martes, 11 de abril de 2017

Otro viaje mágico y misterioso



Hola a todos, me emociona mucho volver a verlos aquí. Por favor, suban despacio y no olviden verificar su nombre y el número del asiento en el boleto. Tal vez sea uno diferente al que les tocó en su viaje de ida, seguramente también sea distinto su compañero de asiento, quién sabe.

No se preocupen, eso no importa, solo cierren los ojos y miren sus ventanillas. Por ellas desfilarán los atardeceres más bellos que recuerden y las tormentas más terribles que hayan podido soportar. Verán quién estaba a su lado admirando el sol y quienes los ayudaban a sostener contra el viento ese paraguas que se negaba a cubrirlos. Desfilarán juegos de niños y tonterías de adulto. Se escucharán pronunciando palabras que jamás se atrevieron a decir, pero lamento decirles que ni siquiera aquí, en este viaje, escucharán lo que alguien como ustedes, les negó sentir.

Acomódense en sus butacas, ¿les son confortables? ¿Alguien desea algo para beber? Ya pronto vamos a partir. Les prometo un viaje lleno de emociones, de recuerdos y de errores. De sonrisas. De sufrimientos e ilusiones que quedaron por ahí.

No se preocupen. Ya no se preocupen, es el precio del pasaje que seguramente algunos, no querían pagar.

Elijan una canción o dos, la cantidad que prefieran. Escúchenla acompañando cada imagen, en ellas, volverán a sentir aromas y sensaciones, las caricias en su piel. Serán la banda sonora de este viaje. De sus momentos inolvidables. De todos los que se llevan en eso que decimos corazón, alma o como cada uno prefiera llamar.

Por favor, no pierdan su tiempo recordando deseos no cumplidos, ni esperanzas que nunca se pudieron concretar. Dejen atrás las frustraciones, la ira que alguna vez los empapó. El ego, el orgullo, la riqueza y el poder. Las desilusiones. Pesa mucho ese equipaje y, no se olviden que en este viaje vamos desnudos y nada de eso se puede llevar.

No se preocupen por eso, llenen su pecho de orgullo. De satisfacción y revivan el amor. El dado, el recibido. Tal vez les suene cursi o repetido, pero solo por eso los recordarán. Pronto solo serán alguien en una foto descolorida, un nombre sin significado. Un recuerdo cada vez más tenue. Alguien que pisó lugares que otros muchos ya habían pisado y que muchos otros pisarán.

No se preocupen, es la ley de la vida y si están aquí, es porque tuvieron la inmensa felicidad de haber sido parte de ella.

Mantengan sus ojos cerrados. ¿Pueden sentir? ¿Pueden verse en aquellos momentos maravillosos?

Ya hago silencio, les doy privacidad. Este viaje mágico y misterioso, ya va a finalizar.






domingo, 15 de enero de 2017

La cola de la cometa


El Café
La plaza era pequeña. Cubrían su espalda casas y edificios de poca altura y más allá, un puente de piedras atravesaba el arroyo que era el lugar por donde cada día, prefería llegar. Una sola calle la atravesaba. Una calle empedrada y de poco tránsito flanqueada por jacarandás que pintaban todo de lila.
Había adoptado un bar que se ocultaba tras un portón antiguo y descuidado, como mío. Allí, todos los atardeceres, tomaba un café que servían con unos merengues deliciosos. No solo me gustaba ese sitio y su servicio, me encantaba la camarera.

La camarera
Puede sonar tonto, o reiterativo. Hasta un lugar común. Pero soñaba con esa chica aún antes de conocerla.
Literalmente, lo hacía.
Conocía su voz, sus gustos. Sus virtudes y sus defectos y, a medida que hablaba con ella, me daba cuenta que eran más los aciertos que los errores de esos sueños incomprensibles en los que compartíamos todo. La alegría, el dolor. El frío y el sol.

El sol
Los faroles de la plaza comenzaban a encenderse cuando la vi besándose apasionadamente con un hombre al que inmediatamente envidié.
Un sudor frío que me cubrió el cuerpo anunció la furia que sentía conmigo mismo por no haber ido antes a ese lugar.
La silla comenzó a elevarse lentamente, alejándome del lugar. Ignoré a los niños que me saludaban desde abajo y a sus madres que miraban con sorpresa. Ni siquiera el estruendo del puente derrumbándose me hizo mirar a atrás. Solo levanté la cabeza y dejé que el viento me secara la piel y me arrastrara donde el cielo fuera más azul. A algún lugar muy lejos de allí.

Lugares
Me perdía en sus ojos y saboreaba su boca. Acariciaba su cuerpo desnudo lentamente, cuidando de no saltearme ni uno solo de sus poros. Libaba en su humedad y humedecía su sequedad, suavizando su cuerpo, para entrar una y otra vez.
Como si no existiera otra cosa en la vida. Como si mi vida, dependiera de ello.
No era solo pasión, o lujuria. Era algo más fuerte, más potente. Incomprensible. Era gula. Gula de su mente, de su cuerpo, de su sexo imaginado en ellas.
En cada una de las mujeres que me parecían ella.
Sus piernas, su pelo; su mirada o su voz, sus manos…
Pero no lo eran.
La busqué por años en cada lugar posible o imaginado. En cabarets perdidos y restaurantes caros, en avenidas, en callejones.
Al fin, aunque rendido, decidí volver.

