martes, 10 de marzo de 2015

Cuentos de Calma Chicha, presenta: La última, más larga y más tonta historia de esta serie

1
Cuando conduje mi auto hasta la vieja escollera, unos albatros que sobrevolaban la estela de un paquebote, llamaron mi atención. El capitán, que extrañamente vestía un esmoquin, tenía el pelo cuidadosamente peinado con gomina. Estaba parado en la cubierta de popa y su vista recorría cuidadosamente la espuma que abría como un telón la superficie. Al desviar la mirada, nuestros ojos se encontraron y su brazo comenzó a señalar un sitio alejado de su escenario. De su teatro. De pronto se quitó de entre los dientes una pipa con forma de piernas de mujer y pude ver como en sus labios se dibujaban palabras como si fueran parte de una vieja canción, que aun sin oírla, me quedó grabada y que claramente cantaba para mí.

En este lugar no importa
en qué posición estés
Si tu cabeza está abajo
o arriba están los pies…

Sabía que se lugar no tenía nada de especial. Solo recuerdos inventados de cosas que no sucedieron. Ni sucederían. Allí no iban a explotar burbujas de colores. Ni iba a pasar nada diferente. No. Solo era un sitio cercano a la playa donde estaba enclavado el viejo faro. Descascarado. Casi senil, pero con su luz brillando a pleno. Nada más. Sin embargo, era eso lo que esperaba para decidirme.
Una señal.
Entre al auto y abrí las ventanillas, respiré profundo y sin dudarlo, aceleré.
Al máximo.
Fue un recorrido breve pero vertiginoso. Un recorrido sin vuelta atrás. Una manera distinta de quemar las naves.
La última mirada fugaz al cielo, el aire golpeándome la cara y el vehículo que se clava elegante como una tonina que busca la profundidad para tomar impulso y volver a salir. Pero sin salir.
En busca de los verdes azulados. De los azules verdosos.

2
Seguramente todos creen que me suicidé. Tal vez alguien piense que fue un accidente. Todos se equivocan.
Solo estoy buscando.
La fuerza del agua muy pronto me arrancó del coche y a mi alrededor comenzó a nadar un coy-koi mezclándose entre las pocas burbujas que aún salían quién sabe de qué partes del auto. Era uno. Solo uno, de un rojo anaranjado intenso y cola frondosa. Me miraba fijamente con sus ojos rasgados y enormes. Abría y cerraba su boca como queriendo hablarme.
No lo escuchaba.
No lo entendía.
Miré hacia abajo. Estaba oscuro y el agua era cada vez más fría. De la penumbra del fondo al que ya estaba llegando, dos siluetas se acercaban nadando con la misma mansedumbre que las últimas gotas de aire abandonaban mi cuerpo. Eran dos quelonios y traían algo entre las manos. Una escafandra de un bronce tan bruñido, que encandilaba.
Con movimientos dignos de una bailarina, la colocaron en mi cabeza. El aire que entró en mis pulmones como una bendición, fue apagando el fuego que me quemaba el pecho.
Luego supe sus nombres. Esther y Williams.

Todavía puedo ver el sol en tu sonrisa.
Se filtra entre las nubes que te siguen
mientras das un paseo por tu mundo alado.
Acariciando sueños.
Mirando flores.


3
Después de mucho tiempo viviendo entre crustáceos y peces, me había acostumbrado a caminar de costado y a respirar formando una “O” con los labios. Con la escafandra veía todo por unas ventanas redondas y pequeñas y mi mundo estaba reducido a lo que allí aparecía. Era bastante parecido a lo que se había convertido mi vida en la superficie. Sabía que no estaba conectada a nada. Que no era por ella que podía respirar.
Me la saqué.
Con miedo. Pero me la saqué.
También corté la soga atada a mi cintura. Esa que no me permitía extraviarme. Ni alejarme. La que me mantenía seguro. En lo que a algunos les gusta decir “zona de confort”.
Me sentí ingrávido, mi cuerpo se elevó del suelo y me costó controlarlo. Al fin aprendí a hacerlo. Al principio muchas dudas y temores aparecieron. No me sentía seguro sin la protección que me daba ese vidrio frente a mis ojos. Sin la cuerda. Pero al fin pude volar.
Volar bajo el agua.
Los peces que antes se ocultaban tras las rocas cuando me veían, ahora nadaban sin siquiera mirarme, como si fuera uno más. Tal vez me había mimetizado con el entorno y tuviera aletas o agallas. No sé. No encontré ningún espejo que reflejara mi nueva imagen.
Seguramente haya sido por mi pronta amistad con el coy-koi, que era amigo de todas las tribus de seres submarinos que habitaban en los alrededores que me habían aceptado. Ese pez que no se aburría de hablarme, de decirme que debía acompañarlo en su travesía. En su búsqueda que también podría ser la mía.
Lo era.
Un perdedor verdadero es alguien que no tiene nada que perder.
Accedí.

4
Solo soy humo que se filtra entre tus dedos.
Entre tu pelo mojado.
El que quiere entrar
en cada respiración que des.
Y que exhales.


5
Una mañana de un día cualquiera, nos fuimos. No hicieron falta planes. Los planes siempre traen con ellos excusas. La mayoría, tontas que los posponen, que los anulan. Dejamos atrás ese lugar de cobijo y partimos sin saber muy bien adónde.
Sin rumbo fijo. A la deriva.
Por varios días fuimos casi pegados al suelo arenoso y poco profundo que está cercano a la costa. El agua comenzó a ser más fría y a oscurecer más pronto, pero no importaba.
Escalamos el monte de las botellas. Todas tenían mensajes en su interior. Pedidos desesperados escritos con la tinta amarga de las lágrimas. Papeles arrugados y descoloridos cubiertos con letra vacilante.
De sus corchos crecían flores. Algunas eran pequeñas y parecían mustias, otras, se perdían en su camino a la superficie formando una nube de pétalos que peleaban por ver la luz.
Después de unos días de nadar sin contratiempos, llegamos a un sitio donde el agua era más clara. Más luminosa. Se podía escuchar una melodía murmurada, similar al Coro a bocca chiusa.
Pronto vimos a las sirenas.
Parecían ángeles sin alas deslizándose por un cielo hundido, sin nubes ni barcos. Nadaban como en una coreografía y mientras lo hacían, se peinaban unas a otras llenando el cielo marino con los colores inimaginables que salían de su pelo.

6
La busqué en la ciudad
manejando un taxi con forma de libro.
La busqué en el cielo,
esperando encontrarla entre los diamantes de la noche.
Hurgué la superficie del océano
siguiendo la luz de los faros
Ella bajo el agua sin amarme.

La luz jugaba entre sus colas. Las transparentaba. A través de su extremidad escamosa se advertían piernas. Solo había que mirar con atención. Eran mujeres disfrazadas de ilusión. De pasiones locas y libidinosas. Se vestían con sus colas verde esperanza para nadar por los mares más profundos de la imaginación, llevando una carga invisible sobre sus hombros desnudos y delicados. Sin preguntarse el por qué. Solo cantando las más increíbles melodías que atrajeran, de una vez, a su marino de alma errante.
Una de ellas llevaba un vendaje de algas alrededor de su cabeza y de vez en cuando, una gotita de sangre emergía deformándose en su camino a la superficie. Nadaba con cautela, pegada al fondo. Aún con miedo de volver a encontrarse con su desencanto.
La melodía nos envolvía, nos acariciaba los sentidos. Tanto, que casi me hace olvidar la mía, la que cantaba el capitán. La que canto yo.

7
Soy el humo que envuelve tu cuerpo desnudo,
Que se mete en cada recoveco
Que no deja nada sin besar
Sin acariciar
La sensación inexplicable
que te abarca sin poder verme

8
Allí pasamos la noche. Al cobijo de una caracola salvada de una sudestada.
Esa noche tuve sueños llenos de lujuria, de pasión no correspondida.
Imágenes ciegas de un amor que se empeñaba en desvanecerse a la hora del encuentro. Me desperté sobresaltado. Sudando. Nos fuimos.

