viernes, 22 de mayo de 2015

Show

¡Hoy, por única vez! ¡No se lo pierdan, damas y caballeros! ¡Un espectáculo único e inimaginable! No se repetirá la oportunidad de visitar el interior de un cuerpo humano… vivo.

La conocí en un bar donde cada noche trataba de llenar mi vacío, vaciando vasos. Ella cantaba canciones de amores perdidos con voz de brisa y mirada llena de promesas y rechazos. Como si fuera una Gioconda de carne y deseos inconclusos. Incomprendidos.
Solo la miraba. Me hacía bien verla. Saberla allí.
Cerca. Lejos.

Atraviesen las válvulas de su corazón y naveguen en su sangre. Descubran qué lo hace latir más fuerte y qué lo paraliza. No se pierdan de mirar por sus ojos y escuchar por sus oídos.

Esa noche me sentía bien. Era una de esas noches mágicas que parecen estar llenas de buenos augurios.  Esas que pueden sentirse en la piel o en la boca del estómago. Decidido a todo o nada,  me acerqué a la barra. Al rincón oscuro donde solía sentarse después de cantar.
Entre sus manos, un cigarrillo y un vaso lleno de rojo fuego, se peleaban por besar sus labios.
No sé si fue su perfume o si fueron sus ojos que sentí que por primera vez se fijaban en mí que me dejaron mudo, sin palabras. Solo le dije que me encantaría cantarle una canción.
—¿De amor? Nunca me cantaron una canción de amor…— contestó con palabras llenas de languidez— Nunca me cantaron ni siquiera una canción.

Recorran su pelvis, sus genitales

Esa noche nos fuimos juntos y todas las sensaciones del mundo, las imaginadas y las que no, se encontraron entre nuestras piernas. En nuestra piel húmeda de sangre caliente; de sudores de placer y lágrimas derramadas. Olvidadas. Felices.

Señoras, señoritas, deléitense sintiendo que lo hace enamorarse, visiten y descubran ese misterio oculto y bien guardado que todos tenemos y que nadie sabe explicar.

Una sonrisa estúpida volvió a luminar mi cara. Los colores eran vibrantes, contagiaban el brillo que dan esos días grises, plenos de luz sin sombras.

Y para los hombres más valientes y arriesgados. Para los que no le temen a las sensaciones fuertes ni a las peores pesadillas que se puedan vivir despiertos, un viaje por sus miedos…

Una mañana me desperté pensando en el cuaderno. Ese que no existe pero está lleno de planes, de proyectos. Miré la delgadez del almanaque y sentí la falta de tiempo. Y su ausencia. Esa que cada noche me despertaba y que por más que tratara, no podía sacarme de la cabeza, de las venas. Ni de la piel.
Veía por la ventana escaparse la noche y cerraba los ojos para no enfrentar al día. Ese lleno de realidades, de verdades que remueven las tripas.

¡Última oportunidad, señoras y señores! ¡No se pierdan de entrar antes de que se cierre por última vez…!

Después de un tiempo, volví al bar. Me senté lejos del escenario, oculto por la poca luz y el humo de los cigarrillos. Ella seguía cantando con esa voz seductora y su mirada perdida en quién sabe qué recuerdos.

Tal vez deseando volver a la soledad de su casa. Tal vez esperando a alguien que le cantara otra canción.