miércoles, 8 de octubre de 2014

¡Chau, Novelitas...!

Es muy común escuchar la frase: El fin de un ciclo.
Es real. Los ciclos se cumplen. Se terminan y Novelitas cumplió el suyo.
Aquí hay muchas historias. De todo tipo. Y lo que narran, es eso. Lo que pasó en un ciclo.
Las historias van a seguir aquí esperando que alguien quiera leerlas.
Gracias a todos los escritores, o apasionados, o los que tenían algo que decir, que colaboraron con sus historias para hacer de este lugar un sitio que quise mucho.
¡Son los mejores!
Y gracias. Eternas gracias a todos los que se tomaron la molestia de entrar a leer.
¡Son más mejores!
Queda un último relato escrito un tiempo atrás.

Abrazos y más gracias.



Cuentos de Calma Chicha, presenta: Cuadernos de popesía
El panamá volador
Única escena.


Era un sombrero panamá. Clásico.
 De color beige claro con una cinta negra a su alrededor.
 Estaba seguro que esa cinta tenía un nombre. Nunca lo supe.
Ni tampoco el motivo de su nombre
Y volaba.
Por momentos tranquilo, como planeando.
 Subía. Bajaba.
Giraba en el aire como haciendo una demostración de sus habilidades.
 Como tratando de explicar que podía dársele otro uso.
Contrastaba con el azul del cielo y nos cegaba
cuando dejaba al sol ponerse a su espalda.
Quedaba precioso en su cabeza.
Cuando se lo probó, comenzó a hacer caras chistosas
imitando a un gangster
o a una estrella de cine.
Le daba un aspecto que no sabría definir pero que me encantaba.
Hasta que el viento se lo arrancó
como por arte de birlibirloque.

La tarde estaba terminando. El verano, no.
Recién comenzaba. 
La playa era un buen lugar para caminar sin apuro.
A paso lento.
Contando, escuchando. Riendo.
Dejando a la magia hacer su trabajo.
Nos habíamos encontrado temprano.
El saber de ese plan no me había dejado dormir imaginándola.
Deseando encontrarla. Tenerla cerca.
Conquistarla.

Levantó los brazos con rapidez. Pero no fue suficiente.
Sus manos quedaron vacías tratando de retener lo que le habían robado
y en su boca la sonrisa que tanto me gustaba,
se transformó en una “O”
Perfecta.
Llena de asombro.

Cuando la vi llegar,
todo pasó a ser parte de un segundo plano.
Siempre que estaba con ella me pasaba. Eran días inolvidables
llenos de sensaciones, de colores vibrantes.
De risas, de roces provocados
De miradas tímidas
Estábamos escribiendo un guión.
Una trama.
Deliciosa.
Excitante
Para una escena que no quería que terminara.

Comenzamos a correr detrás de él.
Al principio, preocupados por atraparlo,
luego,
cuando las risas provocadas por vernos correr tras el sombrero
se adueñaron de la tarde,
 todo se transformó en un juego divertido y provocador.
 Inolvidable.
Como era previsible,
el sombrero terminó su vuelo en el mar poniendo proa a quién sabe qué destino.
Como era previsible nos quedamos allí,
Sobre la arena, esperando el atardecer.
Iniciando un paseo por un universo nuevo
Escribiendo una escena a cada instante
Igual de deliciosa.
Solo deseando
Solo esperando
Que el temido “corten”
no llegara jamás.




martes, 7 de octubre de 2014

Cuadernos de popesía, presenta: Demasiadas noches

Muchas noches me cuesta dormirme
y prendo la tele y la apago
o la computadora y escribo
Muchas noches me cuesta dormirme
Y trato de entender por qué gira el mundo
o por qué ese perro ladra
o cualquier otra estupidez
y prendo un cigarrillo que me hace toser
y lo apago
y prendo otro
Muchas noches me cuesta dormirme
pensando cosas en que no quiero pensar
o en proyectos que se amontonan
o en cortarme el pelo
en siempre tratar de levantarme con el pie derecho
o a propósito, con el izquierdo
qué más da
Muchas noches me cuesta dormirme
planeando hacer una pulsera
como un talismán
que me cambie la racha
o la cabeza
Muchas noches me cuesta dormirme
y me imagino tomando unas virundelas
con gente que hable pavadas
o cosas serias
sin importar qué.
Muchas noches me cuesta dormirme
y me imagino durmiendo
con los hombros flojos
con la cabeza en blanco
Imaginando otro día
Otra cara
Muchas noches me cuesta dormirme
y prendo la tele y la apago
o la computadora y escribo

como ahora.