9
Todavía estaba oscuro cuando llegamos a un sitio que los lugareños nombraban con cierto miedo. Lo llamaban Los Muros y, cuando reaccionamos, ya estábamos allí. No sabíamos por dónde habíamos entrado. Ni cómo salir. Estábamos atrapados.
Apenas superábamos uno, aparecía otro más grande y alto. Parecían de piedra dura y maciza y tenían forma de coraza. Allí el agua estaba turbia. Y más fría.
Tal vez si en alguna parte alguien confiara, pero de verdad, se abriera una brecha por donde pasar. Dijo el coy-koi, que parecía saber de lo que hablaba.
No sé cuánto tiempo estuvimos allí, pero fue largo y desagradable ese esperar algo que parece nunca llegar.
Al fin, un crujido semejante a un suspiro, produjo un hoyo angosto y estrecho por el que apenas pudimos pasar. Inmediatamente, se cerró con el sonido de un portazo.

10
Solo humo que espera la explosión entre tus muslos apretados
Solo soy humo
Vapor.
Consecuencia de algo que quema
Que arde
Después de eso, nada nos pareció ni tan grave ni tan difícil.
Superamos el mar de lágrimas que amenazaba con subirnos a la superficie, empujados por la fuerza de las gotas saladas y espesas que brotaban del fondo y que inexplicablemente subían en vez de caer.
Nadamos detrás del olor que despedía un submarino descolorido, pero lleno de personas que cantaban alegres en su interior y que su sola proximidad nos hizo felices.
Esquivamos las almenas de una ciudad sumergida y una ballena canosa nos llevó en su lomo. Bailamos con delfines y admiramos un cielo acuático brillando con una nube de estrellas de mar.

11
Cada tarde al caer el sol, cuando las sombras comienzan a jugar a la escondida y el ajetreo del día pasaba a ser una anécdota, buscaba un lugar solitario donde poder pensar, asegurarme que estaba haciendo lo correcto. Extrañaba mi armónica y temía buscarla en los bolsillos. No solo me daba miedo no tenerlos. Me asustaba pensar que tampoco tenía manos, ni brazos, ni labios por los que soplar alguna melodía que acompañara a las palabras del capitán.
Los días parecían cada vez más largos y tediosos y en cada ladera, en cada abismo, creíamos haber encontrado el río. Ese con la catarata que se pierde en el mar y que debíamos trepar.
Varias veces estuvimos a punto de renunciar y todas decidimos continuar. Llegar y salir de dudas. Poder mirarnos a los ojos y decir que lo intentamos. Que nada nos acobardó.

En este lugar no importa
en qué posición estés
Si tu cabeza está abajo
o arriba están los pies…

12
De pronto, cuando la noche comenzaba a adueñarse de nosotros, a lo lejos vimos brillar el agua en tonos dorados, casi incandescentes. Una fila interminable de cofres repletos de monedas señalaba el camino hacia el lugar. Estaba en una hondonada que solo era visible cuando llegamos casi a su borde.
Desde arriba, la vista era increíble. Era un valle inmenso cubierto de riquezas. No solo había cofres. Jarrones, cajas, frascos y lavabos. Bañeras y hasta algunos autos a los que se les había sacado el techo. Todo servía para contener aquella fortuna.
Las monedas caían desde unos tubos semejantes al órgano de una iglesia, pero mucho más gruesos y puestos al revés. El torrente metálico, al caer, formaba una montaña que crecía sin parar. Allí había monedas de todas partes del mundo y de todas las épocas. Su brillo cegaba y el sonido del metal golpeando contra sí mismo, era semejante al rugido de una locomotora.
Una legión de pulpos uniformados, se dedicaba a ordenarlas y distribuirlas.
Una figura humana resaltaba en el lugar. Estaba sentado en un sillón de oro con incrustaciones de piedras preciosas en una elevación del terreno desde donde dominaba todo el panorama. Su ropa semejaba la de un pirata. Pero el pirata más rico y de más exquisito gusto del mundo. Tenía barba amarilla y larga, tanto que la había divido en dos trenzas que semejaban los cordones del uniforme de algún general y el brillo de la seda de su vestido, competía con la allí reinante.
Tenía las piernas cruzadas y el lustre del cuero de sus botas, encandilaba. Tamborileaba con los dedos en el brazo del sillón. Tal vez por ansiedad o solo siguiendo el ritmo de alguna canción tarareada en silencio. El ala del sombrero le cubría la cara y si no fuera por el movimiento de sus dedos, daba la impresión de estar dormido.
A su alrededor, algunos cofres cerrados parecían formar una guardia que lo protegía.
—Yo protejo estos cofres. No ellos a mí— dijo de pronto, adivinando mis pensamientos— Son los deseos de otras personas, no podría tocarlos porque son hechos desde el fondo del corazón. Solo piden amor. Trabajo. Sanación.
Aquí hay esperanza. Ilusiones tiradas hacia atrás para no ver donde caen, para no saber qué ángel recoge la moneda al vuelo. Los protejo hasta que se cumplan. O no. Quién sabe… Ese ya no es mi problema. A todos los demás, los egoístas, los mezquinos, solo los clasifico por su valor. Son los que uso para digamos… “mis gastos”.
—¿Alguno de sus deseos están aquí? ¿En qué parte…?— preguntó elevando un poco el ala del sombrero para mirarnos con sus ojos húmedos.
Seguro que allí no estaban. Llevaba mis sueños en un lugar seguro muy cerca de mi corazón. Jamás había pensado en tirarlos y sentarme a esperar.
Seguimos nuestro camino iluminados por el brillo de tantas esperanzas perdidas. De tan pocas ganadas.

13
Una mañana, el agua empezó a enturbiarse y a hacernos más difícil el avance. Continuamos esperanzados. Al fin, una zona de rocas rojizas donde el agua mansa parecía abrirse para dar paso a la furia que venía del cielo, nos indicó que habíamos llegado. Los remolinos que se formaban amenazaban con arrastrarnos.
Alejarnos quién sabe dónde.

14
Esperando al viento que es sabio
A que me lleve
muy lejos, sin rumbo
O haga encender la hoguera

15
Allí estaba. Ya no importaba todo lo que habíamos dejado atrás.
O sí. Siempre importaba.
Pero allí estaba el sitio por el que, aún sin saberlo, habíamos peleado y sufrido. Añorado. Tal vez y sin saberlo, toda nuestra vida.

En este lugar no importa
en qué posición estés
Si tu cabeza está abajo
o arriba están los pies…


Solo nos quedaba el último esfuerzo. Tomar el último riesgo, ese que todos los perseguidores de sueños, algún día dan.



Gracias por esas tres palabras. Resumen toda la historia.



jueves, 5 de marzo de 2015

Persona(jes)

El agua toca mis pies descalzos con suavidad. Siento la arena que me queda entre los dedos esperar a ser devuelta a ese continuo e interminable ir y venir.
Pienso en abrir los ojos. Sobre los párpados, el rojo fuego del sol me atemoriza. Sé que al hacerlo quedaré cegado y la incertidumbre aprovechará para volver a esconderse en las imágenes borrosas, casi fantasmales que provocan el atreverse a enfrentar al astro cara a cara.
El ser un personaje de una historia no me permitía tomar mis propias decisiones, ni sentir con mis sentidos. Ni amar con mi cuerpo.