La vuelta
Santa Carmen no había cambiado. El puente estaba igual, vuelto a levantar piedra por piedra. En la plaza, los ángeles de la fuente ya no reían, pero continuaban cuchicheando entre ellos. Nuevos niños correteaban por allí, cuidados por los que una vez habían hecho lo mismo que ellos, en el mismo lugar.
Busqué el portón del Bar deseando que todo estuviera igual. Sentí el aroma del café recién hecho, saboreé el crocante exterior del merengue. Escuché los pasos seguros de ella dirigiéndose hacia mí.
No sé cuánto estuve mirando el cartel que decía que el lugar se alquilaba. No sé cuánto tardé en reaccionar. En entender la irreverencia del tiempo.
El amanecer me sorprendió sentado en uno de los bancos.

Cometa perdida
—Yo era una niña cuando usted se fue volando en una silla— dijo una mujer que no había escuchado llegar— Al poco tiempo, la camarera del bar que estaba allí, hizo algo parecido. Se alejó de aquí agarrada de la cola de una cometa. Pensé que eran cosas de niños…


Tal vez tardé mucho en contestarle, tal vez, ni siquiera lo hice; solo me levanté y creí murmurar:


—Volar es cosa de niños. Escapar es cosa de adultos…



miércoles, 7 de diciembre de 2016

La siempre engañosa luz de las estrellas

Tres años atrás
Todo comenzó después del gran cataclismo; cuando los ríos se congelaron y la lava de los volcanes se deslizaba encima de ellos sin fundirlos, como un esquiador lanzado en una pendiente sin fin. Ciudades, pueblos y villorrios, fueron destruidos por incendios incontrolables. Los que vaticinaban que el derretimiento de los polos inundaría al planeta, miraban absortos como los océanos se escurrían convertidos en vapor que salía por los ahora vacíos volcanes, dejando a la vista cordilleras interminables y fosas de profundidad incalculable.
Después de la última gran tormenta, el planeta amaneció dividido en miles de trozos que vagaban errantes, pero se negaban a alejarse demasiado unos de otros, formando mundos pequeños. Algunos tanto, que en un solo día, se podía dar la vuelta a ellos. Los llamamos “Mundis” y eran miles que giraban alrededor del gran trozo que conserva lo que quedó de la humanidad, encerrada en edificios gigantescos de habitaciones diminutas. La Tierris.
El mío se reducía a una piedra en la que había heredado una parcela de tierra fértil que usaba para cultivo y un lago que, quién sabe por qué, una mitad era de agua salada y la otra, dulce. Un viejo galpón que había sido una fábrica de ventiladores y un avión sin motores, viejo y pequeño, que era mi casa. En la carlinga había instalado el observatorio. El telecaleiscopio, ocupaba todo el parabrisas y  cuando descorría la cortina de terciopelo azul que lo cubría, llenaba la oscuridad de la cabina con luces de planetas lejanos, cometas nómadas y estrellas que tal vez, ya no existían pero se negaban a apagar su luz. Tenía esperanzas de con él, encontrar al fin, algún mundo nuevo. Diferente.
Usaba el aparato por las noches. En el día, era como un caleidoscopio gigante. Me encantaba ver las formas de colores jamás adivinadas, moverse a lo largo del tubo metálico que era mi hogar.
Un lugar seguro y silencioso. Sin sobresaltos, ideal para recuperarse de una hecatombe como la que había casi, arrasado con todo.


Un año atrás
Ellas, es una roca grande y de formas armónicas en la que casi siempre llueve. La rodea una nube que parece llevar atada y en cada atardecer, se pueden observar las tormentas de rayos más fuertes que se pueda imaginar y luego, los más increíbles y perfectos arcoíris. A pesar de sospecharlos, no me acostumbraba a esos cambios repentinos y siempre me sorprendía observándolos. Al regresar a casa,  encendí el Ojo de Leela. Así le decía al monitor ovalado de rayos catódicos que estaba conectado al telecaleiscopio. Inmediatamente, el leve zumbido de las válvulas invadió el silencio del lugar y muy pronto, la pantalla se llenó de palabras que no estaba seguro de dónde venían.
Al principio, me costó entender la letra. Eran trazos que se notaban escritos con prisa y no estaba seguro de cuándo habían sido enviados. Estaba tratando de descifrarlos cuando de pronto, una mano femenina apareció en la pantalla escribiendo con lentitud. Hola, enciende el telescopio— decía ahora con letra clara.
Descorrí la cortina y un iris tan azul como un zafiro, llenó el parabrisas y todo mi espacio  con su luz.
El ojo se alejó un poco y pude ver los dos. Sonreían. Sus cejas, algo gruesas, que acentuaban el gesto, también lo hacían. Los mechones de pelo enmarcaban la mirada alegre que no podía ocultar un dejo de tristeza bien guardada entre quién sabe cuántos misterios. 
Solo eso.
Ella, no buscaba planetas distintos. Estaba segura que en todo el universo, no encontraría otro como el suyo, pero la entretenía pasear por algunos.
Su Mundis era más grande y tenía animales de granja, una casa de ladrillos, plantaciones de frutos tropicales y un viñedo. Usaba un sombrero de ala muy ancha y tomaba sol bebiendo de su propio vino en la piscina.
Ella, era una verdadera dama estelar.
Yo, un simple vagabundo estratosférico.
Me habló de los mundos que había visitado y como los había bautizado: El field of joy, donde un tinglado con muñecos, simulaban escuchar e interesase en las personas que lo visitaban. En la Rocher Fantastique, sus moradores estaban seguros que eran importantes, necesarios para alguien que no existía. Y la siniestra Isla Objeto. Allí, sus habitantes eran usados solo cuando su monarca los necesitaba, luego, eran condenados a pasar su vida en anaqueles.
Esos, solo eran algunos.
Era casi primavera cuando nos conocimos.