lunes, 6 de octubre de 2014

Mi Memoria Un relato de Maite Moreno

El cielo azul se pierde entre las tres montañas. El valle parece un gran campo de golf. Las casitas rurales y chalets recién construidos son como recortables pegados en aquel paisaje. La suave brisa apacigua el calor. Y el placer de poseer un pedazo de tierra; me lleva  a creerme una  Scarlett O´Hara. La ocurrencia me arranca una sonora carcajada; a pesar de que las circunstancias me obligan a vender aquel terreno.
Observo el balado hecho por mi abuelo. Lo hizo apilando pedruscos de distintos tamaños y formas hasta conseguir el ajuste perfecto. Era el modo de  poner los límites de las fincas. Siempre soñé con construir allí una casita para regalar a mis hijos. Felices recuerdos. No pudo ser, los sueños, a veces, sueños son.
Los restos de a casa han sido invadidos por una amalgama de plantas silvestres. Mi abuela tenía plantas de malvas olorosas, como ella las llamaba, delante de la casa. Le gustaba el aroma que desprendían y siempre llevaba en el bolsillo unas cuantas que estrujaba de vez en cuando con las manos. De niña sonsacaba a mi madre información sobre su padre, para ir modelando la imagen del abuelo que nunca conocí:
—Mamá ¿Cómo era el abuelo?
—Papá era un hombre muy fuerte, y muy rubio, tenía unas manos muy grandes… Qué  joven era, 47 años, cuando nos quedamos sin él—Y en este punto la voz de mi madre adquiría matices de niña—.Un día mamá, muy nerviosa, me ordeno que  recogiera a mis hermanos y me escondiera con ellos. No regreses hasta que oigas que te llamo ¿Entiendes? Me asusté y comencé a llorar, solo era una niña de siete años. Me limpió las lágrimas, me beso. Muy hablo en susurros pidiéndome que no tuviera miedo. Es como jugar al escondite. Llorando comencé a buscar. Al pequeño, un bebé, lo cargué en brazos. Decidí ir por el camino de los prados, pero a lo lejos divisé las cabezas de unos caballos y sobre ellos varios guardias civiles. Aterrorizada, sin saber muy bien el por qué, decidí que nos esconderíamos en el horreo, era lo más a mano que teníamos y además estaba pegado a la casa. Todavía no sé como pudimos subir a él. Una vez adentro nos acurrucamos entre el maíz. Desde allí, entre las rendijas de los tablones, podía controlar lo que  sucedía. Mis padres esperaban a aquellos hombres en la puerta de entrada, y podía  oírlos.
—Escápate—Le suplicó mi madre.
—Yo no he hecho nada y no tengo por qué  esconderme—Contestó mi padre.
—¡A ellos le da igual, vienen a por ti!— Alzó la voz desesperada.
—No buscan a labradores que viven honradamente y ayudan a los vecinos—Y con estas palabras cortó la conversación. Mi madre ocultó el rostro con sus manos.
En el horreo, sentí como el silencio ahogaba el crujir de las hojas secas del maíz. Mis hermanos aterrorizados me observaban. Puse mi dedo sobre mis labios. Miraron al bebé, dormía.
El sonido de las herraduras de los caballos sobre el camino y el roce de las capas ásperas de los guardias sobre los animales, borro la voz del día. Se apearon muy  cerca del horreo. Sentí que me asfixiaba. Sus cuerpos desprendían olor a sudor rancio y a humedad. Fueron directamente a por mi padre. Lo sujetaron por los brazos y lo introdujeron en la cuadra.  Mi madre daba patadas a los que estaban en la puerta para que la dejasen entrar. Le dieron un empujón y cayó al suelo, allí se quedó llorando desesperada.
Mi boca se secó, abracé a mis hermanos y ajustamos nuestros cuerpos hasta que nos transformamos en un fardo de maíz. Con el miedo quedamos dormidos. Despertamos con la voz de mi madre,  voceaba una y otra vez nuestros nombres. Se llevó las manos a la cabeza cuando nos vio y nos abrazó tan fuerte que nos hizo daño, pero nadie se quejó. 
Al llegar a este punto de la historia, a mi madre se le ahogaban las palabras. Yo la abrazaba y la besaba, pero  mi curiosidad era más fuerte.  
—¿Y qué le hicieron al abuelo?
Ella, me miraba y sacudía la cabeza; después suspiraba, acariciaba mi mejilla diciéndome:
—Fue en otro tiempo, un tiempo de guerra, ahora ya pasó. Ya te lo conté muchas veces. Lo retuvieron mucho tiempo en la cuadra y él no llevaba puesto nada de abrigo; pasó frio y pillo una pulmonía. Murió a los pocos días. Y de esta manera ponía fin a la historia y a mis preguntas.
Pero crecí y descubrí la verdad. Falleció por la gravedad de aquella paliza; y de otra que le propinaron unos días después. Mi abuelo no quiso descubrir los lugares en donde se  escondían los vecinos que se habían ido a las montañas a causa de la guerra.
Mi abuela viuda y con cuatro hijos trabajó duramente. Pero esto lo hicieron miles de mujeres. Ella jamás  habló de su dolor, de su rabia. De la herida que le quedó en el alma para siempre. De la impotencia de no poder devolver los mismos golpes que le propinaron a su marido. De la impunidad de aquel acto. Ella jamás se quejó. Mi abuela, me regaló historias para que me durmiese. Muchos besos sonoros. Despertares con aroma del chocolate recién hecho. La firmeza de su mano sosteniendo la mía por el camino empedrado hasta su casa. Las risas, cuando, yo, niña de ciudad, imitaba los mugidos de la vaca del vecino durante el parto. Y un inmenso amor por mí.