A pesar de no estar escrito en ningún párrafo, podía sentir el aroma de su perfume. De su cuerpo.
A pesar de que ninguna frase lo decía, sentía el cosquilleo casi imperceptible de la puntas de su cabello hamacado por la brisa rozando mi hombro.
A pesar de que en ninguna parte se menciona, sentía un deseo incontenible de besarla.
De hacerle el amor con la misma desesperación que la de un ciego que milagrosamente recupera la vista y llena su mirada de colores.
A borbotones.
Como temiendo volver a la oscuridad. A la negrura eterna.

El agua vuelve y me acaricia las piernas. La espuma que viaja en su lomo decide descansar sobre mí. La toma entre sus manos y la esparce por mi cuerpo. Nos reímos.
Nos miramos a los ojos.
El ser parte de un sueño me permitía sentir otras cosas.
Su risa. Las palabras murmuradas al oído. Su piel erizándose bajo mis manos que la recorrían. El resultado de nuestro encuentro recorriéndole como una catarata las ingles, mi vientre y mi pecho.
Mi boca.

El agua me moja el estómago. Está helada. Me incorporo sobresaltado mirando alrededor. Buscando a nadie.
Unas nubes de tormenta se acercan y el viento levanta la arena. Hace frío.
Demasiado.

Ya es momento de volver.
Solo es la vida.

martes, 24 de febrero de 2015

Canciones Perfectas: I'm so tired




Estoy tan cansado que no puedo pegar un ojo
Estoy tan cansado que mi mente no funciona
Me pregunto si debería levantarme y arreglarla emborrachándome.
No, no, no.

Estoy tan cansado que ya no sé qué hacer
Estoy tan cansado, mi mente está fija en vos
Me pregunto si debería llamarte, pero ya sé lo que harías

Dirías que te estoy tomando el pelo.
Pero no es broma, esto me está haciendo mucho mal
Sabés que no puedo dormir, que no puedo parar de pensar
Sabés que ya hacen tres semanas
que me estoy volviendo loco
Sabés que daría todo lo que tengo por un poco de paz

Estoy tan cansado. Tan molesto.
Aunque lo esté, me fumo otro puto cigarrillo
Y maldigo a Hecateo de Mileto
Era un grandísimo idiota.

Dirías que te estoy tomando el pelo.
Pero no es joda, esto me está haciendo mucho mal
Sabés que no puedo dormir, que no puedo parar de pensar
Sabés que hace tres semanas,
que me estoy volviendo loco
Sabés que daría todo lo que tengo por un poco de paz
daría todo lo que tengo por un poco de paz en mi mente
daría todo lo que tengo por un poco de paz en mi mente





viernes, 20 de febrero de 2015

Cinco minutos más los descuentos

Siempre pensé que el sonido de los tapones pegando contra el piso nos daba un tono afeminado. Me imaginaba que éramos un batallón de putas de piernas musculosas y peludas que iban a entrar a una orgía en la que tal vez, nos rompieran el orto.
O no. Nunca se sabía.
La luz que entraba por la boca del túnel, jugaba con los peinados raros de los que iban adelante y marcaba el camino en penumbra cómo un útero en el que nacíamos domingo tras domingo.
Enfrente de nosotros, el líder del campeonato. Sueldos al día, concentración con TV cable, autos último modelo.

Nosotros peleando el descenso. Casi que jugando por la camiseta.
La cancha llena. Todos esperando la goleada. Festejando por adelantado. Rugiendo.
Una papita.
Movieron.
Yo soy un cinco, cinco. A la antigua. Fierrero, duro y aguantador. De los que chamuyan a los rivales. Como a este diez que se me venía con la globa atada. Es chiquito. Joven y muy habilidoso.
Lo esperé parado. Con las piernas abiertas y el lomo agachado. Seguro que se la sacaba. El botija encaró para la derecha y me tiré. Con todo. No había llegado al pasto, que el muy hijo de puta ya se me había ido por la izquierda.
Gol.
—¡Dije que siempre amaga pa’ un lado y se va pal’ otro! —me gritaba el DT, como un desaforado casi adentro de la cancha.


En la vida, sí. Me la pasaban por los caños. Me la jopeaban. Tardaba en caer sintiendo el olor a cuero que me pasaba por la cara. Me estiraba, trataba de que mi cabeza se alargara y así, aunque sea, poder peinarla. Pero no. Caía cuan largo era golpeando mi espalda contra el piso.
Una y otra vez.
Siempre me comía los amagues. Los del amor. Los de que todo parecía mejorar. Los del pase a Italia… Me los comía todos. En dos panes.
Acá no.

Me arrimé a la línea de cal y mientras tomaba agua le dije mirándolo a los ojos: No me grités más. Si no te gusta, sacáme. Pero los grititos, metételos en el culo.
La siguiente que me crucé con el pendejo la toqué afuera. Lo dejé sin pelota con total limpieza. Gil, le dije. Me miró y una sonrisita sobradora se le dibujó en la cara.
Eso me calentaba más que si me putearan. O me escupieran.
Sacaron el “oubal” y la pidió. Como un desesperado. Levantó la cabeza y encaró para donde estaba yo haciendo firuletes. Eludió al jás derecho que se le había cruzado y a Marito, el ocho, lo dejó parado. Se entre paró en la carrera y sin saber cómo, me pasó como una flecha. Gil, escuché mientras pasaba.
Lo corrí y lo corrí y con lo último que me quedaba, le encajé un guadañazo de atrás.
Voló afuera de la cancha junto con un zapato y la canillera. Se quedó dando vueltas en el suelo mientras gritaba como una nena. Enseguida levanté el brazo reconociendo la falta.
Amarilla.
Me arrimé hacia el herido y mientras le tocaba la cabeza en señal de disculpa, le dije bajito que la próxima le iba a partir la gamba en cuatro. El muy idiota me insultó a los gritos.
Amarilla.
Rengueando, corrió como un loco a increpar al árbitro.
Doble amarilla. Pa’ fuera. Le gritó el hombre de negro.


Una vez me encontré con un periodista en una librería. El tipo me miró sorprendido. No pensé que fueras lector, me dijo. ¿No pensaste que fuera lector o que supiera leer? Solo pensé, mientras lo saludaba con un gesto.
Nunca había estado muy seguro de qué hubiera sido mejor. ¿Ser un tipo duro en la vida? ¿O un señorito en la cancha?
¿No comerme una afuera y ponérsela de rabona en la cabeza al nueve? No sé. Eso sonaba a mentira. A mentira linda. Pero mentira.


Gol.
Empatamos al final del primer tiempo.
La segunda mitad empezó pareja. Con los dos como esperando.


Cuando empezaba un partido, siempre me hacía pensar en el amanecer. Esa hora en que sin importar qué pasó ayer, espero esperanzado lo que va a venir. Me imagino cosas. Un ligero cosquilleo en la barriga me hace sentir bien.
Después, a medida que las horas van pasando, caigo en lo de siempre. En la misma mierda de siempre y me pregunto en cuánto falta para el otro día para pensar que va a ser diferente.


