miércoles, 6 de abril de 2016

El unicornio

Está feo, dijo mirando al cielo y amagando si irse, o no.
Sí, le contesté.
Prendió un cigarrillo y se quedó unos instantes mirando la llama de su encendedor. El humo le cubría la cara aumentando la niebla de sus ojos.
Guardó las manos en los bolsillos amplios de su pantalón de trabajo y sin sacarse el pucho de los labios murmuró más para él que para nadie, hay días en que me vienen ganas de mandar todo a la mierda…
Bajé la mirada y ahora el que prendí un cigarrillo fui yo.
Lo entendía.
Y cómo lo entendía. Sin saber qué le pasaba, lo sabía exactamente. Conocía esa sensación de vacío en el estómago. Esos deseos de todo y de nada; la impotencia de no tener respuestas.
Ni una puta respuesta.
Lo volví a mirar.
Estaba avejentado. Seguramente tanto como yo. Aún conservaba algunos rasgos suaves de su juventud y  casi el mismo peinado.
Nunca habíamos sido amigos, pero nos conocíamos. El tiempo nos fue separando y las pocas veces que nos cruzamos, solo nos saludamos con un leve cabeceo y un hola casi silencioso.
—Sentáte— le dije— tomáte una conmigo.
Con el dedo medio y el pulgar tiró lejos la colilla que salió girando lejos para caer en el medio de un charco. Observó crecer los círculos en el agua y cuando se amansaron, se sentó sin decir nada.
—¿Qué tomás?— pregunté.
Miró mi vaso y asintió con la cabeza. Dos grappas con limón le pedí al mozo que descansaba acodado en el mostrador.
El ventanal estaba empañado y pasé la mano para poder ver. Había empezado a llover y las pocas personas que todavía andaban por la calle apuraban el paso, apretándose contra las casas.
—¿Has ido por el club?— le pregunté por preguntarle algo. Como un intento de romper el silencio que nos rodeaba.
—No— contestó— ¿Vos…?
Las luces de la calle se prendían aburridas. Sin ganas. Llevándose esa penumbra tan agradable del final de la tarde.
—Tampoco— contesté
Apuró el vaso de un trago. Lo imité.  Lo apoyó fuerte contra la mesa y aprovechó la mirada del mozo para señalar los vasos vacíos levantando las cejas.
El Gallego prendió la radio y mientras movía el dial tratando de encontrar algo que le gustara, una serie de voces hablaron a los gritos sin terminar de decir nada.
—¿Vos, bien?— Fue su turno de preguntar.

Al fin el Gallego encontró lo que buscaba. La voz sonaba gangosa. Como arañando un pizarrón. Alta.
Demasiado alta.

 *...Rara...
como encendida
te hallé bebiendo
linda y fatal...
Bebías...

y en el fragor del champán,
loca, reías por no llorar...



—Sí. Bien.
Miró la calle y se levantó a pagarle al mozo la vuelta que le correspondía. 

Volvió y apoyó las manos sobre la mesa. Miró al techo como dudando. El ventilador giraba arrastrando telarañas.
—¿Sabés…?— empezó a decir haciendo una pausa larga— Buscamos lo mismo. Estoy seguro que buscamos lo mismo. Un poco de verdad. Un poco nomás. Menos mentiras, que no nos subestimen… Eso. Pero ¿sabés? Me costó, pero entendí que “eso”, no existe.
Se dio la vuelta y salió así, sin despedirse.

Hoy vas a entrar en mi pasado,
en el pasado de mi vida...
Tres cosas lleva mi alma herida:
amor... pesar... dolor...
Hoy vas a entrar en mi pasado
y hoy nuevas sendas tomaremos...
¡Qué grande ha sido nuestro amor!...
Y, sin embargo, ¡ay!,
mirá lo que quedó...


Pedí otra copa.
Mientras la vaciaba de un trago lo miré alejarse bajo la llovizna mansa. El Polaco hablaba por él.
Y por mí...


*Letra del tango Los Mareados











2 comentarios:

  1. Me alegro que te haya gustado, Marcela. ¡Muchas gracias por pasar y dejar tu huella!

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