Una madrugada muy fría de ese año
Una noche de insomnio, oteando el cielo, vi unos asteroides que se dirigían directo hacia mi órbita. Aún estaban lejanos y como siempre, pensé que nada malo podía suceder.


Ayer
Es primavera otra vez y los cultivos parecen venir con fuerza. Los brotes de alcachofa, que rodean el rosal color atardecer, crecen buscando la tibieza del sol. Pronto será tiempo de pasear al borde salado del lago y disfrutar del verano, de despedir al frío, pero la amenaza está cada vez más cerca y al fin comprendo que es verdadera y que debo hacer algo.
Una idea loca se apoderó de mi mente. Entré al galpón de los ventiladores decidido a intentar realizarla.
Mientras trabajaba en ella, no podía dejar de pensar en la Dama Estelar. La había visto desplegar las velas y poner proa hacia otro sitio.
Seguía su camino buscando en galaxias lejanas, mundos brillosos. De oro, mirra e incienso. Tal vez uno que la hiciera recordar algún tiempo de felicidad breve, imaginada. Alguno donde al fin, abrir su maleta llena de incógnitas.
Nuestros Mundis se acercaron brevemente, se rozaron sin abrazos. Por accidente. Nada más.


Hoy
El viento trata en vano de arrebatarme el sombrero. Encima de mí, el cric-cric que hacen las alas de los pájaros eléctricos que me siguen, es permanente y se confunde con el sonido de los cientos de ventiladores que ahora, impulsan mi roca. Llevo una buena velocidad aunque aún no sepa mi destino. Ni siquiera si encontraré un lugar donde amarrar la nave.
Tal vez me detenga un tiempo del lado oscuro de Ellas a observar las tormentas y los arcoíris, alejado. Muy alejado.
Quizás me mude a Tierris y me pierda entre la muchedumbre.

O tal vez me dirija hacia alguna estrella lejana y trate de encontrar si realmente, hay algo detrás de su luz.



martes, 11 de octubre de 2016

Mujer de tormentas

Las explosiones de unos rayos lejanos me despertaron. La noche era calurosa y sin abrir los ojos, estiré mi mano suavemente esperando encontrarla. No estaba.
Su silueta desnuda se recortaba en la ventana como un cuadro de Hopper.
Tan cierta, tan sola. Tan irreal.
La noche era oscura y los relámpagos jugaban con sus curvas, dibujándolas por unos instantes, cegándome.
Miraba el cielo hipnotizada, inmersa en su propia tormenta, tal vez sintiéndose parte de ella.


La luz me raspaba los ojos. El sol de verano, emboscado, esquivaba planetas, meteoros y edificios, para filtrarse por mi ventana
La brisa de la mañana agitaba perezosa las cortinas que apenas cubrían la luz que empezaba a invadirme. Debajo, lentamente, la ciudad bostezaba taconeos, tosía motores. Desperezaba su misterio y arrastraba los pies buscando algo que la espabilara.
El cuarto comenzaba a pintarse. De a poco, los grises iban apastelándose, viraban al color a medida que el sol iba tocándolos. Haciéndolos vibrar.
Tal vez prefería los grises de la noche. Su silencio. La ansiedad leve y excitante que provoca el esperar un nuevo día.
Solo una estúpida y cruel paradoja.
Hacía calor.
El tragaluz traía olores a comidas y voces distantes. Conversaciones, gritos y susurros.
La miré.
Dormía desmadejada, tranquila, soñando quién sabe qué. Alejada de sus nubes, de esos huracanes que amenazaban llevarla.

Desde el piso de arriba, el sonido de un clarinete acarició mis sentidos. Me dejé llevar por la melodía lenta y melancólica.
Volví a mirarla. No podía dejar de hacerlo y quise dormir para soñar sus sueños.
Me acerqué a la ventana.

La ciudad a mis pies y el sol que volvía a cegarme.