Con un jugador menos, ya no eran tan superiores a nosotros. Con algún cambio ofensivo, podríamos ganar.
Faltaban pocos minutos y seguíamos en la misma. Miré para afuera. Al banco. Cuando el DT me miró, encogí los hombros y abrí los brazos. ¿Y…? le grité.
Eso pareció hacerlo reaccionar. Miró a los suplentes y dos se levantaron muy rápido.
Faltaban cinco más los descuentos cuando miré el reloj. Si metíamos, les podíamos ganar. Eso me dio fuerzas. Me llenó de entusiasmo y empecé a arengar a mis compañeros cada vez con más ganas.
Sacó a los dos delanteros.
¡Hay que cuidar el empate! Terminó gritando a todo pulmón.
En el vestuario estaban todos felices. Se abrazaban y cantaban como si fuéramos campeones.
Fui el primero en salir. El periodista de la librería esperaba con un micrófono en la mano.
“Estoy harto de cuidar el empate. En la cancha y en la vida. Estoy podrido de la cobardía, de ese “triunfo” que parece ser el no perder. Me tienen los huevos caídos los cobardes que no se juegan por nada…” podría haber declarado.
“Dejamos todo en la cancha y estoy feliz por el club y mis compañeros” dije mientras me iba apurado para mi casa.
A la puta soledad de mi casa.




miércoles, 18 de febrero de 2015

Novelitas presenta: George & Rita una historia de elpuntosobrelai



Era un atardecer como cualquier otro, lleno de bullicio y gente caminando sin rumbo fijo. La Avenida Lexington era el mejor lugar para perder el tiempo. Yo lo hacía sentado en el “Café Americano de Rick”, a la hora en que los comercios cerraban. Me gustaba sentarme frente a la ventana, mirar pasar a los transeúntes e imaginarme sus vidas.
Entonces,  ella entró.
Sus ojos verdes delineados en negro resaltaban en el cutis pálido, casi blanco. Pero más lo hacía la camelia escarlata que parecía brotar de su pelo negro, largo y rizado.
Rita.
De todos los cafés del mundo, ella aparece en el mío, pensé.
Le había dicho adiós a su pueblo para perseguir sus sueños. Dentro de su bolso llevaba unos zapatos de claqué, y me imaginé siendo su sombra al compás de The shorty George. El piano de Sam comenzó a tocar y ella, iluminada sobre un escenario de cuento, hacía repiquetear los tacones rozando apenas la tarima, la falda revoloteando alrededor de sus piernas de bailarina, la flor roja girando en el vuelo de sus brazos. Era ritmo parando el mundo, suspendiendo el tiempo, acelerando mi corazón.

Una voz me preguntó si quería otro whisky, y salí de la ensoñación. Los ojos ya no eran tan verdes y la flor del pelo era una burda imitación en tela sujeta a una diadema, como parte del uniforme de camarera, lo mismo que su sonrisa mecánica. Los zapatos de claqué solo eran mocasines cómodos para pasar muchas horas de pie. No, gracias, ya me iba. Dejé el dinero sobre la mesa y me marché.


Rita cerraba esa noche el Café. Antes de apagar las luces, sacó sus zapatos de claqué e imaginó que el hombre de los ojos grises era su sombra al compás de The shorty George…


Amaneceres, despertares y noches oscuras

Vivir en el campo puede hacer cambiar la perspectiva de muchas cosas. La soledad, el cambio de horarios y las rutinas, al principio, se sienten. Muy pronto comenzamos a aprender, más por nuestros errores que por los aciertos.
Yo trato de sacarle el mayor provecho al tambo. Uno de mis planes a futuro es empezar a hacer quesos. De varios tipos. Pero para eso, falta.
En la otra parte del terreno, Mercedes, se dedica a las flores. Planta amapolas. Amapolas blancas y azules. Después de preparar el suelo, había esparcido las semillas de forma caprichosa. Dibujando en la tierra curvas que se perdían entre ellas, una y otra vez.
En el centro, la casa y, unos metros más allá, una elevación semejante a una colina. Pero una colina de juguete, pequeña y caprichosa. Casi como ella.
La llamamos El Observatorio.

Hacía mucho calor y entré en la casa. Por una ventana la pude ver caminando entre las curvas floridas. Su capelina roja resaltaba entre las flores.
Preparé una limonada. Le agregué hojas de menta y mucho hielo. Serví dos vasos y fui hacia ella.
Estaba de espaldas con los brazos en jarra mirando unas hierbas que crecían donde no debían. Las piernas levemente separadas, terminaban en sus botas y comenzaban en su culo orgulloso y desafiante solo cubierto por unos jeans cortados. Cuando me escuchó, se dio la vuelta y una sonrisa se dibujó en su cara al descubrir que la admiraba. El sudor le había pegado la camiseta a la piel y sus pezones me miraban desafiantes.
Esa tarde subimos al observatorio.



Frente a nosotros el sol iba pintando el cielo de rojos, naranjas y amarillos. Detrás nuestro, todos los tonos del azul hacían el contrapunto. Pasamos horas charlando mientras miles de estrellas se desperezaban encima.
—Ahora vuelvo —me dijo.
Puse mis manos detrás de la cabeza y me dediqué a mirar el cielo mientras la esperaba.
Alfa Centauro, las Tres Marías, La Cruz del Sur señalando decidida el punto cardinal...
Sentí un ruido y vi su silueta trepar por la colina. Se recortaba entre las pinceladas del lienzo de flores. Dije su nombre para guiarla en la oscuridad. Traía una manta sobre sus hombros y una botella y dos copas en las manos.
Sirvió en las copas el vino tinto y se acostó a mi lado. Bajo la manta que la cubría, su cuerpo desnudo decía el mío. Nos besamos. Muy pronto se subió encima de mí y su luna apareció en mi horizonte. La besé y lamí como si ella fuera la de Méliès y yo la nave que invadía ese sitio tan deseado.
Las estrellas nos rodeaban, parecíamos flotar entre ellas. Algunas nos rozaban dejando sobre nosotros su rastro efímero. Intangible. Nos iluminaban con su brillo y nos hacían parte de su universo. El tiempo se detuvo hasta que nuestros gritos terminantes nos volvieron a la realidad. A la exquisita realidad.
Nos quedamos allí, abrazados, por no sé cuánto tiempo.

Al fin decidimos volver a la casa.
En el camino, unos metros antes de llegar, se detuvo como si hubiera recordado algo y me dijo:
—Esta noche debemos poner el despertador.
La miré sorprendido por esas palabras.
—Es que se murió el gallo…










El peor...


Nubes grises, frutas rojas

Clavelina se había desencantado de la vida. De la gente que la rodeaba. Un día se retó a sí misma a construir su mundo. Uno propio, sin patrones explotadores ni galanes de pacotilla. Ya había experimentado lo necesario para considerarse “experta en ciudades de mierda y relaciones estúpidas” y sin pensarlo demasiado y dispuesta a olvidarse de todo, vendió todas sus posesiones. Compró una cabaña perdida en el medio de un bosque y una vaca. Pintó la casa de colores vibrantes y a la res un clavel para recordar su nombre.
Segismundo no conocía ninguna ciudad. Pero quería hacerlo. Unos tipos que lo levantaron en la carretera cuando se dirigía a cumplir su sueño, después de muchas preguntas, le habían ofrecido  un trabajo. “Es temporal” dijeron. Solo cuidar unas plantas tan raras como ellos.
Nunca volvieron.
La soledad le trajo manías. Setenta y un pasos hasta el aljibe. Quinientos tres hasta el río… Se perdía en la cuenta cuando iba hasta la plantación a buscar esas flores que le gustaba quemar en la estufa. Cuando lo hacía, se reía y gritaba canciones olvidadas.
Una mañana, subió al chinchorro al Cachirulo. Un perro que apareció de la nada y se quedó con él. Remó hasta el otro lado del río dispuesto a dar un paseo.
Allí se encontró con Clavelina que paseaba a la vaca. Después de la sorpresa, la conversación se dio natural. Él preguntaba sobre la ciudad. Ella, sobre los quehaceres del campo.
Él soñaba con ver rascacielos. Ella, con comer algún postre con frutas.
Como todas las tardes, Segismundo se sentó a esperar el atardecer. Unas nubes que parecían una muralla se recortaban en el azul oscuro del cielo.
Son nubes, se dijo.

Agarró un balde y caminó los seiscientos once pasos que lo separaban de las frutillas.