El eco de unos disparos sobresaltan mis recuerdos. Son los cazadores, que no deben de estar muy lejos. Las malvas olorosas se agitan. La brisa es ahora más intensa y fría. Scarlett O´Hara no vendió su plantación. Yo tampoco venderé mi memoria.

Maite Moreno

martes, 30 de septiembre de 2014

El Jardín de los jazmines

1. Ana y sus sueños

El jardín de los jazmines era un sitio pequeño y acogedor oculto en el fondo de la casa de Ana por el macizo que con los años había formado la Dama de la Noche.
Las noches de verano, cuando terminaban esos chaparrones indecisos y el cielo se abría, Ana iba corriendo a sentarse junto al charco que se formaba allí. Le gustaba sentarse frente a él y llamarlo La laguna de las estrellas perdidas.
A veces, dejaba que una hoja se deslizara sobre el agua y le gustaba pensar que era un barco volador que atravesaba el cielo saltando de estrella en estrella conducido por un Señor Smee joven, valiente; de esos que quieren llevarse el mundo por delante persiguiendo un sueño
Pero Ana fue creciendo y convirtiéndose en una joven hermosa y lentamente otras cosas ocuparon su cabeza y su tiempo.
El liceo, las clases de francés. Amistades de alcurnia. Planear cuidadosamente el viaje de estudios que sus padres le habían asegurado cuando al fin cumpliera los dieciocho. Claro que para eso todavía faltaba bastante, pero el entusiasmo y la ilusión de tamaña aventura llenaban muchos vacíos de sus días.

2. Daniel y sus sueños

Daniel entró al liceo con el aire ganador de siempre, pero dudando si debía estar allí.
Unos meses atrás, no tuvo otra solución que abandonar los estudios para dedicarse a trabajar, ya no era un chiquilín y sabía que en su casa hacía falta otra entrada de plata, pero el baile de fin de año lo atraía. Era una forma, seguramente la última, de estar con sus compañeros de curso.
Con un enorme sacrificio, se había comprado unos vaqueros de esos que se gastan y una camiseta a rayas. Eso lo hacía sentir confiado, sabía que no iba a desentonar con el resto de los asistentes. Una de las contras de vivir en la casa más humilde de un barrio acomodado donde él, a veces, se sentía como sapo de otro pozo.
No se olvidaba de su casa de paredes descascaradas y flores de plástico. No podía. Solo quería alguna vez, llegar a ser alguien en la vida. Poder darles a sus hijos todo lo que a él la había faltado.
Y empezaba por tener una actitud ganadora. A mal tiempo, buena cara solía decir su padre y él, había adoptado ese dicho como una consigna. Como una excusa para tener algo que vencer.

3. El baile del liceo

Era el primer baile al que Ana asistía. Estaba feliz rodeada de sus amigas esperando entusiasmada el momento de que algún galancito la condujera  al patio del liceo donde estaba la pista y comenzar a bailar. Eso la iba a hacer sentir adulta y por qué no, deseada. 
Cuando Ana lo vio tan alto y despeinado, mirando a su alrededor con descuido y con aquella camiseta blanca  con rayas celestes, fue como si Robert Mitchum hubiera saltado de la pantalla pero en colores. No pensó en nada más. Ese era el que esperaba. El que se había ido del liceo antes de que pudiera conocerlo y que ahora volvía, tal vez conduciendo el barco estelar.
Sus miradas se encontraron y una sonrisa brotó natural, inesperada. La música pareció enmudecer y el “¿bailás?” detrás de la mano extendida fue solo una pregunta que los dos sabían innecesaria pero que disfrazaban en una duda, de esas que la formalidad pide.
El "sí", se dibujó tímido en su boquita pintada y esa noche la pasaron bailando, cada vez más apretados, sintiendo sus corazones palpitar entremezclados.
El beso llegó cuidadoso, como el primer sorbo a una taza de café, ya cuando el baile terminaba y los dos se preguntaban por qué el tiempo pasa tan rápido. Tan inclemente.
El amor se desvistió con ellos. Tímido, inexperto, un par de meses después, cuando las hojas empezaban a caerse. En el sofá de la casa de él. Allí, abrazados, desnudos por primera vez, supieron que a pesar de las diferencias, iban a ser inseparables.
Agradecidos de que el amor los haya hecho encontrarse aquella noche de diciembre en el patio del liceo.

