miércoles, 7 de diciembre de 2016

La siempre engañosa luz de las estrellas

Tres años atrás
Todo comenzó después del gran cataclismo; cuando los ríos se congelaron y la lava de los volcanes se deslizaba encima de ellos sin fundirlos, como un esquiador lanzado en una pendiente sin fin. Ciudades, pueblos y villorrios, fueron destruidos por incendios incontrolables. Los que vaticinaban que el derretimiento de los polos inundaría al planeta, miraban absortos como los océanos se escurrían convertidos en vapor que salía por los ahora vacíos volcanes, dejando a la vista cordilleras interminables y fosas de profundidad incalculable.
Después de la última gran tormenta, el planeta amaneció dividido en miles de trozos que vagaban errantes, pero se negaban a alejarse demasiado unos de otros, formando mundos pequeños. Algunos tanto, que en un solo día, se podía dar la vuelta a ellos. Los llamamos “Mundis” y eran miles que giraban alrededor del gran trozo que conserva lo que quedó de la humanidad, encerrada en edificios gigantescos de habitaciones diminutas. La Tierris.
El mío se reducía a una piedra en la que había heredado una parcela de tierra fértil que usaba para cultivo y un lago que, quién sabe por qué, una mitad era de agua salada y la otra, dulce. Un viejo galpón que había sido una fábrica de ventiladores y un avión sin motores, viejo y pequeño, que era mi casa. En la carlinga había instalado el observatorio. El telecaleiscopio, ocupaba todo el parabrisas y  cuando descorría la cortina de terciopelo azul que lo cubría, llenaba la oscuridad de la cabina con luces de planetas lejanos, cometas nómadas y estrellas que tal vez, ya no existían pero se negaban a apagar su luz. Tenía esperanzas de con él, encontrar al fin, algún mundo nuevo. Diferente.
Usaba el aparato por las noches. En el día, era como un caleidoscopio gigante. Me encantaba ver las formas de colores jamás adivinadas, moverse a lo largo del tubo metálico que era mi hogar.
Un lugar seguro y silencioso. Sin sobresaltos, ideal para recuperarse de una hecatombe como la que había casi, arrasado con todo.


Un año atrás
Ellas, es una roca grande y de formas armónicas en la que casi siempre llueve. La rodea una nube que parece llevar atada y en cada atardecer, se pueden observar las tormentas de rayos más fuertes que se pueda imaginar y luego, los más increíbles y perfectos arcoíris. A pesar de sospecharlos, no me acostumbraba a esos cambios repentinos y siempre me sorprendía observándolos. Al regresar a casa,  encendí el Ojo de Leela. Así le decía al monitor ovalado de rayos catódicos que estaba conectado al telecaleiscopio. Inmediatamente, el leve zumbido de las válvulas invadió el silencio del lugar y muy pronto, la pantalla se llenó de palabras que no estaba seguro de dónde venían.
Al principio, me costó entender la letra. Eran trazos que se notaban escritos con prisa y no estaba seguro de cuándo habían sido enviados. Estaba tratando de descifrarlos cuando de pronto, una mano femenina apareció en la pantalla escribiendo con lentitud. Hola, enciende el telescopio— decía ahora con letra clara.
Descorrí la cortina y un iris tan azul como un zafiro, llenó el parabrisas y todo mi espacio  con su luz.
El ojo se alejó un poco y pude ver los dos. Sonreían. Sus cejas, algo gruesas, que acentuaban el gesto, también lo hacían. Los mechones de pelo enmarcaban la mirada alegre que no podía ocultar un dejo de tristeza bien guardada entre quién sabe cuántos misterios. 
Solo eso.
Ella, no buscaba planetas distintos. Estaba segura que en todo el universo, no encontraría otro como el suyo, pero la entretenía pasear por algunos.
Su Mundis era más grande y tenía animales de granja, una casa de ladrillos, plantaciones de frutos tropicales y un viñedo. Usaba un sombrero de ala muy ancha y tomaba sol bebiendo de su propio vino en la piscina.
Ella, era una verdadera dama estelar.
Yo, un simple vagabundo estratosférico.
Me habló de los mundos que había visitado y como los había bautizado: El field of joy, donde un tinglado con muñecos, simulaban escuchar e interesase en las personas que lo visitaban. En la Rocher Fantastique, sus moradores estaban seguros que eran importantes, necesarios para alguien que no existía. Y la siniestra Isla Objeto. Allí, sus habitantes eran usados solo cuando su monarca los necesitaba, luego, eran condenados a pasar su vida en anaqueles.
Esos, solo eran algunos.
Era casi primavera cuando nos conocimos.


Una madrugada muy fría de ese año
Una noche de insomnio, oteando el cielo, vi unos asteroides que se dirigían directo hacia mi órbita. Aún estaban lejanos y como siempre, pensé que nada malo podía suceder.


Ayer
Es primavera otra vez y los cultivos parecen venir con fuerza. Los brotes de alcachofa, que rodean el rosal color atardecer, crecen buscando la tibieza del sol. Pronto será tiempo de pasear al borde salado del lago y disfrutar del verano, de despedir al frío, pero la amenaza está cada vez más cerca y al fin comprendo que es verdadera y que debo hacer algo.
Una idea loca se apoderó de mi mente. Entré al galpón de los ventiladores decidido a intentar realizarla.
Mientras trabajaba en ella, no podía dejar de pensar en la Dama Estelar. La había visto desplegar las velas y poner proa hacia otro sitio.
Seguía su camino buscando en galaxias lejanas, mundos brillosos. De oro, mirra e incienso. Tal vez uno que la hiciera recordar algún tiempo de felicidad breve, imaginada. Alguno donde al fin, abrir su maleta llena de incógnitas.
Nuestros Mundis se acercaron brevemente, se rozaron sin abrazos. Por accidente. Nada más.


Hoy
El viento trata en vano de arrebatarme el sombrero. Encima de mí, el cric-cric que hacen las alas de los pájaros eléctricos que me siguen, es permanente y se confunde con el sonido de los cientos de ventiladores que ahora, impulsan mi roca. Llevo una buena velocidad aunque aún no sepa mi destino. Ni siquiera si encontraré un lugar donde amarrar la nave.
Tal vez me detenga un tiempo del lado oscuro de Ellas a observar las tormentas y los arcoíris, alejado. Muy alejado.
Quizás me mude a Tierris y me pierda entre la muchedumbre.

O tal vez me dirija hacia alguna estrella lejana y trate de encontrar si realmente, hay algo detrás de su luz.



2 comentarios:

  1. Hola Héctor, es la primera vez que llego aquí. Me ha gustado mucho tu relato estelar, me agrada tu narrativa fresca, la intensidad con que sostenés el argumento, la presentación y el cierre. Disfruté de la lectura, sinceramente. Un placer leerte. Un gran saludo.
    Ariel

    ResponderEliminar
  2. Hola, Ariel. Bienvenido. Muchas gracias por pasar por aquí y dejar un comentario tan amable.
    Te mando un abrazo

    ResponderEliminar