Leticia

Cientos de bombitas delineaban la tienda haciéndola visible desde el pueblo. Hileras de banderines multicolores marcaban el camino hacia la entrada que tenía forma de payaso. El circo había llegado pleno de alegría y colores  vibrantes.
Excepto la ropa de Leonardo.
El traje, la pajarita que colgaba larga y el sombrero fedora, eran negros. La camisa blanca era lo único que cortaba su aparente oscuridad.  Cantaba en los entreactos de las funciones y en su repertorio, no faltaban baladas en francés. Estaba seguro que hacerlo en ese idioma era elegante y seductor.
Lo entusiasmaba llegar a un pueblo nuevo y pensar que podría cautivar alguna chica. Tal vez enamorarla  y al fin, cambiar de vida.
Leticia deseaba lo mismo, pero ya estaba enamorada. Cada noche escondida entre bambalinas, suspiraba en silencio escuchándolo cantar. Leonardo no solo le gustaba. Era el único que no la miraba como un fenómeno. Que la trataba como una mujer.
—Si tuviera valor…— pensaba la mujer barbuda mirándose al espejo.

Esa noche Leonardo realizó su mejor actuación. No necesitó recorrer la platea con la mirada buscando alguna mujer que le diera una esperanza. En la tercera fila, una belleza de ojos rasgados y prometedores,  le sonreía cantando con él en silencio.
Apenas terminar su actuación, arrancó un ramo de flores de la cabeza de un pony  y corriendo, fue a buscar a la chica.

El tono anaranjado que se filtraba por la tela de la carpa, creaba en el camerino de Leticia una atmósfera agobiante. Vestidos y zapatos caídos por doquier y su caja de maquillaje desparramada sobre la mesa, aumentaban esa sensación.

Una gota de sangre cerca de la navaja y la palabra “adiós” escrita con labial en el espejo, enmarcaban los pelos de la barba que descansaban en la pileta del baño.


lunes, 29 de diciembre de 2014

Bailar a las doce

Margarita, trata de acomodarse en su cama. Quiere dormir y despertarse cuando todo haya pasado. Hacía ya un tiempo que no podía darse el lujo de comprar esas pastillas que casi le hacían perder el sentido. Ahora, el mejor sedante es un whisky brasilero que consigue muy barato en la feria del barrio.
Hace mucho calor. Demasiado. El sudor que brota de su cuerpo humedece las sábanas.
Enciende un cigarrillo y como siempre, la primera pitada la hace toser. Busca el cenicero que está repleto de colillas bordadas de rojo intenso. El verlo tan lleno la hace sentir culpable y se levanta a vaciarlo. El cuarto de la pensión es muy pequeño y el espejo de pie, parece agrandarlo. Siempre trata de evitar mirarse, pero hoy sin saber muy bien el motivo, lo enfrenta.
Acerca su cara buscando un lugar entre las manchas. Siempre le había llamado la atención como su piel, tan blanca, contrastaba con el rojo de sus labios y la claridad del celeste de sus ojos. Se acomoda los bucles de su pelo. Las canas están ganando la batalla al rubio artificial que ella misma se aplica. Se saca la enagua de seda que está muy gastada y abre los brazos. De ellos cuelga demasiada carne. Su ropa interior es beige y está llena de encajes y cintas y pequeñas flores bordadas. Es casi tan barroca como ella misma. Agarra la carne de su cintura que apenas le permite ver la bombacha y tira de ella, como queriendo arrancarla.


Se sirve un vaso de whisky y lentamente se saca el sostén.
—Hacelo así, despacio, y mirame mientras lo hacés…
Sus tetas quedan apoyadas sobre la barriga. Las levanta a su antigua posición, a la que tenían cuando todavía era una niña pero de cuerpo exuberante.
—¡Mamá, me duele!
—¡Sos muy pequeña, y no podés andar por ahí despertando la lujuria ajena…! ¿Querés ser el hazmerreír de la escuela? ¿Qué todos se burlen de vos? ¡Vas a llevar la faja aunque te duela!
Mirarse el culo le costó más. Solo podía ver una parte. Una parte que era tres veces más grande de lo que hubiera querido y estaba cubierta de estrías, pozos y arrugas. Maldijo al tiempo mientras apuraba la bebida.
—¿Estás seguro que no me va a doler…?
—Claro que no. Pero si te duele, decíme y te la saco…
¡Mentiroso! Dijo en voz alta mientras sonreía y recordaba el provecho que le sacó a eso cuando trabajaba en los quilombos del bajo.
—¿Cuánto vale tu culito?
—¡Eso duele y la tenés muy grande! Mentía mientras luego de pensar un poco daba la tarifa que variaba según el cliente.
Se sirve otra copa y enciende un cigarrillo mientras mira la pared. Entre las golondrinas de yeso, tres clavos esperan que algo vuelva a colgar de ellos.
Del fondo de un cajón de la cómoda, saca tres fotografías. Los marcos son pequeños, delicados. Con arabescos en las esquinas. Observa las imágenes como si las viera por primera vez. Con curiosidad silenciosa.

La primera es de sus padres. Él, sentado en una silla con su mirada adusta de siempre y un bigote de milico de cuartel con ínfulas de general. Todavía recordaba la dureza de sus palabras cuando la echó de la casa.
—Ya tuviste de novio al loquito ese, y ahora te venís con uno que puede ser tu abuelo. Eso es cosa de yira barata. Esta es una casa decente. Así que si querés estar con ese, juntá tus cosas y tomáte los vientos. Le había dicho sin siquiera mirarla.
Ella, su madre, parada detrás, sumisa. Como su mejor lugarteniente, no había osado abrir la boca para tratar de defenderla. Simplemente corrió a esconderse a la cocina.
En la siguiente, ella y Alberto sonreían al salir de la iglesia. De la casi vacía iglesia. No recordaba lo lindo que le quedaba el vestido de novia. Blanco, con mucho tul y azahares. Y Alberto. La sonrisa de Alberto…
Se había casado con él por despecho. Para tratar de olvidar. Alberto había sido un gran hombre que había arriesgado mucho por estar con ella. Siempre la había hecho sentir muy mal el no haberse enamorado de él. El haberlo usado como excusa. Nunca supo si él lo sospechó.

Una mañana de otoño, a los pocos meses de haberse casado, el corazón le dijo basta.
Después de eso, la ruina. El periplo interminable tratando de sobrevivir.
En la última, un jovencito de camiseta blanca y jopo de gomina, posaba con la mirada perdida sobre una moto.
Juan era huérfano y un tiro al aire. Ese era el hombre al que se había entregado. El que fue todo en su vida. Su primer amante. Su único amor.
Se había enamorado de su soledad y su pose a lo James Dean. Pasear en su moto y hacer el amor en el campo, como en alguna de esas películas italianas de franja verde que tanto lo excitaban era cosa de todos los días. Pero la enamorada era ella. Solo ella. Y le costó entenderlo. La ausencia del catorce de febrero, el olvido de su cumpleaños, sus interminables ausencias por “trabajo”. Al fin, Margarita, tomó una decisión. Se iba a separar de él. Estaba harta de su falta de interés, de ser la que peleaba por mantener la relación.
Ya había preparado su discurso cuando golpearon a la puerta, la abrió estando segura que era Juan.
Era un policía.

Juan había tenido un accidente con la moto y ella era la única a quién avisar.
Al llegar al lugar, el cuerpo del muchacho estaba cubierto por una frazada marrón con rayas verdes. Recuerda sus gritos desesperados y las lágrimas que se negaban a salir. La impotencia ante lo inevitable. Ese “tal vez se habría arreglado todo si hablábamos” sigue flotando en el aire.
A unos metros del lugar, otro cuerpo estaba igual de cubierto. Las piernas de una mujer asomaban por un costado.
La imagen nunca se borró de sus retinas, igual que la furia que subió de sus entrañas. Igual que el sudor frío que le cubrió la piel en segundos. Las mismas sensaciones que aún sentía cada vez que lo recordaba.
El muy hijo de puta se había muerto pensando que podía jugar con ella. El muy hijo de puta se había muerto sin escuchar todo lo que tenía para decirle.
El muy hijo de puta se había muerto...