4. Despedida

—¡¿Estás loca?! ¡¿Vos con ese muerto de hambre?!
El viaje de estudios que se adelanta.
Los gritos, las lágrimas.
La despedida y los juramentos.
Los voy a volver.
Los no te voy a olvidar…

5. Reencuentro

Daniel vio que llegaba un auto a cargar combustible. Uno de esos nuevos, relucientes. Uno de esos que alguna vez soñó tener.  Brevemente miró a su interior. Otra rubia. Seguramente teñida. Manos cuidadas, de esas que no saben de complicaciones. Piernas entreabiertas, bien torneadas asomando con generosidad por la pollera rebelde. Había aprendido que por más que estirara sus brazos, eran inalcanzables. Mucho más que  esos autos.
No miró más.
Llénelo, dijo con voz acostumbrada a dar órdenes.
Ella se sacó los lentes y movió el espejo para arreglar su pelo.
Él, le limpiaba el parabrisas mientras el surtidor hacía su trabajo.
Mientras la espuma se abría como un telón, un muñequito de un viejo con barba blanca y camiseta a rayas que colgaba del espejo, hizo que él mirara más allá. Sus miradas se cruzaron. Fue solo un instante. Eterno. Removedor.
De reconocimiento impensado. Como si alguien hubiera abierto el libro de los recuerdos y de pronto todo el pasado golpeara allí, donde más duele.
Daniel caminó los kilómetros que lo separaban de la puerta del auto con paso cansino. Sus oídos no escuchaban. Sus ojos no veían y su boca no era capaz de emitir palabra. Solo su estómago parecía estar vivo.
Y el puño que lo apretaba.
La mano que paga.
El breve roce de sus dedos.
El vehículo que arranca como escapando y Daniel, solo en medio de su desierto con un brazo a medio levantar, intentando un saludo a la nada.
El viento traía olor a nafta, a aceite. A realidad.

Pero Daniel  sentía otro. Sentía el aroma de los jazmines de verano mezclado con promesas y cosas que pudieron ser.



lunes, 29 de septiembre de 2014

La ventana

Daniel había nacido en un ranchito solitario en el medio de la nada. Los recuerdos de su infancia no eran muchos, pero uno de ellos dominaba su memoria y aún lo emocionaba: la llegada del hombre a la luna. La escuela, que era la poseedora del único televisor de la zona, se había vestido de gala para presenciar el evento. La increíble noticia de que se iba a poder ver la hazaña en el mismo momento que estaba ocurriendo era difícil de entender, no solo para los niños. El aparato estaba colocado frente al pizarrón de la única clase. La maestra había copiado un diagrama de un diario y escrito los detalles con caligrafía clara y tizas de diferentes colores. Todos habían sido puntuales, y en la escuela se juntó tanta gente como en la kermesse de fin de año. Cuando comenzó la transmisión, el asombro se dibujó en las caras de todos y Daniel, que era el más entusiasmado, al ver el módulo descendiendo sobre esa tierra gris y árida, se acercó a la ventana y se puso a mirar el cielo tratando de distinguir la nave.

 Daniel miró hacia abajo. El tránsito estaba en el apogeo de la hora pico y algunos conductores golpeaban las bocinas con furia. La gente en las paradas se dejaba engullir por los ómnibus empujándose unos a otros. Cuando el olor de la ciudad comenzó a invadir su oficina, cerró la ventana y con sus manos en los bolsillos, elevó la mirada. Los edificios que parecían llegar al cielo, actuaban como un telón de cemento y vidrio. Daniel no extrañaba los veranos en el arroyo, ni la pelea de las semillas por llegar al sol, ni el perfume de los tilos. 
No. 
Extrañaba profundamente el abrir la ventana y poder ver la luna.

lunes, 15 de septiembre de 2014

olvidos

Me dijeron que hace unas noches me emborraché. Que había empezado a tomar tranquilo, como todos.
Me dijeron que luego me puse locuaz. Alegre. Que hacía bromas y que todos nos reíamos.
Me dijeron que luego empecé a cantar, que me subí a bailar sobre una mesa y que subí a una mina conmigo.
Me dijeron que muy pronto se bajó y que yo ni siquiera me di cuenta.
Me dijeron que me tuvieron que ayudar a bajar, que me puse muy pesado y que estuve sentado en una silla con la vista perdida y callado por mucho rato.
Me dijeron que me tuvieron que sacarme el cigarrillo de los labios porque ya me estaba quemando y que cuando me levanté, me abrazaba con todos y decía que los quería.
Me dijeron que mientras lloraba decía muchas cosas que nadie entendía y que para salir tuvieron que esquivar los charcos de mis vómitos.
Me dijeron que me trajeron a casa y que me caí en la puerta.
No me acuerdo de nada.

Solo el motivo por el cual me emborraché.

martes, 9 de septiembre de 2014


Otros quebrachos. La canción y el que la versiona.

