lunes, 27 de abril de 2015

Hombre de papel blanco, mujer de papel rojo

…cuenta la leyenda que en los albores del mundo y cuando este estaba solo poblado por dioses, la esposa de Sol, el soberano de todos, le pidió compartir su felicidad creando criaturas a su imagen y semejanza para que sintieran lo mismo que ellos y llenaran la soledad del mundo en que habitaban. 
El dios de dioses estuvo de acuerdo y dejó que su amada se encargara de todo. Solo le pidió que le avisara el momento en que debería darles vida a sus nuevos súbditos. 
Luna comenzó la tarea con mucho entusiasmo. Tomaba dos hojas de papel, una blanca y otra roja,  las juntaba y con una tijera recortaba una silueta que eran dos. 
—Eso te dará mucho trabajo, ¿por qué solo de a dos?— preguntó Sol.
—Por más que lo trate, nunca podré cortar dos figuras iguales, excepto las que corte unidas. Esas, siempre serán parte una de la otra. Así como nosotros nacimos para estar juntos, ellos también lo estarán y podrán vivir nuestra felicidad.
Al fin, todo estuvo listo. Desde lo alto de una nube, Luna dejó caer las figuras sobre la Tierra y Sol, ordenó que al llegar al suelo, tuvieran vida.
Los en breve, seres vivientes, volaban muy juntos en dirección de sus nuevos hogares cuando Viento, que no estaba avisado de estos planes, decidió dar un soplo tan grande y poderoso que los papeles se dispersaron en todas direcciones cayendo separados. Algunos muy lejos. Demasiado…


Edelmiro cerró la página y apagó la computadora. Cuando era muy joven había leído esa historia y, sin saber muy bien por qué, le había quedado grabada. Tanto, que siempre, de una forma o de otra la imagen de los muñecos recortados volando perdidos unos de otros, aparecía cuando menos se lo esperaba. Ahora la había encontrado en una página que trataba sobre mitos y leyendas y al reconocerla la devoró leyéndola una y otra vez.
Cómo podía ser que semejante patraña lo hubiera marcado de tal manera todo este tiempo, se preguntaba.
Se sentía cansado, vencido. Casi de rodillas, dispuesto a tirarle la toalla a la cara al que se atreviera a darle ánimo. A decirle que no se rindiera. 
Ya no quería escuchar palabras vacías, huecas. Mentiras piadosas.
La verdad estaba en el vacío a su alrededor. En el vacío que habitaba en su pecho a pesar de todas las ilusiones y esperanzas a las que en algún momento se había entregado.
Antes de irse a dormir se miró al espejo. Estaba pálido y más arrugado.
El hombre de papel blanco se dobló con cuidado y rogó que por lo menos esa noche, no soñara con la mujer de papel rojo.







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