Afuera, una sucesión de explosiones,  anuncian la medianoche. Por la ventanita ve pasar falsas estrellas fugaces cargadas de mentiras y estúpidos deseos de felicidad.
Le da un trago muy largo a la botella y mirando las fotografías estira su mano en señal de brindis.
—Dónde quiera que estén… maldita sea su Navidad.
Margarita pone su canción preferida. Esa que le da paz.
Y baila.





lunes, 8 de diciembre de 2014

A 4 días luz de casa

Ground control to Major Tom  
Take your protein pills and put your helmet on.  
Ground Control to Major Tom  
Ten, nine, eight, seven, six…  
Commencing countdown, engines on.  
Five, four, three...  
Check ignition and may God's love be with you.  
Two, one, liftoff.*

Después de la adrenalina de la cuenta regresiva y el empuje de los cohetes que por un momento había alterado mi anatomía, todo había terminado.
El vértigo, el cosquilleo en el estómago. La emoción. Eran solo recuerdos lejanos.
Mientras orbitaba la Tierra, pensaba en ubicar mi casa, oculta por la distancia y unas nubes de tormenta donde explotaban relámpagos. Uno tras otro.
La imagen de aquellos desayunos de verano, cuando el sol recién comenzaba a entibiar y ella aparecía con su albornoz entreabierto apenas cubriendo su desnudez, insistían en perdurar.
Después del despegue, la interminable monotonía de días sin noche. De noches sin día. El conocer cada sonido y saber diferenciarlo.
Rutina. Puta rutina.
A los doscientos seis días de viaje, mientras flotaba por la nave revisando los instrumentos, comencé a ensayar una coreografía con algunas canciones viejas. Parecía divertido. Me sentía un personaje de alguna película de héroes estelares. Era solo un intento de distracción estúpido. Inútil.
Lo hice hasta que perdí de vista al sol. A partir de eso, lo único que me mantenía atento, era tratar de dirigir a Bartók y recordar cada cadencia. Cada golpe. Cada acorde monocorde de una música que odiaba.

Afuera, el vacío lleno de estrellas me hacia estremecer. Adentro era peor.
Momentos de preguntas de mil respuestas. De ninguna correcta. Acertada.
¿A qué distancia se empieza a olvidar?

Después de mucho o de poco, vi a lo lejos por la ventana de estribor que una luz brillante, esplendorosa, hacía mi mismo camino. Pensé en un cometa. En los restos de un satélite perdido.
Era una nave. De metal bruñido, resplandeciente. Alguien tan solo como yo. Tal vez alguien a quien preguntar.
A quien responder.
Cambié a control manual y puse rumbo hacia el punto de luz como si fuera un faro. Como si fuera el único en la infinita inmensidad del universo.
—Control de tierra a mayor Tom. ¿Puede oírme mayor Tom?
La voz sonaba a lata y era tediosa.
—Mayor Tom, su rumbo cambió. Retómelo inmediatamente. De lo contrario se perderá en…
Extrañamente, todo parecía volver a tener sentido.
Cerré la comunicación y fui tras el brillo. Sin siquiera saber si alguna vez podría alcanzarlo.


* David Bowie. Space Oditty




miércoles, 8 de octubre de 2014

¡Chau, Novelitas...!

Es muy común escuchar la frase: El fin de un ciclo.
Es real. Los ciclos se cumplen. Se terminan y Novelitas cumplió el suyo.
Aquí hay muchas historias. De todo tipo. Y lo que narran, es eso. Lo que pasó en un ciclo.
Las historias van a seguir aquí esperando que alguien quiera leerlas.
Gracias a todos los escritores, o apasionados, o los que tenían algo que decir, que colaboraron con sus historias para hacer de este lugar un sitio que quise mucho.
¡Son los mejores!
Y gracias. Eternas gracias a todos los que se tomaron la molestia de entrar a leer.
¡Son más mejores!
Queda un último relato escrito un tiempo atrás.

Abrazos y más gracias.



Cuentos de Calma Chicha, presenta: Cuadernos de popesía
El panamá volador
Única escena.


Era un sombrero panamá. Clásico.
 De color beige claro con una cinta negra a su alrededor.
 Estaba seguro que esa cinta tenía un nombre. Nunca lo supe.
Ni tampoco el motivo de su nombre
Y volaba.
Por momentos tranquilo, como planeando.
 Subía. Bajaba.
Giraba en el aire como haciendo una demostración de sus habilidades.
 Como tratando de explicar que podía dársele otro uso.
Contrastaba con el azul del cielo y nos cegaba
cuando dejaba al sol ponerse a su espalda.
Quedaba precioso en su cabeza.
Cuando se lo probó, comenzó a hacer caras chistosas
imitando a un gangster
o a una estrella de cine.
Le daba un aspecto que no sabría definir pero que me encantaba.
Hasta que el viento se lo arrancó
como por arte de birlibirloque.

La tarde estaba terminando. El verano, no.
Recién comenzaba. 
La playa era un buen lugar para caminar sin apuro.
A paso lento.
Contando, escuchando. Riendo.
Dejando a la magia hacer su trabajo.
Nos habíamos encontrado temprano.
El saber de ese plan no me había dejado dormir imaginándola.
Deseando encontrarla. Tenerla cerca.
Conquistarla.

Levantó los brazos con rapidez. Pero no fue suficiente.
Sus manos quedaron vacías tratando de retener lo que le habían robado
y en su boca la sonrisa que tanto me gustaba,
se transformó en una “O”
Perfecta.
Llena de asombro.

Cuando la vi llegar,
todo pasó a ser parte de un segundo plano.
Siempre que estaba con ella me pasaba. Eran días inolvidables
llenos de sensaciones, de colores vibrantes.
De risas, de roces provocados
De miradas tímidas
Estábamos escribiendo un guión.
Una trama.
Deliciosa.
Excitante
Para una escena que no quería que terminara.

Comenzamos a correr detrás de él.
Al principio, preocupados por atraparlo,
luego,
cuando las risas provocadas por vernos correr tras el sombrero
se adueñaron de la tarde,
 todo se transformó en un juego divertido y provocador.
 Inolvidable.
Como era previsible,
el sombrero terminó su vuelo en el mar poniendo proa a quién sabe qué destino.
Como era previsible nos quedamos allí,
Sobre la arena, esperando el atardecer.
Iniciando un paseo por un universo nuevo
Escribiendo una escena a cada instante
Igual de deliciosa.
Solo deseando
Solo esperando
Que el temido “corten”
no llegara jamás.




martes, 7 de octubre de 2014

Cuadernos de popesía, presenta: Demasiadas noches

Muchas noches me cuesta dormirme
y prendo la tele y la apago
o la computadora y escribo
Muchas noches me cuesta dormirme
Y trato de entender por qué gira el mundo
o por qué ese perro ladra
o cualquier otra estupidez
y prendo un cigarrillo que me hace toser
y lo apago
y prendo otro
Muchas noches me cuesta dormirme
pensando cosas en que no quiero pensar
o en proyectos que se amontonan
o en cortarme el pelo
en siempre tratar de levantarme con el pie derecho
o a propósito, con el izquierdo
qué más da
Muchas noches me cuesta dormirme
planeando hacer una pulsera
como un talismán
que me cambie la racha
o la cabeza
Muchas noches me cuesta dormirme
y me imagino tomando unas virundelas
con gente que hable pavadas
o cosas serias
sin importar qué.
Muchas noches me cuesta dormirme
y me imagino durmiendo
con los hombros flojos
con la cabeza en blanco
Imaginando otro día
Otra cara
Muchas noches me cuesta dormirme
y prendo la tele y la apago
o la computadora y escribo

como ahora.


