volver. Yo vi su cadáver. Escuché cómo lo mataban…
Y lloramos. Juntos. Nunca había llorado tanto como esa noche, y ¿sabe? Fue ella la que me consoló a mí.
Jamás volvió.
Llegamos.
Afuera, el gentío. La locura de festejar algo casi desconocido. Gastar, comer, tomar.
Adentro, la misma frase que debió terminar cuando habló con ella. La misma puta frase sin terminar. Que nunca terminaría.  
Yo vi su cadáver. Escuché cómo lo mataban y como a los otros... ayudé a enterrarlo.

martes, 28 de noviembre de 2017

Reflejos, mentiras y deseos



Era tan solo otra de tantas noches en las que el reloj parecía lento, aburrido. No el que está en mi corazón deshabitado. Ese, indefectiblemente, se apuraba.
Mis dedos se movían aburridos haciendo girar lentamente el vaso. Trataba de concentrarme en entender las palabras tristes de la canción que se mezclaban con el murmullo de la gente.
El espejo detrás de la barra era como un televisor que trasmitía lo que sucedía a mi espalda. Sin muchas variantes. Aburrido. Como uno de verdad.
Hasta que vi entrar una mujer de la que me podría enamorar.
Detrás de ella, una sonrisa llena de dientes sobre un traje de corte perfecto la dirigía con mano segura hacia una mesa.
Se sentaron muy cerca de la barra, casi junto a mí. Miré su reflejo y le pregunté en silencio las mismas tonterías habituales.
Admiré sus gestos casuales, la firmeza de sus labios tentadores. Sus ojos parecían ser el lugar ideal donde perderse. Y no volver.
Definitivamente podría enamorarme de esa mujer.
Él hablaba en voz muy alta, pero solo escuchaba frases entrecortadas y palabras desconocidas para mí como: …amasar una hogaza…, era muy meliflua…, el giste de la cerveza…
Maldito ruido…
¿Quién habla así?, me pregunté. ¿Un poeta? ¿Un extranjero…?  No. Solo trataba de impresionarla, de adaptar su papel a lo que creía que era ella. Seguramente también podía convertirse en un muchacho de barrio, un filósofo. Quién sabe… Era un “profesional”.
Ella lo escuchaba con atención mientras sus labios comenzaban a mentir una sonrisa.
Al fin apoyó sus antebrazos sobre la mesa y se acercó lo más que pudo para hablarle en voz baja. Ella contestaba tranquila. Él, se recostó indolente, mientras tamborileaba con sus dedos sobre la mesa, hasta que se levantó de forma abrupta y salió del bar casi corriendo.
Nuestras miradas tranquilas y casi cómplices, coincidieron unos instantes en el reflejo.
Admiré la determinación y su firmeza imaginadas. Pensé en acercarme para hablarle, girar y mirarla sin espejo.
Solamente vacié mi vaso mientras la oía desaparecer.  Preferí quedarme con su reflejo y mi amor imaginado.