Quebracho


Las campanas suenan fuerte

Los fieles en procesiones

Y vos sin agua bendita

Sin saber de concesiones

Caminás por calles perdidas

en las que el sol no calienta

Tomando elíxir del pico

milagreando en callejones

Las luces del centro se prenden

pero igual todos te ignoran

Vomitando tristezas, rezando a algún ángel

de esos que miran y lloran

buscando un albergue,

una covacha, una guarida

donde pasar sin miedo

lo que te quede de vida

abrazado al perro; a la botella

tus abrigos más preciados. Recordás con una sonrisa 

Los tiempos que son pasado

aquellos llenos de amigos, de familia.

Acompañado.

El sol te agarra sin rumbo,

Sin esplendor ni horizonte.

Y no sos vos, es la vida

La que camina sin norte.

Sin presente ni pasado.


jueves, 28 de agosto de 2014

Globos

El apartamento donde vivo, es muy antiguo. Está en el segundo piso y no tiene ascensor. Los peldaños de mármol blanco están gastados justo allí, dónde se apoyan los pies. Los que conducen desde la entrada hasta el primer piso lo están mucho más que los que llevan a la azotea. Esos están inmaculados, impertérritos en su soledad.
La primera vez que entré a él, me deprimió ver el estado de abandono que tenía. Las paredes estaban descascaradas, los pisos parecían los de un establo y el techo estaba tan alto que me hacía sentir un enano. Ya me iba cuando la mujer que lo alquilaba, abrió la ventana. Los postigones chirriaron con el movimiento e inmediatamente la luz de la mañana invadió el lugar. Lo que se veía a través de ella parecía un paisaje suburbano pintado por Gauguin. El celeste del cielo contrastaba con los verdes de la plaza. Una plaza chica pero hermosa. Llena de flores, caminitos de piedra y una fuente.
Una plaza con forma de mujer.
Me quedé con el lugar solo por su ventana, por la vista. Era verano y siempre la tenía abierta. Si no me quedaba horas mirando a la calle, me divertía escuchando sus sonidos y por la noche, el perfume de las flores desveladas me ayudaba a dormirme con una sonrisa apurada, deseando que el amanecer llegara pronto.
Cada mañana, cuando el sol empezaba a iluminar los jacarandás y a acortar sus sombras, aparecía su figura caminando lento, con ese vaivén que a veces parecía una danza bailada al ritmo cadencioso de un saxo.
La vendedora de globos.
Llevaba tantos, que eran como una nube que la cubría. Que la acompañaba protegiéndola, quién sabe de qué. Los globos brillaban y parecían pelearse para que la luz resaltara sus colores vibrantes.
Nunca la vi hablar con nadie, solo parecía hacerlo con los querubines de la fuente donde se detenía. Luego, se inclinaba sobre el agua y desde la distancia, podía ver los reflejos jugando con su cara. Al rato, se iba seguida por la sombra de sus globos y por mi mirada.
Muchas noches soñaba con sus ojos tristes y su sonrisa alegre. Soñaba que estábamos tan cerca que nuestra visión se nublaba y su aliento me invadía y que su lengua tibia jugaba con mis labios que esperaban pacientes y que cada globo era un deseo que explotaba llenando el lugar de colores y volvía a aparecer más brillante que antes. Entonces, mis manos se llenaban de ella y moríamos ahogados en saliva y en jugos arcoíris y renacíamos para volver a empezar.
Una mañana bajé a la plaza caminando entre sus piernas dispuesto a encontrarla. Me senté en el banco de su monte de Venus, el cercano a la fuente. Llegó puntual mirando las flores y pisando con cuidado algunas hojas que se empeñaban en caer, casi deslizándose debajo de sus globos eternos. La miré mientras esperaba que su mirada dejara de nadar en el agua quieta y me acerqué dispuesto a hablarle.
Nos miramos por unos instantes indecisos y solo se me ocurrió pedirle unos globos.
¿Azul lealtad, destructor de lo negativo? ¿Verde armonía esperanzadora? ¿Naranja alegría de verano? ¿O rojo pasión peligrosa y ardiente…? ¿Cuáles querés…? Me preguntó con una sonrisa pintada en sus ojos abismo.
Cuando llegué a casa, desde la ventana vi su sombra perderse por el pecho firme, el de mi mano izquierda. Até uno a la cabecera de mi cama y dejé que el resto y mi cobardía se perdieran arrastrados por la brisa fresca. Los globos volaron haciendo piruetas. La cobardía quedó allí, estancada, negándose a volar.
La vendedora de globos llega cada noche de mis noches. Lúdica, ardiente, lejana. Cercana y apretada como un abrazo. Transparente y opaca a la vez. Sabedora de mi pasado. Adivinadora de mi futuro incierto. Pitonisa irreversible de mis noches mojadas. Y cada vez se marcha volando tras sus globos irreverentes y concisos dejando una sonrisa fugaz o una mirada interrogadora. Fabricante de mis sueños y de mis miedos.
Y me despierto en medio de la madrugada a veces sobresaltado, a veces feliz y miro el techo alto y allí están, brillando por la luz anaranjada que entra de la calle y siento su pierna desnuda apoyada sobre la mía y su brazo suave acariciando mi pecho agitado y temo mirar al costado. Y descubrir que tal vez es un sueño.
Solo un sueño.