lunes, 6 de octubre de 2014

Mi Memoria Un relato de Maite Moreno

El cielo azul se pierde entre las tres montañas. El valle parece un gran campo de golf. Las casitas rurales y chalets recién construidos son como recortables pegados en aquel paisaje. La suave brisa apacigua el calor. Y el placer de poseer un pedazo de tierra; me lleva  a creerme una  Scarlett O´Hara. La ocurrencia me arranca una sonora carcajada; a pesar de que las circunstancias me obligan a vender aquel terreno.
Observo el balado hecho por mi abuelo. Lo hizo apilando pedruscos de distintos tamaños y formas hasta conseguir el ajuste perfecto. Era el modo de  poner los límites de las fincas. Siempre soñé con construir allí una casita para regalar a mis hijos. Felices recuerdos. No pudo ser, los sueños, a veces, sueños son.
Los restos de a casa han sido invadidos por una amalgama de plantas silvestres. Mi abuela tenía plantas de malvas olorosas, como ella las llamaba, delante de la casa. Le gustaba el aroma que desprendían y siempre llevaba en el bolsillo unas cuantas que estrujaba de vez en cuando con las manos. De niña sonsacaba a mi madre información sobre su padre, para ir modelando la imagen del abuelo que nunca conocí:
—Mamá ¿Cómo era el abuelo?
—Papá era un hombre muy fuerte, y muy rubio, tenía unas manos muy grandes… Qué  joven era, 47 años, cuando nos quedamos sin él—Y en este punto la voz de mi madre adquiría matices de niña—.Un día mamá, muy nerviosa, me ordeno que  recogiera a mis hermanos y me escondiera con ellos. No regreses hasta que oigas que te llamo ¿Entiendes? Me asusté y comencé a llorar, solo era una niña de siete años. Me limpió las lágrimas, me beso. Muy hablo en susurros pidiéndome que no tuviera miedo. Es como jugar al escondite. Llorando comencé a buscar. Al pequeño, un bebé, lo cargué en brazos. Decidí ir por el camino de los prados, pero a lo lejos divisé las cabezas de unos caballos y sobre ellos varios guardias civiles. Aterrorizada, sin saber muy bien el por qué, decidí que nos esconderíamos en el horreo, era lo más a mano que teníamos y además estaba pegado a la casa. Todavía no sé como pudimos subir a él. Una vez adentro nos acurrucamos entre el maíz. Desde allí, entre las rendijas de los tablones, podía controlar lo que  sucedía. Mis padres esperaban a aquellos hombres en la puerta de entrada, y podía  oírlos.
—Escápate—Le suplicó mi madre.
—Yo no he hecho nada y no tengo por qué  esconderme—Contestó mi padre.
—¡A ellos le da igual, vienen a por ti!— Alzó la voz desesperada.
—No buscan a labradores que viven honradamente y ayudan a los vecinos—Y con estas palabras cortó la conversación. Mi madre ocultó el rostro con sus manos.
En el horreo, sentí como el silencio ahogaba el crujir de las hojas secas del maíz. Mis hermanos aterrorizados me observaban. Puse mi dedo sobre mis labios. Miraron al bebé, dormía.
El sonido de las herraduras de los caballos sobre el camino y el roce de las capas ásperas de los guardias sobre los animales, borro la voz del día. Se apearon muy  cerca del horreo. Sentí que me asfixiaba. Sus cuerpos desprendían olor a sudor rancio y a humedad. Fueron directamente a por mi padre. Lo sujetaron por los brazos y lo introdujeron en la cuadra.  Mi madre daba patadas a los que estaban en la puerta para que la dejasen entrar. Le dieron un empujón y cayó al suelo, allí se quedó llorando desesperada.
Mi boca se secó, abracé a mis hermanos y ajustamos nuestros cuerpos hasta que nos transformamos en un fardo de maíz. Con el miedo quedamos dormidos. Despertamos con la voz de mi madre,  voceaba una y otra vez nuestros nombres. Se llevó las manos a la cabeza cuando nos vio y nos abrazó tan fuerte que nos hizo daño, pero nadie se quejó. 
Al llegar a este punto de la historia, a mi madre se le ahogaban las palabras. Yo la abrazaba y la besaba, pero  mi curiosidad era más fuerte.  
—¿Y qué le hicieron al abuelo?
Ella, me miraba y sacudía la cabeza; después suspiraba, acariciaba mi mejilla diciéndome:
—Fue en otro tiempo, un tiempo de guerra, ahora ya pasó. Ya te lo conté muchas veces. Lo retuvieron mucho tiempo en la cuadra y él no llevaba puesto nada de abrigo; pasó frio y pillo una pulmonía. Murió a los pocos días. Y de esta manera ponía fin a la historia y a mis preguntas.
Pero crecí y descubrí la verdad. Falleció por la gravedad de aquella paliza; y de otra que le propinaron unos días después. Mi abuelo no quiso descubrir los lugares en donde se  escondían los vecinos que se habían ido a las montañas a causa de la guerra.
Mi abuela viuda y con cuatro hijos trabajó duramente. Pero esto lo hicieron miles de mujeres. Ella jamás  habló de su dolor, de su rabia. De la herida que le quedó en el alma para siempre. De la impotencia de no poder devolver los mismos golpes que le propinaron a su marido. De la impunidad de aquel acto. Ella jamás se quejó. Mi abuela, me regaló historias para que me durmiese. Muchos besos sonoros. Despertares con aroma del chocolate recién hecho. La firmeza de su mano sosteniendo la mía por el camino empedrado hasta su casa. Las risas, cuando, yo, niña de ciudad, imitaba los mugidos de la vaca del vecino durante el parto. Y un inmenso amor por mí.

El eco de unos disparos sobresaltan mis recuerdos. Son los cazadores, que no deben de estar muy lejos. Las malvas olorosas se agitan. La brisa es ahora más intensa y fría. Scarlett O´Hara no vendió su plantación. Yo tampoco venderé mi memoria.

Maite Moreno

martes, 30 de septiembre de 2014

El Jardín de los jazmines

1. Ana y sus sueños

El jardín de los jazmines era un sitio pequeño y acogedor oculto en el fondo de la casa de Ana por el macizo que con los años había formado la Dama de la Noche.
Las noches de verano, cuando terminaban esos chaparrones indecisos y el cielo se abría, Ana iba corriendo a sentarse junto al charco que se formaba allí. Le gustaba sentarse frente a él y llamarlo La laguna de las estrellas perdidas.
A veces, dejaba que una hoja se deslizara sobre el agua y le gustaba pensar que era un barco volador que atravesaba el cielo saltando de estrella en estrella conducido por un Señor Smee joven, valiente; de esos que quieren llevarse el mundo por delante persiguiendo un sueño
Pero Ana fue creciendo y convirtiéndose en una joven hermosa y lentamente otras cosas ocuparon su cabeza y su tiempo.
El liceo, las clases de francés. Amistades de alcurnia. Planear cuidadosamente el viaje de estudios que sus padres le habían asegurado cuando al fin cumpliera los dieciocho. Claro que para eso todavía faltaba bastante, pero el entusiasmo y la ilusión de tamaña aventura llenaban muchos vacíos de sus días.

2. Daniel y sus sueños

Daniel entró al liceo con el aire ganador de siempre, pero dudando si debía estar allí.
Unos meses atrás, no tuvo otra solución que abandonar los estudios para dedicarse a trabajar, ya no era un chiquilín y sabía que en su casa hacía falta otra entrada de plata, pero el baile de fin de año lo atraía. Era una forma, seguramente la última, de estar con sus compañeros de curso.
Con un enorme sacrificio, se había comprado unos vaqueros de esos que se gastan y una camiseta a rayas. Eso lo hacía sentir confiado, sabía que no iba a desentonar con el resto de los asistentes. Una de las contras de vivir en la casa más humilde de un barrio acomodado donde él, a veces, se sentía como sapo de otro pozo.
No se olvidaba de su casa de paredes descascaradas y flores de plástico. No podía. Solo quería alguna vez, llegar a ser alguien en la vida. Poder darles a sus hijos todo lo que a él la había faltado.
Y empezaba por tener una actitud ganadora. A mal tiempo, buena cara solía decir su padre y él, había adoptado ese dicho como una consigna. Como una excusa para tener algo que vencer.

3. El baile del liceo

Era el primer baile al que Ana asistía. Estaba feliz rodeada de sus amigas esperando entusiasmada el momento de que algún galancito la condujera  al patio del liceo donde estaba la pista y comenzar a bailar. Eso la iba a hacer sentir adulta y por qué no, deseada. 
Cuando Ana lo vio tan alto y despeinado, mirando a su alrededor con descuido y con aquella camiseta blanca  con rayas celestes, fue como si Robert Mitchum hubiera saltado de la pantalla pero en colores. No pensó en nada más. Ese era el que esperaba. El que se había ido del liceo antes de que pudiera conocerlo y que ahora volvía, tal vez conduciendo el barco estelar.
Sus miradas se encontraron y una sonrisa brotó natural, inesperada. La música pareció enmudecer y el “¿bailás?” detrás de la mano extendida fue solo una pregunta que los dos sabían innecesaria pero que disfrazaban en una duda, de esas que la formalidad pide.
El "sí", se dibujó tímido en su boquita pintada y esa noche la pasaron bailando, cada vez más apretados, sintiendo sus corazones palpitar entremezclados.
El beso llegó cuidadoso, como el primer sorbo a una taza de café, ya cuando el baile terminaba y los dos se preguntaban por qué el tiempo pasa tan rápido. Tan inclemente.
El amor se desvistió con ellos. Tímido, inexperto, un par de meses después, cuando las hojas empezaban a caerse. En el sofá de la casa de él. Allí, abrazados, desnudos por primera vez, supieron que a pesar de las diferencias, iban a ser inseparables.
Agradecidos de que el amor los haya hecho encontrarse aquella noche de diciembre en el patio del liceo.

4. Despedida

—¡¿Estás loca?! ¡¿Vos con ese muerto de hambre?!
El viaje de estudios que se adelanta.
Los gritos, las lágrimas.
La despedida y los juramentos.
Los voy a volver.
Los no te voy a olvidar…

5. Reencuentro

Daniel vio que llegaba un auto a cargar combustible. Uno de esos nuevos, relucientes. Uno de esos que alguna vez soñó tener.  Brevemente miró a su interior. Otra rubia. Seguramente teñida. Manos cuidadas, de esas que no saben de complicaciones. Piernas entreabiertas, bien torneadas asomando con generosidad por la pollera rebelde. Había aprendido que por más que estirara sus brazos, eran inalcanzables. Mucho más que  esos autos.
No miró más.
Llénelo, dijo con voz acostumbrada a dar órdenes.
Ella se sacó los lentes y movió el espejo para arreglar su pelo.
Él, le limpiaba el parabrisas mientras el surtidor hacía su trabajo.
Mientras la espuma se abría como un telón, un muñequito de un viejo con barba blanca y camiseta a rayas que colgaba del espejo, hizo que él mirara más allá. Sus miradas se cruzaron. Fue solo un instante. Eterno. Removedor.
De reconocimiento impensado. Como si alguien hubiera abierto el libro de los recuerdos y de pronto todo el pasado golpeara allí, donde más duele.
Daniel caminó los kilómetros que lo separaban de la puerta del auto con paso cansino. Sus oídos no escuchaban. Sus ojos no veían y su boca no era capaz de emitir palabra. Solo su estómago parecía estar vivo.
Y el puño que lo apretaba.
La mano que paga.
El breve roce de sus dedos.
El vehículo que arranca como escapando y Daniel, solo en medio de su desierto con un brazo a medio levantar, intentando un saludo a la nada.
El viento traía olor a nafta, a aceite. A realidad.

Pero Daniel  sentía otro. Sentía el aroma de los jazmines de verano mezclado con promesas y cosas que pudieron ser.



lunes, 29 de septiembre de 2014

La ventana

Daniel había nacido en un ranchito solitario en el medio de la nada. Los recuerdos de su infancia no eran muchos, pero uno de ellos dominaba su memoria y aún lo emocionaba: la llegada del hombre a la luna. La escuela, que era la poseedora del único televisor de la zona, se había vestido de gala para presenciar el evento. La increíble noticia de que se iba a poder ver la hazaña en el mismo momento que estaba ocurriendo era difícil de entender, no solo para los niños. El aparato estaba colocado frente al pizarrón de la única clase. La maestra había copiado un diagrama de un diario y escrito los detalles con caligrafía clara y tizas de diferentes colores. Todos habían sido puntuales, y en la escuela se juntó tanta gente como en la kermesse de fin de año. Cuando comenzó la transmisión, el asombro se dibujó en las caras de todos y Daniel, que era el más entusiasmado, al ver el módulo descendiendo sobre esa tierra gris y árida, se acercó a la ventana y se puso a mirar el cielo tratando de distinguir la nave.

 Daniel miró hacia abajo. El tránsito estaba en el apogeo de la hora pico y algunos conductores golpeaban las bocinas con furia. La gente en las paradas se dejaba engullir por los ómnibus empujándose unos a otros. Cuando el olor de la ciudad comenzó a invadir su oficina, cerró la ventana y con sus manos en los bolsillos, elevó la mirada. Los edificios que parecían llegar al cielo, actuaban como un telón de cemento y vidrio. Daniel no extrañaba los veranos en el arroyo, ni la pelea de las semillas por llegar al sol, ni el perfume de los tilos. 
No. 
Extrañaba profundamente el abrir la ventana y poder ver la luna.

lunes, 15 de septiembre de 2014

olvidos

Me dijeron que hace unas noches me emborraché. Que había empezado a tomar tranquilo, como todos.
Me dijeron que luego me puse locuaz. Alegre. Que hacía bromas y que todos nos reíamos.
Me dijeron que luego empecé a cantar, que me subí a bailar sobre una mesa y que subí a una mina conmigo.
Me dijeron que muy pronto se bajó y que yo ni siquiera me di cuenta.
Me dijeron que me tuvieron que ayudar a bajar, que me puse muy pesado y que estuve sentado en una silla con la vista perdida y callado por mucho rato.
Me dijeron que me tuvieron que sacarme el cigarrillo de los labios porque ya me estaba quemando y que cuando me levanté, me abrazaba con todos y decía que los quería.
Me dijeron que mientras lloraba decía muchas cosas que nadie entendía y que para salir tuvieron que esquivar los charcos de mis vómitos.
Me dijeron que me trajeron a casa y que me caí en la puerta.
No me acuerdo de nada.

Solo el motivo por el cual me emborraché.

martes, 9 de septiembre de 2014


Otros quebrachos. La canción y el que la versiona.

Quebracho


Las campanas suenan fuerte

Los fieles en procesiones

Y vos sin agua bendita

Sin saber de concesiones

Caminás por calles perdidas

en las que el sol no calienta

Tomando elíxir del pico

milagreando en callejones

Las luces del centro se prenden

pero igual todos te ignoran

Vomitando tristezas, rezando a algún ángel

de esos que miran y lloran

buscando un albergue,

una covacha, una guarida

donde pasar sin miedo

lo que te quede de vida

abrazado al perro; a la botella

tus abrigos más preciados. Recordás con una sonrisa 

Los tiempos que son pasado

aquellos llenos de amigos, de familia.

Acompañado.

El sol te agarra sin rumbo,

Sin esplendor ni horizonte.

Y no sos vos, es la vida

La que camina sin norte.

Sin presente ni pasado.