domingo, 24 de agosto de 2014

El último dandy

La noche se despertaba con un bostezo de nubes grises, amenazantes. El viento que trepaba por la escollera y recorría la calle Sarandí  de punta a punta, traía olor a temporal. La Ciudad Vieja, lentamente, se iba vistiendo de soledad.
Corté por la Plaza Zabala, una vuelta aquí, otra más allá y llegué a la rambla. A la portuaria. A la que tiene olor a salitre mezclado con aceite, a esa donde los mástiles y las grúas parecen clavarse en el cielo. El tiempo me había cambiado algunas costumbres, pero el camino era el mismo.
Buscaba la iglesia. La verdadera. El lugar en que los hombres se confiesan si tener que arrodillarse a pedir perdón. 
El boliche se llamaba “El perro que fuma”. 
Era un lugar muy chico donde el tiempo se había estancado. El mismo mostrador, las mismas mesas. La misma mugre. No, la misma, no. La suciedad se renovaba día a día. Se pegaba contra la grasa que volaba de los chorizos al vino blanco formando capas que si alguien se atrevía a cortar, revelaría la verdadera edad del lugar. Las paredes revestidas de madera torneada y en un tiempo lustrosa, estaban atiborradas de fotografías, algunas enmarcadas, otras, simplemente clavadas con tachuelas que lentamente contagiaban su óxido al papel.
Entré y pedí lo mismo de siempre. A mi lado, sentado un taburete por medio, la cabeza de un hombre, apenas sobresalía de entre unos hombros flacos y huesudos. Los codos apoyados en la barra y la espalda muy arqueada formaban una “S” casi perfecta con las piernas que parecían anudadas al asiento. Sus dedos jugueteaban con una caja de cigarrillos con desidia. Frente a él, un vaso gritaba que lo volvieran a llenar. El Ramón.
El Ramón había sido un dandy. Un jailaife.
De muy joven se había chocado con la muerte de sus padres y con toda la guita que le dejaron. Tanta que no precisó laburar. Nunca. Alguna vez había intentado algún negocio. Una sastrería, pero de las buenas. Un biógrafo y parte de un teatro. Las fundió a todas.
Las mejores pilchas, los autos más caros y viajes a Europa en transatlántico eran cosas de todos los días
Cuentan los viejos que en la sastrería conoció a Leguizamo y por su intermedio, a El Mago. Se hicieron amigos y pronto Carlitos le contagió su gusto por los pingos y la noche.
Arrabaleaba las madrugadas de piringundín en piringundín. Escabiando lo que le pusieran adelante. Rascaba un poco la guitarra y de vez en cuando, se cantaba unos tangos con aquella voz de caño que les encantaba a las minas. Cada noche se iba con alguna. Cualquiera. Desde la yira más barata hasta las de nariz para arriba de alta sociedad que caían como pejerreyes, encandiladas por su labia y el misterio, que sin querer, su propio entorno le había creado.
Amigos, futuro. Amores de película. Parecía que no había penas ni olvidos. Que nada malo podía pasar. Ya de adulto conoció a la Nelly, una pendeja con el culo lleno de papelitos y un par de tetas que parecían tener vida propia. La Nelly le borró de un plumazo todos los berretines. Él, que decía que nunca iba a caer en las garras de ninguna ninfa, con ella, se encajetó tanto, que la minita hizo con él lo que quiso.
De repente, las promesas se empezaron a perder entre excusas. Los corazones que aparecían sobre vidrios empañados se transformaron en dibujos tan huecos como las palabras. En una costumbre insulsa.
Hasta que la Nelly se fue. Así, sin aviso, cautivada por un galancito más joven y con más guita que él.
 La fiesta se le había terminado, y las últimas bombitas de colores se perdían entre los reflejos de la madrugada temprana. Fue el final de aquel cielo lleno de ángeles y santos de mirada perdida y sonrisa piadosa que el Ramón creía que nunca lo iban a dejar de a pie.
Después de eso, la bohemia. El desinterés.
Se juntó con poetas muertos de hambre, pintores prontos para el exilio y cantores de tango. A todos los ayudó con sus proyectos sin importar cuánto costaran.
De a poco se fue alejando de sus lugares habituales. Hasta que desapareció por años metido quién sabe en qué agujero, tal vez pensando en lo que tuvo.
Ahora, reenganchado en noventa y nueve y casi sin equipaje, viene todas las noches a mamarse hasta las patas, acá, o en El Hacha, o en El Yacaré. En el primer bar que encuentre en su periplo interminable.
Le mandé una copa. Me miró y antes de tomársela de un buche, dijo con la lengua atragantada: La penúltima.
Lentamente desanudó sus pies y se levantó. Al pasar murmuró un hasta mañana. El bolichero le preguntó si estaba bien. El viejo se detuvo y sin mirarlo le hizo el cuatro. Tembloroso, inestable, pero un cuatro al fin.
Afuera, el cielo tronaba dispuesto a descargarse de un momento a otro. El Ramón ni siquiera miró hacia arriba al salir. No había ningún motivo para hacerlo.

El último santo hacía tiempo que ya había caído.


Fotografía de Flo Alvarez Rojas.

lunes, 14 de julio de 2014

Lluvia



Acá estoy. Sentado en el cordón de la vereda mirando una foto. 
Hablandole.
Otra vez esperando que pare de llover. Siempre llueve sobre mí, pero el agua ya no me moja, o mejor dicho, ya no me importa que me moje. Estoy demasiado acostumbrado a que lo haga. Siempre lo hizo y nunca lo pude evitar. O no supe cómo hacerlo.

Hoy es distinto.

Sigo sentado aquí, a la intemperie, pero solo porque quiero hacerlo. Porque debía hacerlo. Pero hoy el agua está helada y se filtra sin piedad por entre mi ropa y me moja como nunca. Me congela. Aniquila mis ganas, mis ilusiones. Mi voluntad.

Es invierno. Un invierno largo. Uno de esos que no le adivinás un final. De esos que te hacen ver el verano como a un imposible.

Un invierno tan triste como un final. Como un adiós que no querés dar. Como una verdad que no querés escuchar. O que no querés decir. Reconocer.

Miro al cielo y ruego que pare. Que por fin, pare.

Y desde arriba me contestan con un trueno esplendoroso que ilumina la oscuridad de la noche y desnuda mi soledad.

Mi puta soledad.

viernes, 11 de julio de 2014

Azul, amarilla o roja

Miré por la ventana de la cocina. No faltaba mucho para el atardecer. Algunos rayos de sol todavía se filtraban entre las ramas de los árboles y entraban en mi casa como líneas de luz que cortaban la negrura y terminaban clavadas en el piso. El humo de mi cigarrillo jugaba con ellas formando extraños arabescos que me divertía mirar.
Era temprano. Tenía unas horas para preparar la cena antes que ella llegara. Habíamos estado separados un tiempo. Tal vez mucho. Tal vez poco. Sin ella, las horas pasaban muy lentamente, sin embargo los días desaparecían uno tras otro sin dar respiro. Eran tiempos de días vacíos, raros.
Me puse otro cigarrillo en la boca e hice girar la rueda del encendedor una y otra vez. Nada. Bajé la mano y repetí el intento. Solo una leve chispa insuficiente para prender el fuego. Sonreí ante la metáfora.
Al fin pude vencer mi orgullo y la invité a cenar. Ella venció el suyo y aceptó. Ya veríamos qué pasaba después.
Debía tratar de que fuera una velada lo más agradable posible y mientras miraba todo los alimentos sobre la isla de la cocina, me preguntaba por dónde empezar.
Decidí hacerlo poniendo música. Bossa Nova. Una compañía ideal para cocinar.
Al fin elegí empezar por el final. El postre. Frutillas bañadas en chocolate.
Mientras picaba la tableta puse a calentar agua. Tomé otra cacerola y la puse encima de la que tenía agua. Eché el chocolate y mientras lo revolvía de vez en cuando, vi cómo se iba fundiendo lentamente. Le agregué un poco de manteca para que brillara. Solo un poco. Apagué el fuego y comencé a bañar las frutillas una por una. Estaban realmente tentadoras…
La fruta estaba en sus labios como esperando. La sostuvo entre sus diente y sospechaba el movimiento de su lengua lamiendo el chocolate. El calor comenzó a derretir el dulce que manchó la comisura de sus labios. Me acerqué y con la punta de la lengua, limpié a su alrededor casi sin rozarlos. Ella soltó la fruta para buscar mi boca, al hacerlo, cayó dejando una línea amarronada entre sus pechos. Bajé a su escote e hice lo mismo. Vi como su piel se erizaba…
Las ostras. Ahora venían las ostras.
Aproveché el agua caliente y las dejé allí unos minutos. El suficiente para que se abrieran ligeramente. Mezclé jugo de limón con ciboulette fresco picado y una pizca de sal.
…no pude resistir la tentación y la abrí ayudado por los pulgares de ambas manos. Me entretuve mirándola. Sin prisa, comencé a lamerla cuidadosamente con unos precisos movimientos de la lengua, hasta que desapareció en mi boca que buscaba con avidez todos sus sabores. Me acariciaba la cabeza y revolvía mi pelo, me empujaba contra ella dirigiéndome…
Ya tenía la entrada y el postre. Como plato principal nada mejor que una carne mechada con jamón, queso y algunas hierbas, y por qué no, un toque de estragón y un poco de piel de naranja rallada. Piqué todo y lo molí en un mortero.
Desgrasé un poco la carne y eché por encima un poco de sal y un poco de pimienta.
Faltaba algo. Aceite…
…dejé caer un largo hilo sobre ella y lentamente comencé a esparcirlo. Mis manos se deslizaban suavemente lubricadas por todo su cuerpo. Mis dedos encontraron un hueco y allí se entretuvieron…
Ya estaba el relleno en la pulpa. La metí en el horno y mientras se cocinaba, fui a ducharme.
Me encanta que me laves el pelo susurraba bajo el agua con su espalda pegada contra mi pecho.
Mientras me vestía miraba a mi alrededor. Cada movimiento que hiciera, cada palabra que dijera. Cada pensamiento. Ella estaba en todo.
...quedate conmigo

Todavía no te vayas 
Apoyá tu cabeza en mi hombro
y dejame que te abrace
Que te cuide
Que te susurre al oído
canciones que no puedo cantar
palabras que puedo inventar
Dejame que te mire a los ojos sin hablar 
dejame que te abrace
que te sienta cerca
y cuando el sueño te venza 
me voy a ir en silencio
igual que como llegué
igual que como voy
a imaginarte en cada reflejo
a escucharte en cada canción
Donde estés
donde esté…
Apagué la música y miré el reloj. Supe que no iba a venir. Dentro de mí había algo que hacía horas me lo anunciaba. No me sorprendía. Ya nada me sorprendía. Así había sido nuestra relación. Idas y venidas. Emociones y sorpresas. Holas y adioses. Una verdadera montaña rusa de sensaciones. Pero, ¿cuánto se puede soportar? ¿Hasta cuándo se puede esperar? Tal vez prefería que no lo hiciera. Qué no viniera. Tal vez así podría recuperar mi yo perdido quién sabe cuándo. Volver a pensar en mí. Empezar de cero o quedarme así. O tal vez no. Tal vez eso implicaba demasiado que perder.
Solo me preguntaba a qué hacerle caso. ¿Al libre albedrío?, ¿a la razón?, ¿a la emoción?
Uno me decía que la olvidara, que no se podía soportar tanto. Que seguir intentando era una pérdida de tiempo. El segundo aseguraba que debía enojarme pedir explicaciones. Culparla. El tercero, sin embargo, me gritaba que fuera a buscarla, que la abrazara. Qué le dijera que nada importaba… Que no la perdiera.
Abrí un cajón, saqué tres servilletas de distinto color y las puse sobre la mesa.
Prendí otro cigarrillo y serví dos copas del champán que había enfriado para que tomáramos juntos. Levanté la copa al aire y brindé con un acompañante imaginario. Ese que siempre me escucha pero que nunca opina. Ni siquiera cuando se lo pido a los gritos. Cuando se lo imploro.
El sabor suavemente dulce, suavemente ácido del vino, no era suficiente. Fui al freezer, y saqué una botella de vodka. La miré con cariño. Era ella la que me iba a acompañar el resto de la noche. Cuando estaba a punto de abrirla, sonó el timbre. Abrí con la botella todavía en la mano.
El mío con naranja fue lo primero que dijo mirando la botella y sonriendo como solo ella sabía hacerlo.
La miré entrar en silencio mientras balanceaba su vestido de flores.
Sobre la mesa, las servilletas esperaban.


domingo, 6 de julio de 2014

31 de junio

Ni la música, ni la película, ni los ronquidos del vecino de asiento podían hacer olvidar a Aditi las palabras de su padre. Me importan tres carajos que ya no se estile. Vas a hacer lo que prometí cuando naciste. Te guste, o no.
No estaba dispuesta a abdicar de sus ideas.
Ya no.
Todavía era noche.
La valija en la mano y el boleto de avión
Un abrazo, las lágrimas de su madre y un silencioso adiós.
El taxi cruzando el pueblo. El río Gurupur.
El arrepentimiento y el miedo se soltaron junto con el cinturón.

…y las chicas de color dicen: du, du, du...
Jimmy había tomado clases de pintura cuando sus amigos se dedicaban al deporte. No se arrepentía de haberlo hecho, pero en Pendleton no había lugar para un artista. Juntó dinero y se decidió.
New York.
Con su mochila en la espalda, el entusiasmo se alejaba tras las luces de los autos.
Un camión.
Era el tercer día de viaje cuando entendió que no era fácil.
Mientras miraba el campo por la ventanilla, extrañó su cama.
Deseaba cumplir su promesa.
Y se tomó un avión.

…y las chicas de color dicen: du, du, du...
Cuando Aditi al fin llegó al JFK, no salió corriendo como la mayoría de los que allí llegaban. No.
Se sentó en la cafetería y se puso a pensar en cuantas veces había imaginado este momento.
Pensó en Jimmy. El chico de Internet. Era casualidad que la fecha coincidiera.
En cuantas veces lo habían planeado.
El abrazo. El beso tan deseado.
Pero eso solo era un recuerdo. Algo que podía haber sido.

Una ilusión.
Jimmy deambulaba por la terminal mirando todas las caras. Buscando.
Sabía que era inútil hacerlo.
Que los planes pocas veces se cumplen.


Námaste, murmuraron al salir.